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Prólogo

Prefacio del autor

Aproximación al problema

La Teoría de Piaget sobre Lenguaje y Pensamiento del niño

La Teoría de Stern sobre el desarrollo del Lenguaje

Las raíces genéticas del Pensamiento y el Lenguaje

Un estudio experimental de la formación del Concepto

El desarrollo de los conceptos científicos en la infancia

Pensamiento y Palabra

Comentarios sobre las observaciones críticas de Vigotsky

 

PENSAMIENTO Y LENGUAJE

Capítulo VII

PENSAMIENTO Y PALABRA

He olvidado la palabra que quería
pronunciar y mi pensamiento, incorpóreo,
regresa al reino de las sombras.
(De un poema de O. Mandelstam)

Cuando comenzamos nuestro estudio lo hicimos con la intención de descubrir las relaciones entre pensamiento y palabra en las primeras etapas del desarrollo filo y ontogenético, pero no hemos encontrado una interdependencia específica entre sus raíces genéticas. Descubrimos simplemente que la íntima relación que buscábamos, no constituía un prerrequisito para el desarrollo histórico de la conciencia humana, sino más bien, un producto de la misma.

En los animales, incluyendo a los antropoides cuyo lenguaje es fonéticamente semejante al humano, y cuyo intelecto es afín al del hombre, la palabra y el pensamiento no se encuentran interrelacionados. Asimismo no cabe duda de que en el desarrollo del niño existe un período pre-lingüístico en el pensamiento y una fase pre-intelectual en el lenguaje. Pensamiento y palabra se encuentran conectados por un vínculo primario. La conexión se origina, cambia y crece en el curso de su evolución.

Sin embargo sería un error considerar el pensamiento y la palabra como dos procesos sin conexión que pueden ser paralelos o cruzarse en ciertos puntos influyéndose mecánicamente. La ausencia de un vínculo primario no implica que entre ellos sólo pueda formarse una conexión mecánica. La futilidad de muchas de las investigaciones anteriores se debió en gran parte a la presunción de que el pensamiento y la palabra eran elementos aislados e independientes y el pensamiento verbal un fruto de su unión externa.

El método de análisis basado en esta concepción estaba destinado a fracasar pues intentaba explicar las propiedades del pensamiento verbal fraccionándolo en sus componentes -pensamiento y palabra-, ninguno de los cuales, considerado por separado, posee las propiedades del conjunto. Este método no constituye un análisis verdadero, útil en la resolución de problemas concretos, sino que conduce más bien a generalizaciones. Lo hemos comparado al análisis del agua separándola en hidrógeno y oxígeno, cuyo resultada sólo proporcionaría hallazgos aplicables a toda el agua existente en la naturaleza, desde el Océano Pacífico hasta una gota de lluvia. De modo similar, la afirmación de que el pensamiento verbal se compone de procesos se aplica a su totalidad y a cada una de sus manifestaciones, sin explicar ninguno de los problemas específicos que se presentan al investigador.

Nosotros hemos intentado un nuevo enfoque y sustituimos al análisis de los elementos por el de unidades, cada una de las cuales retiene en forma simple todas las propiedades del conjunto. Esta unidad del pensamiento verbal la encontramos en la significación de la palabra. Ambos términos constituyen una amalgama tan estrecha de pensamiento y lenguaje que resulta difícil dilucidar si es un fenómeno del habla o del pensamiento. Una palabra sin significado es un sonido vacío, el significado es, por lo tanto, un criterio de la "palabra" y su componente indispensable. Al parecer, en este caso, se podría contemplar como un fenómeno del lenguaje. Pero desde el punto de vista de la psicología, el significado de cada palabra es una generalización o un concepto. Si las generalizaciones y conceptos son innegablemente actas del pensamiento, podemos considerar al significado como un fenómeno inherente al pensamiento. Sin embargo, esto no implica que el significado pertenezca formalmente a dos esferas diferentes de la vida psíquica. El significado de la palabra es un fenómeno del pensamiento mientras éste esté encamado en el lenguaje, y del habla sólo en tanto esté relacionado con el pensamiento e iluminado por él. Es un fenómeno del pensamiento verbal, o del lenguaje significativo, una unión de palabra y pensamiento.

Nuestras investigaciones experimentales confirman ampliamente esta tesis básica. No sólo probaron que el estudio concreto del desarrollo del pensamiento verbal se posibilita mediante el uso del significado de la palabra como unidad analítica, sino que también condujeron a una segunda tesis, que nosotros consideramos como el resultado principal de nuestro estudio y que surge directamente de la primera, y es que el significado de la palabra está sujeto a un proceso evolutivo; este enfoque debe reemplazar el postulado de la inmutabilidad de los significados.

Las antiguas escuelas de psicología consideraban que el enlace entre palabra y significado era un vínculo de asociación que se establecía a través de percepciones simultáneas y repetidas de determinados sonidos y objetos. Una palabra sugiere en la mente su contenido como el sobretodo de un amigo nos hace pensar en él, a una casa en sus moradores. La asociación entre palabra y significado puede tomarse más fuerte o más débil, enriquecerse por conexiones con otros objetos de la misma especie, extenderse sobre un campo más amplio o restringirse a otro más limitado, puede sufrir cambios cuantitativos y externos, pero no puede cambiar su naturaleza psicológica. Para que esto sucediera tendría que dejar de ser una asociación. Desde ese punto de vista cualquier desarrollo del significado de las palabras resulta inexplicable e imposible: ésta es una implicación que obstaculizó tanto el trabajo de las lingüistas como el de los psicólogos. La semántica adoptó la teoría de la asociación y continuó considerando el significado de las palabras como un enlace entre el sonido de las mismas y su contenido. Todas las palabras, desde las más concretas a las más abstractas, parecían estar constituidas de la misma manera en lo concerniente al significado, sin contener nada relativo al lenguaje como tal; una palabra nos hacía pensar en su significado, del mismo modo que un objeto cualquiera nos recuerda o otro. No es sorprendente que la semántica ni siquiera mencionara el problema de la evolución del significado de las palabras. El desarrollo se reducía a cambios en las conexiones asociativas entre determinadas palabras y objetos. Un vocablo podía denominar primero un objeto y luego asociarse con otro, en la misma forma en que un sobretodo, habiendo cambiado de dueño, puede hacernos recordar primero a una persona y luego a otra. La lingüística no comprendió que en la evolución histórica del lenguaje también cambian la estructura del significado y su naturaleza psicológica. El pensamiento verbal se eleva de las generalizaciones primitivas a los conceptos más abstractos. No cambia sólo el contenido de la palabra, sino el modo en que se generaliza lo realidad y se refleja a través de la palabra.

La teoría de la asociación también resulta inadecuada para explicar el desarrollo del significado de los vocablos en la infancia. Asimismo, en este caso, sólo puede dar cuenta de los cambios puramente cuantitativos y externos que sufren los vínculos de unión entre palabra y significado, en la que concierne a su enriquecimiento y consolidación, pero no de los cambios estructurales y psicológicos fundamentales que pueden ocurrir y ocurren en el desarrollo del lenguaje infantil.

Aunque la teoría de la asociación fue abandonada tiempo atrás, la interpretación de palabra y significado no sufrió variaciones. La escuela de Würsburgo, cuyo objetivo principal era demostrar la imposibilidad de reducir el pensamiento a un mero juego de asociaciones, y probar la existencia de leyes específicas que gobiernan el fluir del pensamiento, no revisó la teoría de la asociación de palabra y significado ni expresó tampoco la necesidad de hacerlo. Liberó al pensamiento de trabas de la sensación y la fantasía y de las leyes de la asociación y lo convirtió en un acto puramente espiritual, retornando así a los conceptos precientíficos de San Agustín y Descartes, aproximándose por último a un idealismo extremadamente subjetivo. La psicología del pensamiento se movía en dirección a las ideas de Platón. Al mismo tiempo, el lenguaje fue dejado a merced de la asociación. Aún después de los trabajos de la escuela de Würsburgo, la relación entre la palabra y su significado se consideraba como un vínculo de simple asociación. El vocablo resultaba ser sólo un concomitante externo del pensamiento, una investidura que no influía en su vida interior. Pensamiento y palabra nunca estuvieron tan separados como durante el período de la escuela de Würsburgo. Se suprimió la teoría de la asociación en el campo del pensamiento, pero aumentó su influencia en el del lenguaje.

El trabajo de otros psicólogos reforzó esta tendencia. Selz continuó investigando el pensamiento sin considerar sus relaciones con el habla y llegó a la conclusión de que la inteligencia productiva del hombre y las operaciones mentales de los chimpancés eran de naturaleza idéntica, ignoró así totalmente la influencia de las palabras en el pensamiento.

Incluso Ach, que realizó un estudio especial del significado de las palabras, y trató de superar el asociacionismo en su teoría de los conceptos, no fue más allá de la presunción de la existencia de "tendencias determinantes" que operaban junto con las asociaciones en el proceso de la formación de los conceptos. Por lo tanto, sus conclusiones no cambiaron las antiguas ideas respecto del significado de las palabras. Al identificar concepto con significado, impidió el desarrollo y los cambios en los conceptos. Una vez establecido el significado de una palabra, quedaba asignado para siempre, su desarrollo había alcanzado el tope. Los mismos principios habían sido sostenidos por los psicólogos que atacó Ach. Ambas concepciones tenían su punto de partida en el desarrollo del concepto, disentían sólo con respecto al modo en que comienza la formación del significado de las palabras.

En el campo de la psicología de la Gestalt no era muy distinto el panorama que se presentaba. Esta escuela persistió durante más tiempo que las otras en el intento de superar el principio general de la asociación. Sus teorizadores no estaban satisfechos con la solución parcial del problema y trataron de liberar al pensamiento y al lenguaje de las reglas asociacionistas, comprendiendo a ambos bajo las leyes de la formación estructural. Nos sorprende, sin embargo, que ésta, una de las más progresistas entre las modernas escuelas de psicología, no haya realizado ningún avance con respecto a la teoría del pensamiento y el lenguaje.

Esto fue el resultado de haber mantenido la completa separación de estas dos funciones. A la luz de la psicología de la Gestalt, la relación entre pensamiento y lenguaje aparece como una simple analogía, una reducción de ambos a un común denominador estructural. De acuerdo a las experiencias de Koehler, la formación de las primeras palabras significativas en un niño se consideraba similar a la de las operaciones intelectuales de un chimpancé. Las palabras ingresan en la estructura de las cosas y adquieren un cierto significado funcional, de modo semejante al que un palo se convierte para el chimpancé en parte de la estructura que le permitirá la obtención de la fruta y adquiere así el significado funcional de herramienta. La conexión entre palabra y significado ya no se considera un planteo de simple asociación, sino una cuestión de estructura. Parecería que aquí se da un paso adelante, pero si consideramos más atentamente el nuevo enfoque, es fácil advertir que el adelanto es sólo una ilusión y que aún permanecemos en el mismo lugar. El principio estructural se aplica a todas las relaciones entre las cosas en el mismo plano indiferenciado en que anteriormente se había aplicado el principio del asociacionismo, y por lo tanto continúa siendo imposible el tratamiento de las relaciones específicas entre palabra y significado. Desde el comienzo se consideran como idénticos en principio a todas las relaciones entre las cosas. En la oscuridad de la psicología de la Gestalt los gatos son tan grises como en las antiguas nieblas del asociacionismo universal.

Mientras que Ach trató de superar la teoría de la asociación a través de "la tendencia determinante", la psicología de la Gestalt la combatió a partir del principio de la estructura, manteniendo, sin embargo, los dos errores fundamentales de la antigua teoría: la suposición de la naturaleza idéntica de todas las conexiones y la de que el significado de las palabras no sufre variaciones. La vieja y la nueva psicología supusieron que el desarrollo del significado de una palabra finalizaba tan pronto como ésta emergía. Los nuevos rumbos que orientaron la psicología facilitaron el progreso de todas las ramas, salvo las correspondientes al estudio del pensamiento y el lenguaje. Aquí los nuevos principios se asemejan a los viejos como pueden parecerse dos gemelos.

La psicología de la Gestalt se detuvo en el campo del lenguaje, y retrocedió en el del pensamiento. La escuela de Würsburgo había reconocido al menos que el pensamiento tiene leyes propias. La teoría gestaltista niega su existencia. Al reducir a un común denominador estructural tanto las percepciones de las aves domésticas como las operaciones mentales de los chimpancés, las primeras palabras significativas del niño y el pensamiento conceptual del adulto impidió toda distinción entre la percepción más elemental y las formas más elevadas del pensamiento.

El examen crítico puede ser resumido como sigue: todas las escuelas y concepciones psicológicas pasan por alto el hecho fundamental de que cada pensamiento es una generalización, y estudian la palabra y el significado sin referirse a su proceso evolutivo. En tanto persistan estas dos condiciones en las tendencias sucesivas, no pueden existir grandes diferencias en el enfoque del problema.

El descubrimiento de que los significados de las palabras sufren un proceso de desarrollo, permitió al estudio del pensamiento y el lenguaje evadirse de un callejón sin salida. Se estableció que eran dinámicos y no formaciones estáticas. Cambian al mismo tiempo que el niño se desarrolla y de acuerdo a las diferentes formas en que funciona el pensamiento.

Si el significado de las palabras varía en su estructura interna, también lo hace la relación entre pensamiento y palabra. Para comprender la dinámica de esa relación debemos completar el enfoque genético de nuestro estudio principal con el análisis de las funciones y examinar el papel del significado de la palabra en el curso del pensamiento.

Consideraremos el proceso del pensamiento verbal desde su primera formulación indiferenciada hasta la más completa. Lo que queremos demostrar ahora no es cómo se desarrollan los significados a través de largos períodos de tiempo, sino cómo funcionan en el proceso viviente del pensamiento verbal. En base a este análisis funcional tendremos la posibilidad de demostrar que cada paso en el desarrollo del significado de las palabras presenta una relación particular propia entre el pensamiento y el lenguaje, y puesto que los problemas funcionales se resuelven más fácilmente a través de un examen de la forma más elevada de una actividad, dejaremos de lado por el momento el problema del desarrollo y consideraremos las relaciones entre pensamiento y palabra en las mentes adultas.

La idea fundamental de la discusión que nos ocupa se puede resumir así: la relaciún entre pensamiento y palabra no es un hecho, sino un proceso, un continuo ir y venir del pensamiento a la palabra y de la palabra al pensamiento, y en él la relación entre pensamiento y palabra sufre cambios que pueden ser considerados como desarrollo en el sentido funcional. El pensamiento no se expresa simplemente en palabras, sino que existe a través de ellas. Todo pensamiento tiende a conectar una cosa con otra, a establecer relaciones, se mueve, crece y se desarrolla, realiza una función, resuelve un problema. Este fluir transcurre como un movimiento interior a través de una serie de planos. Un análisis de la interacción del pensamiento y la palabra debe comenzar con la investigación de las diferentes fases y planos que atraviesa un pensamiento antes de ser formulado en palabras.

Lo primero que revela este estudio es la necesidad de distinguir dos planos en el lenguaje: su aspecto interno, significativo y semántico, y el externo y fonético -que aunque forman una verdadera unidad- tienen sus propias leyes de movimiento. La unidad del lenguaje es compleja y carece de homogeneidad. Determinados hechos en el desarrollo lingüístico del niño indican movimientos independientes en las esferas fonéticas y semánticas. Vamos a señalar los dos factores más importantes.

Para adquirir el dominio del lenguaje externo, el niño arranca de una palabra, luego conecta dos o tres, un poco más tarde pasa de frases simples a otras más complicadas, y finalmente a un lenguaje coherente formado por una serie de oraciones; en otras palabras, va de una fracción al todo. En lo que respecta al significado, las primeras palabras de un niño cumplen el papel de una oración completa. Desde el punto de vista semántico los niños parten de la totalidad de un complejo significativo, y sólo más tarde comienzan a dominar las diferentes unidades semánticas -los significados de las palabras- y a dividir su pensamiento anterior indiferenciado en esas unidades. Los aspectos externos y semánticos del lenguaje se desarrollan en direcciones opuestas, uno va de lo particular a lo general, de la palabra a la frase, y el otro de lo general a lo particular, de la oración a la palabra.

Esto es suficiente para demostrar la importancia de la distinción entre los aspectos vocales y semánticos del lenguaje, que se mueven en direcciones inversas y, por lo tanto, sus líneas evolutivas no coinciden aunque eso no significa que sean independientes. Por el contrario, su diferencia es la primera etapa de un estrecho enlace. Efectivamente, en nuestro ejemplo se revelan con suma claridad sus relaciones internas como sus distinciones. El pensamiento de un niño debido justamente a que surge como un total borroso y amorfo debe expresarse con una sola palabra. A medida que se torna más diferenciado se encuentra con más dificultades para expresarlo en palabras aisladas y construye un todo compuesto. Recíprocamente, el progreso lingüístico que se produce hasta llegar al total diferenciado de una oración ayuda a avanzar los pensamientos desde un total homogéneo hacia partes bien definidas. Pensamiento y palabra no están cortados por el mismo molde; en cierto sentido existen entre ellos más diferencias que semejanzas. La estructura del lenguaje no refleja simplemente la del pensamiento; es por eso que las palabras no pueden ser utilizadas por la inteligencia como si fueran ropas a medida. El pensamiento sufre muchos cambios al convertirse en lenguaje. No es una mera expresión la que encuentra en el lenguaje, halla su realidad y su forma. Los procesos del desarrollo semántico y fonético constituyen en esencia uno solo, debido justamente a sus direcciones inversas.

El segundo factor, aunque no el menos importante, aparece en un período posterior del desarrollo. Piaget demostró que el niño utiliza proposiciones relativas como porque y aunque mucho antes de entender las estructuras significativas de esas formas sintácticas. La gramática precede a la lógica. Aquí también, como en nuestro ejemplo anterior, la discrepancia no excluye a la unión, sino que, en realidad, es necesaria para que éste se lleve a cabo.

En los adultos la divergencia entre los aspectos semánticos y fonéticos del lenguaje es todavía más pronunciada. La lingüística moderna, con orientación psicológica, reconoce este fenómeno, especialmente en lo que concierne a sujetos y predicados gramaticales y psicológicos. Por ejemplo, en la oración "El reloj se cayó", el énfasis y significado pueden cambiar en diferentes situaciones. Supongamos que yo noto que el reloj se ha detenido y pregunto cómo sucedió. La respuesta es: "El reloj se cayó". El sujeto gramatical y psicológico coincide: "El reloj" es la primera idea de mi conciencia; "se cayó" es lo que se dice del reloj. Pero si oigo un ruido en la habitación contigua y pregunto qué sucedió, obteniendo la misma respuesta, el sujeto y el predicado están psicológicamente invertidos. Yo sabía que algo se había caído, y me refiero a eso, "El reloj" completa la idea, la oración podría cambiarse por "Lo que se cayó es el reloj". En el prólogo a su obra Duke Ernst von Schwaben, Uhland dice: "trágicas escenas pasarán ante vosotros". Psicológicamente "Pasarán" es el sujeto. El espectador sabe que va a presenciar una sucesión de hechos, la idea adicional, el predicado es "Trágicas escenas". Uhland quiso decir: "Lo que pasará frente a ustedes es una tragedia". Cualquier parte de la frase puede convertirse en el predicado psicológico, en el mensajero del énfasis temático; por otra parte, significados completamente distintos pueden ocultarse detrás de una estructura gramatical. El acuerdo entre la organización sintáctica y psicológica no prevalece como suponemos en general, más bien es un requerimiento pocas veces alcanzado. No sólo el sujeto, y el predicado, sino también los géneros, números, casos, tiempos, grados, etc. de la gramática poseen también sus dobles psicológicos. Una exclamación espontánea, errónea desde el punto de vista gramatical, puede tener encanto y valor estético. La corrección absoluta sólo se logra más allá del lenguaje natural, en el campo de las matemáticas. Nuestra lengua cotidiana fluctúa continuamente entre los ideales de armonía matemática y la imaginativa.

Ilustraremos la interdependencia de los aspectos semánticos y gramaticales del lenguaje con dos ejemplos que muestran que los cambios de la estructura formal pueden acarrear modificaciones de vastos alcances en el significado.

Al traducir la fábula de "La cigarra y la hormiga", Krylov sustituye la cigarra de La Fontaine por una libélula. En francés cigarra es femenino, y por lo tanto adecuado para simbolizar una actitud ligera y despreocupada. EL matiz se perdería en la traducción literal, puesto que en ruso cigarra es masculino; al sustituir esta palabra por libélula, que en ruso es femenina, Krylov pasó por alto el significado literal en favor de la forma gramatical requerida para expresar el pensamiento de La Fontaine.

Tjuchev hizo otro tanto en su traducción de un poema de Heine sobre un abeto y una palmera. En alemán "abeto" es masculino y "palmera" femenino, y el poema sugiere el amor de un hombre y de una mujer. En ruso los vocablos que designan a ambos árboles son del género femenino. Para que no perdiera su significado, Tjuchev reemplazó el abeto por un cedro, que es masculino. Lermontov, en una traducción más literal del mismo poema, lo privó de estas implicancias poéticas y dio un sentido enteramente diferente, más abstracto y generalizado. Un detalle gramatical puede, en algunos casos, cambiar totalmente el contenido de lo que se dice.

Detrás de las palabras se encuentra la gramática independiente del pensamiento, la sintaxis del significado de las palabras. La expresión más simple, lejos de reflejar una correspondencia constante y rígida entre sonido y significado, constituye, en realidad, un proceso. Las expresiones verbales no pueden surgir totalmente formadas, sino que deben desarrollarse en forma gradual. Este complejo de transición entre significado y sonido debe desarrollarse y perfeccionarse por sí mismo. El niño debe aprender a distinguir entre la semántica y la fonética y comprender la naturaleza de la diferencia; al principio utiliza las formas verbales y los significados sin tener conciencia de su separación; para él la palabra es parte integrante del objeto que denomina. Esta concepción parece ser característica de la primitiva conciencia lingüística. Todos conocemos la historia del campesino que manifestó no sorprenderse por el hecho de que los sabios pudieran calcular el tamaño y el curso de las estrellas, con sus instrumentos; lo que le habría asombrado hubiera sido que pudieran descubrir sus nombres. Las experiencias simples demuestran que las niños en edad pre-escolar "explican" los nombres de los objetos a través de sus atributos; según ellos, un animal se llama "vaca" porque tiene cuernos; "ternero" porque sus cuernos son pequeños; "perro" porque es pequeño y no tiene cuernos; un objeto recibe el nombre de "auto" porque no es un animal. Cuando se les pregunta si es posible intercambiar las denominaciones de los objetos y llamar "tinta" a la vaca y a la tinta "vaca", los niños responden que no "porque la tinta se usa para escribir y la vaca da leche". Un cambio de nombres significaría un cambio de atributos característicos, tan inseparable es la conexión entre ellos en la mente del niño. En una experiencia se les dijo a los niños que en un juego, un perro se denominaría "vaca". Reproducimos a continuación un ejemplo típico de preguntas y respuestas:

- "¿Una vaca tiene cuernos?"
- "Sí".
- "¿Pero no recuerdas que la vaca es, en realidad, un perro? Entonces, ¿un perro tiene cuernos?"
- "Claro, si es una vaca, y se llama vaca, tiene cuernos. Esa clase de perros puede tener cuernos pequeños".

Podemos ver lo difícil que es para el niño separar el nombre de un objeto de sus atributos, que se adhieren a él cuando éste se transfiere, como si fueran propiedades que van en pos de sus dueños.

Estos dos planos del lenguaje, el semántico y el fonético, comienzan a separarse a medida que el niño crece, y aumenta gradualmente la distancia entre ellos. Cada etapa en el desarrollo del significado de las palabras posee una interrelación específica de los dos planos. La capacidad de un niño para comunicarse mediante el lenguaje está relacionada directamente con la diferenciación de los significados en su lenguaje y conciencia.

Para comprender esto debemos recordar una característica básica de la estructura del significado de las palabras. En la estructura semántica de los vocablos establecemos una distinción entre referente y significado del mismo modo que diferenciamos el nominativo de una palabra de su función significativa. Cuando comparamos estas relaciones estructurales y funcionales en las etapas primeras, medias y avanzadas del desarrollo, nos encontramos con la siguiente regularidad genética: en el comienzo existe sólo la función nominal, y semánticamente nada más que la referencia objetiva; la significación independiente del nombre y el significado, aparte de la referencia, aparecen más tarde y se desarrollan a través de los rumbos que hemos tratado de delinear y describir.

Sólo cuando se ha completado este desarrollo el niño adquiere la capacidad para formular sus propios pensamientos y comprender el lenguaje de los otros. Hasta entonces, su modo de usar las palabras coincide con el de los adultos, en lo que respecta a la referencia objetiva, pero no en lo concerniente al significado.

III

Debemos realizar experiencias más exhaustivas para explorar el plano del lenguaje interno que se encuentra detrás del semántico. Discutiremos aquí algunos datos de la investigación que realizamos para tratar ese aspecto. La relación entre pensamiento y palabra no puede ser comprendida en toda su complejidad sin conocer claramente la naturaleza psicológica del lenguaje interior. Sin embargo, entre todos los problemas relacionados con el pensamiento y el lenguaje, éste es probablemente el más complicado, pues se halla acosado por equívocos terminológicos y de otro tipo.

El término lenguaje interiorizado o endofasia se ha aplicado a diferentes fenómenos y los autores discrepan en torno a lo que entienden bajo esa denominación. Originariamente, el lenguaje interiorizado parece haber sido considerado como la memoria verbal. Un ejemplo sería el recitado silencioso de un poema aprendido de memoria. En ese caso el lenguaje interiorizado se diferencia del hablado sólo en la forma en que la idea o la imagen de un objeto difieren del objeto real. Fue éste el sentido en que los autores franceses que intentaron determinar cómo se reproducían las palabras en la memoria, si era a través de imágenes auditivas, visuales, motoras o sintéticas, interpretaron el lenguaje interiorizado. Veremos que la memoria de las palabras es en realidad un elemento constituyente del lenguaje interiorizado, pero no el único.

Una segunda interpretación lo considera como un lenguaje externo trunco: como "lenguaje sin sonido" (Mueller) o "lenguaje subvocal" (Watson). Bechterev lo definió como un reflejo lingüístico inhibido en su parte motora. La "pronunciación" silenciosa de palabras no es equivalente del proceso total del lenguaje interiorizado.

La tercera definición es, por el contrario, demasiado amplia. Para Goldstein 1 el término comprende todo lo que precede al acto motor del habla, incluyendo lo que Wundt llamó "motivos del lenguaje" y la experiencia específica indefinible, no sensible y no motora del lenguaje, o sea todos los aspectos internos de cualquier actividad lingüística. Es difícil aceptar la equiparación del lenguaje interiorizado con una experiencia interior desarticulada en la que los diferentes planos identificables desaparecen sin dejar rastro. Esta experiencia central es común a todas las actividades lingüísticas y por esta sola razón la interpretación de Goldstein no se adapta a esa función única y específica, que con exclusión de toda otra merece el nombre de lenguaje interiorizado. La concepción de Goldstein conduce a la tesis de que el lenguaje interior no es en realidad un lenguaje, sino una actividad afectiva-volitiva, ya que incluye los motivos del lenguaje y el pensamiento que se expresan en palabras.

Para lograr una imagen verdadera del lenguaje interiorizado es necesario partir de la presunción de que es una formación especifica, con sus propias leyes y sus específicas relaciones complejas con las otras formas de la actividad lingüística. Antes de poder estudiar su relación con el pensamiento por un lado, y con el lenguaje por otro, debemos determinar sus características y funciones especiales.

El lenguaje interiorizado es habla para uno mismo; el externo es para los otros. Sería realmente sorprendente que tal diferencia básica en la función no afectara la estructura de dos tipos de lenguaje. La ausencia de vocalización per se es sólo una consecuencia de la naturaleza específica del lenguaje interiorizado el que no constituye un antecedente del lenguaje externo ni tampoco su reproducción en la memoria, sino en cierto sentido su opuesto. El lenguaje externo es la conversión del pensamiento en palabras, su materialización y objetivación. En el lenguaje interior el proceso se invierte: el habla se transforma en pensamientos internos. Y lógicamente sus estructuras tienen que diferir.

El área del pensamiento interiorizado, que es una de las más difíciles de investigar, permaneció casi inaccesible a las pruebas hasta que se descubrieron las formas de aplicar el método genético de experimentación. Piaget fue el primero que prestó atención al lenguaje egocéntrico del niño, y también el primero que vislumbró su significación teórica, pero sin embargo no prestó atención a la característica más importante del lenguaje egocéntrico: su conexión genética con el lenguaje interiorizado, y esto constituyó un obstáculo para su interpretación de las funciones y estructuras.

Nosotros convertimos esa relación en el problema central de nuestro estudio y pudimos investigar la naturaleza del lenguaje interiorizado con desusada amplitud. Un número de consideraciones y observaciones nos llevó a la conclusión de que el lenguaje egocéntrico es una etapa del desarrollo que precede al lenguaje interior: ambos cumplen funciones intelectuales, sus estructuras son semejantes, el habla egocéntrica desaparece en la edad escolar, cuando comienza a desarrollarse la interiorizada. A partir de todo esto inferimos que uno se transforma en el otro.

Si se produce esta conversión, el lenguaje egocéntrico proporciona la clave para el estudio del interiorizado. Una de las ventajas de enfocar el lenguaje interior a través del egocéntrico consiste en la viabilidad que permite la experimentación y observación. Es aún un lenguaje vocalizado y audible, o sea externo en su modo de expresión, pero al mismo tiempo lenguaje interior, en cuanto a función y estructura. Para estudiar un proceso interno es necesario exteriorizarlo en forma experimental mediante su conexión con alguna otra actividad externa; sólo entonces es posible el análisis funcional objetivo. El lenguaje egocéntrico es, en realidad, un experimento natural de este tipo.

Este método tiene otra gran ventaja: puesto que el lenguaje egocéntrico puede ser estudiado en el momento en que algunas de sus características van desapareciendo a medida que se forman otras nuevas, resulta posible determinar cuáles son los rasgos esenciales del lenguaje interiorizado y cuáles temporales, precisando así el objetivo de este movimiento del lenguaje egocéntrico al interior, o sea la naturaleza de este último.

Antes de pasar a considerar los resultados obtenidos mediante este método, expondremos brevemente la naturaleza del lenguaje egocéntrico destacando las diferencias entre nuestra teoría y la de Piaget. Él sostiene que el lenguaje egocéntrico del niño es una expresión directa del egocentrismo de su pensamiento que, a su vez, constituye un compromiso con la subjetividad primaria del mismo y su gradual socialización. Al crecer el niño disminuye la subjetividad y la socialización progresa, provocando el receso del egocentrismo en el pensamiento y en el lenguaje.

Según la concepción de Piaget, el lenguaje egocéntrico del niño no se adapta a la inteligencia de los adultos. Su pensamiento permanece totalmente egocéntrico, y esto hace que sus expresiones sean incomprensibles para los otros. El habla egocéntrica no cumple ninguna función en el pensamiento o la actividad realista del niño: simplemente los acompaña. Puesto que es una expresión de pensamiento egocéntrico desaparece junto con el egocentrismo infantil. Desde su posición predominante al comienzo del desarrollo del niño el lenguaje egocéntrico desciende a cero en el umbral de la edad escolar. Su historia es más la de una involución que la de una evolución. No tiene futuro.

De acuerdo a nuestra concepción el pensamiento egocéntrico desciende a cero en el umbral de la edad escolar. El habla egocéntrica es un fenómeno de la transición del niño del funcionamiento interpsíquico al intrapsíquico, es decir, de su actividad social y colectiva a su actividad más individualizada, un modelo de desarrollo común a todas las funciones psicológicas superiores. Nota El lenguaje para uno mismo se origina a través de diferenciaciones respecto al lenguaje de los otros. Puesto que el curso principal del desarrollo del niño es el de una individualización gradual, esta tendencia se refleja en la función y estructura del lenguaje.

Los resultados de nuestras experiencias indican que la función del lenguaje egocéntrico es similar a la del lenguaje interiorizado: no constituye un mero acompañamiento de la actividad del niño, sino que sirve de ayuda a la orientación mental y a la comprensión consciente; ayuda a superar dificultades; es el lenguaje para uno mismo, relacionado íntima y útilmente con el pensamiento del niño. Su destino es muy diferente al descripto por Piaget. El lenguaje egocéntrico se desarrolla a lo largo de una curva que se eleva, y no a lo largo de una que declina; está sujeto a una evolución, no a un involución. Finalmente, se transforma en lenguaje interiorizado.

Nuestra hipótesis presenta varias ventajas sobre la de Piaget: explica la función y el desarrollo del lenguaje egocéntrico, y, en particular, su aumento repentino cuando el niño encara dificultades que demandan conciencia y reflexión. Este es un hecho que se trasluce en nuestras experiencias y que la teoría de Piaget no puede explicar. Pero la mayor ventaja de nuestra teoría es que proporciona una respuesta satisfactoria a la situación paradójica descripta por Piaget. Para él, la disminución cuantitativa del lenguaje egocéntrico, al crecer el niño, significa el debilitamiento de esa forma. Si así fuera, sus peculiaridades estructurales también tendrían que declinar; es difícil creer que el proceso afectaría solamente su cantidad, y no su estructura interna. El pensamiento del niño se torna infinitamente menos egocéntrico entre la edad de tres y siete años. Si las características que lo hacen comprensible a los otros están efectivamente basadas en el egocentrismo, deben volverse menos aparentes cuando esa forma de lenguaje se hace menos frecuente; el habla egocéntrica debiera acercarse a la social y volverse más y más inteligible. Sin embargo, ¿cuáles son los hechos? ¿Es más difícil de seguir el curso del lenguaje de un niño de tres años que el de uno de siete? Nuestra investigación estableció que los rasgos que hacen inescrutable el lenguaje egocéntrico se encuentran en su punto más bajo a los tres años y alcanzan el más alto a los siete. Se desarrollan en una dirección inversa a la frecuencia del lenguaje egocéntrico. En tanto que el último declina constantemente y llega a cero en la edad escolar, las características estructurales se tornan más y más pronunciadas.

Esto arroja una nueva luz sobre la disminución cuantitativa del lenguaje egocéntrico, que es la piedra angular de la tesis de Piaget.

¿Qué significado tiene esta disminución? Las peculiaridades estructurales del lenguaje para uno mismo, y su diferenciación del lenguaje externo, aumentan con la edad. ¿Qué es, entonces, lo que disminuye? Sólo uno de sus aspectos: la vocalización. ¿Significa esto que el lenguaje egocéntrico desaparece como totalidad? Nosotros creemos que no, ya que entonces ¿cómo podríamos explicar el desarrollo de los rasgos funcionales y estructurales del lenguaje egocéntrico? Por otra parte, su desarrollo resulta perfectamente compatible con la disminución de la vocalización, y en realidad, explicita su significado. Su rápida disminución y el aumento igualmente acelerado de las otras características, son contradictorias sólo en apariencia.

Para explicar esto, partamos de un hecho innegable y experimentalmente establecido. Las cualidades estructurales y funcionales se hacen más notorias al crecer el niño. A los tres años, la diferencia entre el lenguaje egocéntrico y el social equivale a cero; a los siete nos encontramos con un lenguaje que, en su estructura y función, es totalmente diferente al social. Se ha producido una diferenciación de las dos funciones del lenguaje. Esto es un hecho, y los hechos son notoriamente difíciles de negar.

Una vez aceptado esto, todo lo demás resulta congruente. Si las peculiaridades de las funciones estructurales y funcionales en el desarrollo del lenguaje egocéntrico lo aíslan progresivamente del lenguaje externo, sus aspectos vocales deben desaparecer; y esto es justamente lo que sucede entre los tres y siete años. Con el aislamiento progresivo del lenguaje para uno mismo, su vocalización se torna innecesaria y carente de significado, e incluso imposible, a causa de sus crecientes peculiaridades estructurales. El lenguaje para uno mismo, no puede encontrar expresión en el lenguaje externo. Mientras más independiente y autónomo se toma el lenguaje egocéntrico, más pobre aparece en sus manifestaciones externas. Finalmente, se separa enteramente del lenguaje para los otros, cesa de vocalizarse, y por lo tanto parece desaparecer gradualmente.

Pero esto es sólo una ilusión. Creer que el coeficiente de disminución del lenguaje egocéntrico es un signo de que este tipo de lenguaje está en vías de desaparición, es como decir que un niño deja de contar cuando ya no usa sus dedos y comienza a sumar mentalmente. En realidad, detrás de los síntomas de disolución se encuentra un desarrollo progresivo, el nacimiento de una nueva forma de lenguaje.

La vocalización decreciente del lenguaje egocéntrico denota el desarrollo de una abstracción de sonido, una nueva facultad del niño para "pensar palabras" en lugar de pronunciarlas. Tal es el significado positivo del coeficiente de disminución del lenguaje egocéntrico. La curva descendente indica el desarrollo hacia el lenguaje interiorizado.

Podemos ver que todos los factores conocidos en torno a las características funcionales, estructurales y genéticas del lenguaje egocéntrico, señalan una cosa: se desarrolla en dirección al lenguaje interiorizado. La historia de su evolución puede considerarse solamente como un despliegue gradual de los rasgos del lenguaje interiorizado.

Creemos que esto corrobora nuestra hipótesis sobre el origen y naturaleza del lenguaje egocéntrico. Para transformar nuestra hipótesis en un hecho, debemos encontrar un experimento capaz de demostrar cuál de las dos interpretaciones es correcta. Antes de elegir los datos que existen para la ejecución de este experimento crítico vamos a volver a exponer las teorías entre las cuales tenemos que decidirnos. Piaget cree que el lenguaje egocéntrico se debe a una socialización deficiente del mismo, y que su único desarrollo consiste en una disminución y eventual desaparición. Su punto culminante se encuentra en el pasado. El lenguaje interiorizado es algo nuevo, traído desde afuera junto con la asociación. Nosotros creemos que el habla egocéntrica se origina en la individualización insuficiente del lenguaje primario. Su culminación está en el futuro cuando se transforma en lenguaje interiorizado.

Para obtener pruebas acerca de uno y otro punto de vista debemos colocar al niño en diferentes situaciones experimentales, alentando en unos casos el lenguaje social y desalentándolo en otros, y observar cómo estos cambios afectan el lenguaje egocéntrico. Consideramos que éste es un experimento crucial por las siguientes razones:

Si el lenguaje egocéntrico del niño es el resultado del egocentrismo de su pensamiento y de su socialización insuficiente, entonces todo debilitamiento de los elementos sociales en el marco experimental, cualquier factor que contribuya a aislar al niño del grupo, debe conducir a un aumento súbito del lenguaje egocéntrico. Pero si este último es el resultado de una diferenciación deficiente del lenguaje para uno mismo respecto del lenguaje para los demás, los mismos cambios causarían su disminución.

Nosotros consideramos como punto de partida de nuestro experimento tres observaciones del mismo Piaget: 1) El lenguaje egocéntrico se manifiesta sólo en presencia de otros niños entregados a la misma actividad, y no cuando el niño está solo: es un monólogo colectivo; 2) El niño tiene la ilusión de que su lenguaje egocéntrico no dirigido a alguien en particular, resulta comprensible a quienes lo rodean; 3) El lenguaje egocéntrico posee las mismas características del externo: no es inaudible ni murmurado. Estas peculiaridades no son, por cierto, casuales. Desde el punto de vista del niño, el lenguaje egocéntrico no está aún separado del social. Se presenta bajo las condiciones objetivas y subjetivas del último y puede considerarse correlativo del aislamiento deficiente de la conciencia individual del niño respecto al conjunto social.

En nuestra primera serie de experimentos 2 tratamos de destruir la ilusión de ser comprendidos. Después de medir el coeficiente del lenguaje egocéntrico del niño, en una situación similar a la de los experimentos de Piaget, lo colocamos en otra nueva: ya junto a sordomudos, o con niños que hablaban un idioma extranjero. En los otros aspectos la organización se mantuvo igual. El coeficiente del lenguaje egocéntrico bajó a cero en la mayoría de los casos, y en el resto a un octavo de la cifra anterior. Esto prueba que la ilusión de ser comprendidos no es un mero epifenómeno del lenguaje egocéntrico, sino que está funcionalmente relacionado con él. De acuerdo al punto de vista de la teoría de Piaget nuestros resultados pueden parecer paradójicos: mientras más débil sea el contacto del niño con el grupo, mientras menos lo fuerce la situación social a ajustar sus pensamientos a los de los demás, y a hacer uso de un lenguaje social, mayor será la libertad con que se manifestará el egocentrismo de su pensamiento y lenguaje. Pero de acuerdo con nuestra hipótesis, el significado de estos descubrimientos es bien claro: el lenguaje egocéntrico, provocado por una falta de diferenciación entre el lenguaje para uno mismo y el lenguaje para los otros, desaparece en ausencia del sentimiento de ser comprendido, que es esencial para el lenguaje social.

En la segunda serie de experimentos, el factor variable estaba constituido por la posibilidad del monólogo colectivo. Una vez medido el coeficiente del lenguaje egocéntrico del niño, en una situación que permitía el monólogo colectivo, lo pusimos en una situación que lo excluía en un grupo de niños que le eran extraños, o sólo en una mesa separada en un rincón de la habitación, o trabajando sin compañía, incluso con el experimentador fuera de la habitación. Los resaltados de esta serie concordaron con los primeros. La exclusión del monólogo de grupo provocó una disminución en el coeficiente de lenguaje egocéntrico, aunque no tan evidente como en el primer caso; rara vez descendió a cero, y en general se mantuvo a un sexto de la cifra original. Los distintos métodos para evitar el monólogo no resultaron igualmente efectivos en la reducción del coeficiente de lenguaje egocéntrico. No obstante, se manifestó la tendencia a través de todos los motivos del experimento. La exclusión del factor colectivo en lugar de proporcionar plena libertad al lenguaje egocéntrico, lo obstaculizó y nuestra hipótesis se vio confirmada una vez más.

En la tercera serie de experimentos, el factor variable estuvo constituido por la cualidad vocal del lenguaje egocéntrico. Al lado del laboratorio en el que se realizaba el experimento, una orquesta ejecutaba en tonos tan altos que tapaba no sólo las voces de los demás, sino también la del niño; en una variante del experimento se prohibió expresamente al niño hablar en alta voz y se le manifestó, en cambio, que lo hiciera en susurro. Una vez más, el coeficiente del lenguaje egocéntrico descendió, siendo la relación, respecto a la cifra original de 5 a 1. También en esta ocasión los diferentes métodos no resultaron igualmente efectivos, pero la tendencia básica estuvo invariablemente presente.

La finalidad de estas tres series de experimentos era la de eliminar aquellas características del lenguaje egocéntrico que lo acercan al social. Encontrarnos que esto siempre conducía a una disminución del lenguaje egocéntrico. Resulta lógico suponer, en este caso, que ésta es una forma de desarrollar el lenguaje social, sin que se encuentre aún separado de él en sus manifestaciones, aunque sea diferente en función y estructura.

El desacuerdo entre nuestras concepciones y las de Piaget respecto de este punto, se verá claramente explicado en el siguiente ejemplo; yo me encuentro sentado ante mi escritorio hablando a una persona que está detrás mío, y a quien no puedo ver. Esta persona abandona la habitación sin que la advierta, y yo continúo mi conversación creyendo que me escucha y comprende. Exteriormente, estoy hablando conmigo y para mí, pero psicológicamente mi lenguaje es social. De acuerdo al punto de vista de la teoría de Piaget, en el caso del niño sucede lo contrario: su lenguaje egocéntrico es para sí y consigo mismo; solamente tiene apariencia de lenguaje social, en la misma forma en que mi lenguaje produjo la falsa impresión de ser egocéntrico.

De acuerdo con nuestro punto de vista la situación es mucho más complicada: subjetivamente, el lenguaje egocéntrico del niño posee también sus propias funciones peculiares; en ese aspecto es independiente del lenguaje social. Sin embargo, su independencia no es completa puesto que no es sentido como lenguaje interiorizado, y el niño no lo distingue del lenguaje de los otros. Objetivamente, también difiere del lenguaje social, pero tampoco totalmente, ya que sólo funciona dentro de situaciones sociales. Tanto subjetiva como objetivamente, el lenguaje egocéntrico representa una transición entre el lenguaje para los otros y el lenguaje para uno mismo. Aunque posee la función del lenguaje interiorizado, en su expresión permanece similar al lenguaje social.

La investigación del lenguaje egocéntrico ha allanado el camino a la comprensión del lenguaje interiorizado, que estudiaremos a continuación.

IV

Nuestras experiencias nos convencieron de que el lenguaje interiorizado debe ser contemplado, no como lenguaje sin sonido, sino como una función enteramente diferente del lenguaje. Su rasgo distintivo es una sintaxis peculiar; comparado con el lenguaje externo, el interiorizado parece desconectado e incompleto.

Esto no es una observación nueva. Todos los estudiosos del lenguaje interiorizado, inclusive los que lo enfocaron desde el punto de vista del comportamiento, notaron este rasgo. El método del análisis genético nos permite ir más allá de una mera descripción. Al aplicarlo comprobamos que el lenguaje egocéntrico al desarrollarse, presenta una tendencia hacia una forma totalmente especial de abreviación, es decir, omisión del sujeto de una oración y de todas las palabras conectadas y relacionadas con él, en tanto se conserva el predicado.

Esta tendencia hacia la predicación aparece en todas nuestras experiencias, con tal regularidad, que debemos suponer que es la forma sintáctica básica del lenguaje interiorizado.

El recuerdo de ciertas situaciones en las que el lenguaje externo presenta una estructura similar nos puede ayudar a comprender esta tendencia. La predicación pura aparece en el lenguaje externo en dos casos: ya sea como una respuesta o cuando el sujeto de la frase es conocido de antemano. La respuesta a "¿Quiere Ud. una taza de té?" nunca es "No, no quiero una taza de té", sino simplemente "no". Evidentemente, esta frase es posible sólo porque el sujeto se halla tácitamente comprendido por ambas partes. A la pregunta "¿Su hermano ha leído este libro?" nadie contesta "Sí, mi hermano ha leído este libro". La respuesta es un corto "sí" o "sí, lo ha leído". Nadie dirá al ver un ómnibus que se acerca "El ómnibus que estábamos esperando viene llegando". La frase será probablemente un abreviado "viene", o alguna otra expresión similar, ya que el sujeto será sobreentendido. Frecuentemente las oraciones abreviadas se prestan a confusión. El oyente puede relacionar la frase con un sujeto en el que él está pensando, y que es distinto del que piensa el interlocutor. Si los pensamientos de dos personas coinciden, se puede lograr un entendimiento perfecto mediante el uso de simples predicados, pero si están pensando en cosas diferentes es posible que se confundan.

Se pueden encontrar muy buenos ejemplos de la condensación del lenguaje externo y de su reducción a predicados en las novelas de Tolstoi, quien estudió con frecuencia la psicología de la comunicación: "Nadie escuchó claramente lo que él dijo, pero Kitty lo comprendió. Lo entendió porque su mente vigilaba incesantemente sus necesidades" (Ana Karenina, parte V, cap. 8). Podemos decir que los pensamientos de ella, siguiendo los pensamientos del moribundo, contenían el sujeto al que sus palabras, que nadie comprendió, estaban referidas. Pero tal vez el ejemplo más destacado es la declaración de amor entre Kitty y Levin mediante iniciales:

"Hace tiempo que quiero preguntarle algo."
"Hazlo, por favor."
"Esto", dijo él, y escribió las iniciales: C r: e n e p, q d e o n. Estas iniciales significaban: "Cuando respondiste: eso no es posible, querías decir ¿entonces o nunca?" Parecía imposible que ella pudiera comprender la complicada frase.
"Comprendo" dijo ella sonrojándose.
"¿Qué palabra es ésa?" señaló él, indicando la n que significaba "nunca".
"La palabra es «nunca» - contestó ella -, pero eso no es verdad." Él borró rápidamente lo que había escrito, le alcanzó la tiza y se levantó. Ella escribió: E y n p c d o m.
Su rostro se alegró súbitamente, había comprendido. Quería decir: "Entonces yo no podía contestar de otra manera."
Ella escribió las iniciales: p q p o y p l q h s. Esto significaba: "Para que pudieras olvidar y perdonar lo que había sucedido".
Él tomó la tiza con dedos tensos y trémulos, la partió y escribió las iniciales de los siguientes: "No tengo nada que olvidar y perdonar. Nunca dejé de amarte".
"Comprendo", susurró ella. Él se sentó y escribió una larga frase. Ella la comprendió toda, y sin preguntarle si estaba equivocada, tomó la tiza y contestó de inmediato. Por un largo rato él no pudo descifrar lo que ella había escrito y permaneció mirándola a los ojos. Su mente estallaba de felicidad. No era capaz de descifrar las palabras de ella; pero en sus ojos radiantes y felices leyó todo lo que necesitaba saber. Entonces escribió tres letras. Antes de que él hubiera terminado, ella leyó por debajo de su mano y terminó por si misma la frase, escribiendo «sí». Todo quedó dicho en esta conversación: que ella lo amaba, y que anunciaría a su padre y a su madre que él los visitaría por la mañana." 3

Este ejemplo tiene un extraordinario interés psicológico porque, como todo el episodio de Kitty y Levin, fue tomado por Tolstoi de su propia vida. En esta misma forma declaró a su futura mujer el amor que sentía por ella. Estos ejemplos demuestran claramente que cuando los pensamientos de los interlocutores son los mismos, el papel del lenguaje se reduce a un mínimo. Tolstoi señala en otras partes que entre gente que vive en estrecho contacto psicológico, la comunicación a través de formas abreviadas del lenguaje es más bien una regla que una excepción.

"Ahora Levin estaba acostumbrado a expresar totalmente sus pensamientos sin tomarse el trabajo de buscar las palabras exactas. Sabía que su esposa, en los momentos llenos de amor como éste, comprendería lo que él quería decir con un mero signo, y así era en realidad." 4

Una sintaxis simplificada, la condensación y un número de palabras ampliamente reducido caracterizan la tendencia a la predicación que aparece en el lenguaje externo cuando las partes saben lo que está pasando. Contrastando con esto están las equivocaciones cómicas que surgen cuando los pensamientos de los interlocutores siguen direcciones diferentes. La confusión que puede surgir está bien descripta en este pequeño poema:

Ante un juez sordo se inclinan dos hombres sordos.
Uno de ellos exclama: "Él se robó mi vaca".
"Con permiso", responde el otro.
"Esa colina perteneció a mi padre desde tiempos remotos."
El juez decide: "Que ustedes disputen es una vergüenza.
La culpa no la tiene ninguno de los dos, la tiene la muchacha".

Las conversaciones de Kitty con Levin y el juicio de los sordos son casos extremos, y constituyen en realidad los dos polos del lenguaje externo. Uno ejemplifica el entendimiento mutuo que se puede lograr a través de un lenguaje totalmente abreviado cuando el sujeto es común a los dos pensamientos; el otro, la total incomprensión que surge, pese a un lenguaje completo, cuando los pensamientos siguen direcciones opuestas. No sólo los sordos son incapaces de comprenderse entre sí; cualquier par de seres que otorguen significados diferentes a una misma palabra o mantengan puntos de vista distintos, tampoco lo lograrán. Como lo notara Tolstoi, los que están acostumbrados a un pensamiento independiente y solitario no entienden fácilmente el de los demás y son muy parciales respecto al propio; pero los que viven en estrecho contacto aprenden las complicadas inferencias de uno y otro mediante "una comunicación lacónica y precisa" a través de un mínimo de expresiones.

V

Una vez examinadas las abreviaturas del lenguaje externo, podemos retornar enriquecidos al fenómeno correspondiente del lenguaje interiorizado, donde no constituye una excepción sino una regla. Será instructivo comparar la abreviación en el lenguaje oral, en el interiorizado y en el escrito. La comunicación por escrito reposa en el significado formal de las palabras y requiere un número mucho mayor de vocablos que el lenguaje oral para expresar la misma idea. Se dirige a una persona ausente, que rara vez tiene en mente el mismo tema que el escritor. Por lo tanto, debe explicarse en forma total; la diferenciación sintáctica es máxima, y se usan expresiones que serían poco naturales en la conversación. Cuando Griboedov dice "Habla como si escribiera", se refiere al curioso efecto que producen las construcciones elaboradas en el lenguaje diario.

La naturaleza multifuncional del lenguaje que ha atraído últimamente la atención de los lingüistas, ya había sido señalada por Humboldt en relación a la poesía y a la prosa: dos formas muy diferentes en cuanto a función y significado. Según Humboldt, la poesía es inseparable de la música, en tanto que la prosa depende por completo del lenguaje y está dominada por el pensamiento. Es ésta una concepción, de primordial importancia, aunque ni Humboldt ni los que desarrollaron su pensamiento, comprendieron totalmente sus implicaciones. Distinguieron sólo entre poesía y prosa, y en esta última entre el intercambio de ideas y la conversación ordinaria, o sea, el mero intercambio de noticias o la charla convencional. Existen otras distinciones funcionales importantes en el lenguaje: una de ellas es la de diálogo y monólogo. El lenguaje escrito y el interiorizado representan al monólogo; y el oral, en la mayoría de los casos, al diálogo.

El diálogo presupone siempre un conocimiento del tema común a las partes que permita el lenguaje abreviado, y en ciertas condiciones, oraciones puramente predicativas. También presupone el hecho de que cada persona puede ver a su interlocutor, su expresión facial y gestos, y escuchar el tono de su voz. Ya hemos examinado la abreviación y aquí sólo veremos su aspecto evolutivo, a través de un clásico ejemplo del diario de Dostoievski, para demostrar en qué forma la entonación sirve para comprender la imperceptible variación del significado de una palabra.

Dostoievski relata una conversación entre dos borrachos, enteramente compuesta de una palabra impublicable.

"Un domingo por la noche tuve que cruzar un grupo de mujiks borrachos. Fue una cosa de quince pasos; pero mientras daba aquellos quince pasos, adquirí la convicción de que sólo con aquella palabra podían darse todas las impresiones humanas; sí, con aquella sencilla palabra, por otra parte, admirablemente breve."

He aquí un mozo que la pronuncia con energía de macho. La palabra se hace negativa, demoledora; hace polvo el argumento de un vecino que la recoge y la arroja a la cabeza del primer orador, convencido entonces de la insinceridad en su negación. Un tercero se indigna también contra el primero, se mezcla en la conversación y grita también la palabra, que se transforma en una injuriosa invectiva. Entonces el segundo se siente arrebatado contra el tercero y éste devuelve la palabra que, de pronto, significa claramente: «¡Nos estás molestando! ¿Para qué te mezclás en esta?» Un cuarto se aproxima titubeando; hasta entonces nada había dicho; reservaba su opinión, reflexionando para descubrir una solución a la dificultad que dividía a sus camaradas. ¡Ya la ha encontrado! Indudablemente cree usted que va a exclamar: «¡Eureka!»... ¡De ningún modo! Lo que aclara la situación es la famosa palabra; el quinto la repite con entusiasmo, aprobando al afortunado buscador. Pero un sexto, al que no le gusta ver zanjar tan a la ligera los asuntos graves, murmura algo con voz sombría. Seguramente aquello quiere decir: «¡Te desbocás demasiado de prisa! ¡No ves más que una cara del pleito!» Pues bien, toda esa frase se resume en una sola palabra. ¿Cuál? Pues la palabra, la sempiterna palabra que ha tomado siete acepciones diferentes, todas ellas perfectamente comprendidas por los interesados." 5

La inflexión revela el contexto psicológico que sirve para la comprensión de la palabra. En la historia de Dostoievski consistió en una negación desdeñosa en un caso, duda en el otro, e ira en el tercero. Cuando el contexto es tan claro como en el ejemplo resulta posible deducir todos los pensamientos y sentimientos, e incluso una cadena completa de razonamientos, a través de una sola palabra.

En el lenguaje escrito, como el tono de la voz y el conocimiento del tema están excluidos, nos vemos obligados a usar muchas más palabras y de modo más exacto. El lenguaje escrito es la forma más elaborada del lenguaje.

Algunos lingüistas consideran que el diálogo es la forma natural del lenguaje oral, la que revela más precisamente su naturaleza, y el monólogo es en gran parte artificial. La investigación psicológica no deja dudas en cuanto a que el monólogo es en realidad una forma más elevada y complicada, y de un desarrollo histórico más reciente. Actualmente, sin embargo, sólo nos interesa compararlo en lo que concierne a su tendencia hacia la abreviación.

La velocidad del lenguaje oral resulta desfavorable para un proceso de formulación complicado: no da tiempo para la deliberación y elección. El diálogo implica una expresión inmediata y sin premeditación. Consiste en respuestas que forman una cadena de reacciones. En comparación el monólogo es una formación compleja; la elaboración lingüística se puede llevar a cabo con tranquilidad y conscientemente.

En el lenguaje escrito, donde falta una base situacional y expresiva, la comunicación sólo puede ser lograda a través de las palabras complicadas, de ahí el uso de los borradores. La diferencia entre el borrador y la copia final refleja nuestro proceso mental. La planificación es importante en el lenguaje escrito, aun cuando no confeccionemos un borrador. Generalmente nos decimos a nosotros mismos lo que vamos a escribir; esto también es un borrador, aunque sólo mental. Como tratamos de demostrar en el capítulo precedente, este borrador mental es el lenguaje interiorizado. Puesto que el lenguaje interiorizado funciona como borrador, tanto en el lenguaje escrito como en el oral, compararemos ahora ambas formas con el lenguaje interiorizado, en lo concerniente a la tendencia hacia la abreviación y la predicación.

Esta tendencia, que nunca se encuentra en el lenguaje escrito, y sólo algunas veces en el oral, se presenta siempre en el lenguaje interiorizado. La predicación es la forma natural del lenguaje interiorizado, que psicológicamente se compone sólo de predicado. La ley de omisión de los sujetos en el lenguaje interiorizado, tiene su correspondencia en el lenguaje escrito en la ley de expresión tanto de los sujetos como de los predicados.

La clave de estos hechos experimentalmente establecidos es la presencia invariable e inevitable en el lenguaje interiorizado de factores que posibilitan la predicación pura; nosotros sabemos sobre qué estamos pensando, o sea que siempre conocemos el tema y la situación.

El contacto psicológico entre las partes de una conversación puede establecer una percepción mutua que conduce a la comprensión del lenguaje abreviado. En el lenguaje interiorizado la percepción "mutua" está siempre presente; por lo tanto es común una "comunicación" prácticamente silenciosa de los pensamientos más complicados.

La preponderancia de la predicación es un producto del desarrollo.

En un comienzo, la estructura del lenguaje egocéntrico es igual a la del social, pero en el proceso de transformación hacia el interiorizado, se torna gradualmente menos completa y coherente, al quedar gobernada por una sintaxis casi totalmente predicativa. Las experiencias demuestran claramente cómo y por qué surge la nueva sintaxis. El niño habla de las cosas que ve, oye o hace en un determinado momento; es así que tiende a dejar de lado el sujeto y todas las palabras relacionadas con él, condensando cada vez más su lenguaje hasta que sólo quedan los predicados. Mientras más diferenciada se vuelve la función del lenguaje egocéntrico, más agudas son sus peculiaridades sintácticas: simplificación y predicación. Lado a lado con este cambio, se encuentra la vocalización decreciente. Cuando conversamos con nosotros mismos, necesitamos aún menos palabras que Kitty y Levin. El habla interiorizada es un lenguaje desprovisto casi de palabras.

Con la sintaxis y el sonido reducidos a un mínimo, el significado está más que nunca en un primer plano. El lenguaje interiorizado se maneja con la semántica y no con la fonética. La estructura semántica específica del lenguaje interiorizado también contribuye a la abreviación, en él la sintaxis de significados no es menos original que la gramatical. Nuestra investigación estableció tres peculiaridades principales del lenguaje interiorizado.

La primera y básica es la preponderancia del sentido de una palabra sobre su significado: esta distinción la debemos a Paulhan. El sentido de la palabra es para él la suma de todos los sucesos psicológicos que la palabra provoca en nuestra conciencia. Constituye un complejo dinámico y fluido que presenta varias zonas de estabilidad diferente. El significado es una de las zonas del sentido, la más estable y precisa. Una palabra adquiere un sentido del contexto que la contiene, cambia su sentido en diferentes contextos. El significado se mantiene estable a través de los cambios del sentido. El significado "de diccionario" de una palabra no es más que una piedra en el edificio del sentido, nada más que una potencialidad que encuentra su realización en el lenguaje.

Las últimas palabras de le fábula anteriormente mencionada, traducida por Krylov, "La cigarra y la hormiga", constituyen un buen ejemplo de la diferencia entre sentido y significado. Las palabras "ve y baila" poseen un significado definido y constante, pero en el contexto de la fábula adquieren un sentido mucho más amplio en el aspecto intelectual y afectivo. Significan, por un lado "Diviértete" y por el otro "Perece". Este enriquecimiento de las palabras a través del sentido que les presta el contexto, es la ley fundamental de la dinámica de su significado. Un vocablo en un contexto significa más y menos que la misma palabra aislada: más, porque adquiere un nuevo contenido; menos, porque su significado se ve limitado y disminuido por el contexto. El sentido de una palabra, dice Paulhan, es un complejo y móvil fenómeno proteico; cambia en las diferentes mentes y situaciones y es casi ilimitado. Una palabra toma su sentido de la frase, la que a su vez lo toma del párrafo, el párrafo del libro, y éste de todas las obras del autor.

Paulhan prestó un servicio más a la psicología al analizar la relación entre palabra y sentido, demostrando que son mucho más independientes entre sí que palabra y significado. Desde hace tiempo se sabe que las palabras pueden cambiar su sentido. Recientemente se señaló que el sentido puede cambiar a las palabras, o mejor dicho, que las ideas frecuentemente cambian de nombre. En la misma forma en que el sentido de una palabra se relaciona con la palabra en sí, y no con sus sonidos aislados, el sentido de una oración se relaciona con ella en su totalidad y no con sus palabras individuales. Por lo tanto algunas veces se puede reemplazar una palabra por otra sin alterar el sentido. Las palabras y el sentido son relativamente independientes entre sí.

Lo regla que rige el lenguaje interiorizado es el predominio del sentido sobre el significado, de la oración sobre la palabra, y del contexto sobre la oración.

Esto nos conduce a otras peculiaridades semánticos del lenguaje interiorizado. Ambas se relacionan con la combinación de palabras. Una se parece a la aglutinación: una forma de combinar palabras bastante común en algunos lenguajes y comparativamente rara en otros. En alemán frecuentemente se forma un sustantivo compuesto de varias palabras o frases. En algunas lenguas primitivas esa adición de palabras es una regla general. Cuando varios vocablos se combinan en uno, el nuevo no sólo expresa una idea más bien compleja sino que designa todos los elementos separados en la idea. Debido a que el énfasis siempre está en la raíz principal de la idea, tales lenguajes son fáciles de comprender. El habla egocéntrica del niño presenta un fenómeno análogo. Cuando el lenguaje egocéntrico se acerca al interiorizado el niño usa cada vez más la aglutinación como un modo de formar palabras compuestas o para expresar ideas complejas.

La tercera peculiaridad básica de la semántica del lenguaje interiorizado es la forma en que los sentidos de las palabras se combinan y unen: un complejo gobernado por leyes diferentes a las que gobiernan las combinaciones de significado. Cuando observamos esta forma singular de unir las palabras en el lenguaje egocéntrico, lo denominamos "influjo del sentido". Los sentidos de diferentes palabras pasan de una a otra, influyéndose entre sí, de modo que las primeras están contenidas, y modifican a las últimas. Así una palabra que aparece continuamente en un libro o poema, a veces absorbe todas las variaciones del sentido contenidas en ella y se torna en cierto modo equivalente a la obra misma. El título de una obra literaria expresa su contenido y completa su sentido en forma mucho más amplia que el nombre de una pintura o de una pieza musical. Títulos como Don Quijote, Hamlet y Ana Karenina ilustran esto claramente; el sentido total de la obra está contenido en un nombre. Otro excelente ejemplo es Almas muertas de Gogol. Originalmente, el título se refería a los siervos muertos, cuyos nombres no habían sido movidos aún de las listas oficiales y podían ser comprados y vendidos como si estuvieran vivos. Es en este sentido que este título se utilizó a través del libro, que está construido en torno a este tráfico de los muertos. Pero a través de sus íntimas relaciones con la obra en su conjunto, estas palabras adquieren una nueva significación y un sentido mucho más amplio. Cuando llegamos al final del libro, el título Almas muertas significa para nosotros no tanto los siervos difuntos, sino más bien los personajes de la historia que están físicamente vivos pero espiritualmente muertos.

En el lenguaje interiorizado, el fenómeno llega a su punto culminante. Una sola palabra está tan saturada de sentido, que se requerirían muchas otras para explicarla en el lenguaje exterior. No es raro que el lenguaje egocéntrico resulte inexplicable para los demás. Watson dice que el lenguaje interiorizado resultaría incomprensible, incluso si pudiera ser registrado. Su incoherencia se acrecienta a causa de un fenómeno relacionado, que Tolstoi notó incidentalmente en el lenguaje externo: en Infancia, adolescencia y juventud, describe cómo entre las gentes que están en estrecho contacto psicológico las palabras adquieren significados especiales que sólo pueden comprender los iniciados. En el lenguaje interiorizado se desarrolla un tipo similar de idioma: de la especie que resulta difícil de transcribir al lenguaje exterior. Creemos que ésta es la mejor confirmación de nuestra hipótesis de que el lenguaje interiorizado se origina a través de la diferenciación entre el lenguaje egocéntrico y el lenguaje social primario del niño.

Todas nuestras observaciones indican que el habla interiorizada es una función autónoma del lenguaje. Podemos contemplarla como un plano diferente del pensamiento verbal. Es evidente que la transición del lenguaje interiorizado al lenguaje externo no constituye una simple traducción de uno a otro. No puede lograrse mediante la mera vocalización del lenguaje silencioso. Es un proceso dinámico y complejo que envuelve la transformación de la estructura predicativa e idiomática del lenguaje interiorizado en un lenguaje sintácticamente articulado e inteligible para los demás.

VI

Ahora podemos retornar a la definición del lenguaje interiorizado que propusimos antes de presentar nuestro análisis.

El lenguaje interiorizado no es el aspecto interno del lenguaje externo: es una función en sí mismo. Sigue siendo un lenguaje, es decir pensamientos relacionados con palabras. Pero en tanto que en el lenguaje externo el pensamiento está encarnado en palabras, en el lenguaje interiorizado las palabras mueren tan pronto como transmiten el pensamiento. El lenguaje interiorizado es en gran parte un pensamiento de significados puros, es dinámico e inestable, fluctúa entre la palabra y el pensamiento, los dos componentes más o menos delineados del pensamiento verbal. Su verdadera naturaleza y ubicación sólo pueden ser comprendidas después de examinar el siguiente plano del pensamiento verbal, aun más interno que el lenguaje interiorizado

Ese plano es el pensamiento mismo. Como ya hemos dicho, todo pensamiento crea una relación, realiza una función, resuelve un problema. El fluir del pensamiento no va acompañado de un despliegue simultáneo de lenguaje. Los dos procesos no son idénticos y no hay una correspondencia rígida entre las unidades del pensamiento y el lenguaje.

Esto se hace más evidente cuando el proceso del pensamiento se desvía, cuando, como lo dijera Dostoievski, un pensamiento no se ajusta a las palabras. La inteligencia posee su propia estructura, y su transición al lenguaje no es cosa fácil. El teatro afrontó el problema del pensamiento oculto tras las palabras antes que la psicología. Al enseñar su sistema de actuación, Stanislavsky pidió a los actores que descubrieran el sub-texto de sus partes en la pieza.

En la comedia de Griboedov Tristeza de la Sabiduría, el héroe, Cratsky, le dice a la heroína, que afirma que ella nunca dejó de pensar en él: "tres veces bendito el que cree. La fe alegra el corazón"; Stanislavsky interpretó esto como: "Dejemos esta conversación" pero también podría entenderse como: "No te creo", "lo dices para conformarme", o "¿No te das cuenta cómo me atormentas?". "Ojalá pudiera creerte. Sería encantador". Todas las oraciones que decimos en la vida real presentan alguna especie de sub-texto, un pensamiento escondido detrás de ellas. En los ejemplos que dimos anteriormente de la falta de coincidencia entre el sujeto y el predicado gramatical y psicológico, no continuamos nuestro análisis hasta el final. En la misma forma en que una frase puede expresar diferentes pensamientos, un pensamiento puede ser expresado a través de diferentes oraciones. Por ejemplo. "El reloj se cayó", como respuesta a la pregunta, "¿Por qué se paró el reloj?" puede significar: "No es culpa mía que el reloj no ande, se ha caído". El mismo pensamiento de justificación podría expresarse así: "Yo no acostumbro a tocar las cosas de los demás". "Simplemente estaba limpiando allí" y de otros modos.

El pensamiento no está formado por unidades separadas como el lenguaje. Cuando deseo comunicar el pensamiento de que hoy vi un niño descalzo con una blusa azul, corriendo por la calle, no veo cada aspecto en forma separada: el niño, la camisa, el color azul, la carrera y la carencia de zapatos. Concibo todo esto en un solo pensamiento, pero lo expreso en palabras separadas. El que habla generalmente tarda varios minutos para exponer un pensamiento. En su mente el pensamiento completo está presente simultáneamente, pero en el lenguaje debe ser desarrollado en forma sucesiva. Un pensamiento puede compararse a una nube que arroja una lluvia de palabras. Precisamente, porque el pensamiento no tiene una contrapartida automática en las palabras, la transición de pensamiento a palabra conduce al significado. En nuestro lenguaje siempre hay un pensamiento oculto, un sub-texto. Debido a que la transición directa del pensamiento a las palabras es imposible, siempre se ha lamentado la inefabilidad del pensamiento:

¿Cómo puede expresarse el corazón?
¿Cómo podrán comprenderlo los otros?
(F. Tjutchev)

Lo comunicación directa entre las mentes es imposible, no sólo por causas físicas, sino también psicológicas. La comunicación sólo puede lograrse en forma indirecta. El pensamiento debe pasar primero a través de los significados y luego a través de las palabras.

Llegamos ahora al último escalón de nuestro análisis del pensamiento verbal. El pensamiento en sí se origina a partir de las motivaciones, es decir, de nuestros deseos y necesidades, nuestros intereses y emociones. Detrás de cada pensamiento hay una tendencia afectiva-volitiva que implica la respuesta al último por qué del análisis del pensamiento. Una comprensión verdadera y completa del pensamiento del otro es posible sólo cuando comprendemos su base afectiva-volitiva. Ilustraremos esto mediante un ejemplo ya usado: la interpretación de los papeles en una obra teatral Stanislavsky, en sus instrucciones a los actores, hizo una lista de los motivos que ocultaban las palabras de sus papeles, por ejemplo:

Texto de la pieza
Motivos paralelos

Sofía:
Pero Chatsky, ¡estoy contenta de que hayas venido!
Para ocultar su confusión.
Chatsky:
Estás contenta, eso es bueno; pero una alegría como la tuya no es fácil de expresar.
Más bien me parece ya expresada. Estás haciendo que el hombre y el caballo tomen frío.
El gusto ha sido mío y de nadie más.
Trata de que ella se sienta culpable haciéndose bromas. ¡No te da vergüenza! Trata de obligarla a ser franca.
Liza:
Claro señor, y si usted hubiera estado en este mismo lugar cinco minutos no, ni siquiera cinco, hubiera escuchado su nombre tan claramente como la claridad.
¡Dígalo, señorita! Dígalo que así era.
Trata de calmarlo. Trata de ayudar a Sofía en una situación difícil.
Sofía:
Y siempre así, ni más, ni menos.
En cuanto a eso, estoy segura que no me puedes hacer reproches.
Trata de conformar a Chatsky. ¡Yo no soy culpable de nada!
Chatsky:
Bueno, supongamos que así es.
Tres veces bendito el que cree.
La fe alegra el corazón.6
Dejemos esta conversación, etc.

Para comprender el lenguaje de los otros, no es suficiente comprender las palabras; es necesario entender su pensamiento. Pero incluso esto no es suficiente, también debemos conocer las motivaciones. El análisis psicológico de una expresión no está completo hasta que no se alcanza ese plano.

Hemos llegado ya al fin de nuestro análisis; examinemos ahora los resultados. El pensamiento verbal parecía ser una entidad compleja y dinámica, y la relación entre pensamiento y palabra implicada, como un movimiento a través de varios planos. Nuestro análisis siguió al proceso desde el plano más externo al más interno. En realidad, el desarrollo del pensamiento verbal sigue un curso inverso: a partir del motivo que engendra el pensamiento a la estructuración del pensamiento, primero en lenguaje interiorizado, luego en significados de palabras y finalmente en palabras. Sin embargo sería erróneo imaginar que éste es el único camino desde el pensamiento hasta la palabra. El desarrollo puede detenerse en cualquier punto de su complicado curso; es posible una inmensa variedad de movimientos y formas aún desconocidas para nosotros. Un estudio de estas variaciones diversas se encuentra más allá del alcance de nuestra tarea presente.

Nuestra investigación siguió un recorrido poco común. Deseábamos estudiar las operaciones internas del pensamiento y el lenguaje, ocultas a la observación directa. El significado y todo el aspecto interno del lenguaje, es decir, el aspecto dirigido a la persona y no al mundo exterior, han sido hasta el momento casi desconocidos. Todas las interpretaciones consideraban que las relaciones entre pensamiento y palabra eran constantes e inmutables. Nuestra investigación ha demostrado que son relaciones delicadas y cambiantes entre procesos que surgen durante el desarrollo del pensamiento verbal. Nosotros no pretendemos realizar, ni lo consideramos posible, un examen exhaustivo del tema del pensamiento verbal. Sólo intentamos dar una concepción general de la infinita complejidad de esta estructura dinámica, una concepción basada en hechos experimentalmente comprobados.

La psicología asociacionista opinaba que el pensamiento y la palabra estaban unidos por lazos exteriores, similares a los que existen entre dos sílabas sin sentido. La psicología de la Gestalt introdujo el concepto de los vínculos estructurales, pero al igual que la antigua teoría, no consideró las relaciones específicas entre pensamiento y palabra. Todas las otras teorías se agruparon en torno a dos polos: ya sea la teoría behaviorista del pensamiento como lenguaje menos sonido, o la teoría idealista, sostenida por la escuela de Würsburgo y Bergson, de que el pensamiento podía ser "puro", sin relaciones con el lenguaje, y que resultaba distorsionado por las palabras. La frase de Tjutchev "Un pensamiento expresado es una mentira", bien podría servir de epígrafe al último grupo. Ya estuvieran inclinadas hacia el naturalismo puro o el idealismo extremo, todas estas teorías tienen un rasgo en común: sus tendencias anti-históricas. Estudian el pensamiento y el lenguaje sin ninguna referencia a la historia de su desarrollo.

Únicamente la teoría genética del lenguaje interiorizado puede resolver este inmenso y complejo problema. La relación entre pensamiento y palabra es un proceso viviente; el pensamiento nace a través de las palabras. Una palabra sin pensamiento es una cosa muerta, y un pensamiento desprovisto de palabra permanece en la sombra. La conexión entre ellos sin embargo no es constante. Surge en el curso del desarrollo y evoluciona por sí misma. A la afirmación de la Biblia, "En el comienzo era la palabra", Goethe hace que Fausto responda: "En el comienzo era la acción". Aquí se intenta detractar el valor de la palabra, pero podemos aceptar esta versión si le otorgamos un énfasis diferente: en el comienzo era la acción. La palabra no fue el comienzo -la acción estaba primero- ; es el fin del desarrollo, la coronación del acto.

No podemos terminar nuestra investigación sin mencionar las perspectivas que dejo entrever. Hemos estudiado los aspectos interiores del lenguaje, que son tan desconocidos para la ciencia como la otra faz de la luna. Hemos demostrado que un reflejo generalizado de la realidad es la característica básica de las palabras. Este aspecto de la palabra nos deja en el umbral de un tema más amplio y profundo: el problema general de la conciencia. El pensamiento y el lenguaje, que reflejan la realidad en distinta forma que la percepción, son la clave de la naturaleza de la conciencia humana. Las palabras tienen un papel destacado tanto en el desarrollo del pensamiento como en el desarrollo histórico de la conciencia en su totalidad. Una palabra es un microcosmos de conciencia humana.



Fernando Savater



 

 

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