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Prólogo
Prefacio del autor
Aproximación al problema
La Teoría de Piaget sobre Lenguaje y Pensamiento del niño
La Teoría de Stern sobre el desarrollo del Lenguaje
Las raíces genéticas del Pensamiento y el Lenguaje
Un estudio experimental de la formación del Concepto
El desarrollo de los conceptos científicos en la infancia
Pensamiento y Palabra
Comentarios sobre las observaciones críticas de Vigotsky
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PENSAMIENTO Y LENGUAJE
Capítulo III
LA TEORÍA DE STERN SOBRE EL DESARROLLO
DEL LENGUAJE
La concepción intelectualista del
desarrollo del lenguaje infantil es el aspecto más
conocido del trabajo de Stern y lo que ha ganado realmente
terreno a través del tiempo, aunque es precisamente
ésta la que revela claramente las limitaciones e inconsistencias
de su personalismo filosófico y psicológico,
sus fundamentos idealistas y su invalidez científica.
Stern mismo describe su punto de vista como
"personalista-genético", principio que discutiremos
más adelante. Permítasenos ahora considerar
cómo se maneja Stern en el aspecto genético
y manifestar desde el comienzo, que esta teoría, a
semejanza de todas las intelectualistas, es, por su esencia
misma, antievolutiva.
Stern distingue tres raíces del lenguaje:
la tendencia expresiva, la social y le "intencional".
Mientras las dos primeras sustentan también los fundamentos
del habla observados en los animales, la tercera es específicamente
humana. Define la intencionalidad en el sentido de una dirección
indesviable hacia un cierto contenido o significado. "En
una determinada etapa de su desarrollo psíquico.",
dice, "el hombre adquiere la habilidad de dar a entender
algo, de referirse a algo objetivo cuando articula sonidos."
1 En esencia, tales actos intencionales son también
actos de pensamiento, su aparición denota intelectualización
y objetivación del lenguaje.
De acuerdo con un cierto número de
autores, que representan la nueva psicología del pensamiento,
aunque en menor grado, Stern enfatiza la importancia del factor
lógico en el desarrollo del lenguaje.
No tenemos objeciones que hacer a la afirmación
de que el lenguaje humano avanzado posee significado objetivo,
y por lo tanto presupone un cierto nivel de desarrollo del
pensamiento, y estamos de acuerdo en que es necesario tener
en cuenta la estrecha relación que existe entre el
lenguaje y el pensamiento lógico; pero el problema
es que Stern considera la intencionalidad una característica
del lenguaje avanzado, que reclama una explicación
genética (cómo ingresa en el proceso evolutivo),
como una de las raíces del desarrollo del lenguaje,
una fuerza directriz, una tendencia innata, casi una urgencia,
sea como fuere, algo primordial, en un pie de igualdad, genéticamente,
con las tendencias expresivas y comunicativas -que también
tienen su fundamento en los comienzos del habla. Al considerar
la intencionalidad en esta forma (die 'intentionale' Triebfeder
des Sprachdranges) sustituye una explicación intelectualista
por una genética.
Este método de "explicar"
algo por medio de lo mismo que necesita explicación
es la falla básica de las teorías intelectualistas
y de la de Stern en particular -de aquí surge su vaciedad
general y su cualidad antigenética (características
que pertenecen al lenguaje avanzado son relegadas a sus comienzos).
Stern contesta a la pregunta de por qué y cómo
el lenguaje adquiere significado diciendo: a partir de su
tendencia intencional, o sea, la tendencia hacia el significado.
Esto nos recuerda al físico de Molière que explicaba
el efecto soporífero del opio por sus propiedades soporíferas.
Considerando la famosa descripción
de Stern del gran descubrimiento hecho por el niño
a la edad de un año o dos, podemos observar a qué
exageraciones conduce la sobreenfatización de los aspectos
lógicos. A esa edad el niño se da cuenta primero
de que cada objeto tiene su símbolo permanente, un
patrón de sonido que lo identifica, es decir, que cada
cosa tiene un nombre. Cree que un niño en su segundo
año puede haber tomado conocimiento de los símbolos
y de la necesidad de ellos, y considera este descubrimiento
también como un proceso de pensamiento en su exacto
sentido: "La comprensión de la relación
entre signo y significado que comienza a mostrarse al niño
en este punto es algo diferente, en principio, del simple
uso de sonidos-imágenes, objetos-imágenes y
sus asociaciones. Y el requerimiento de que cada objeto, de
cualquier tipo que sea, tenga su nombre puede ser considerado
una verdadera generalización hecha por el niño
-posiblemente la primera." 2
¿Existen fundamentos fácticos
o teóricos para afirmar que un niño de un año
o dos posee el conocimiento de la función simbólica
del lenguaje, y la conciencia de una regla, de un concepto
general? Todos los estudios realizados en los últimos
veinte años sugieren una respuesta negativa a esta
pregunta.
Todo lo que conocemos sobre la mentalidad
del niño de un año y medio o dos se opone a
la idea de que es capaz de tan complejas operaciones intelectuales.
Tanto los estudios de observación como los experimentales
indican que sólo más tarde aprende la relación
entre signo y significado, o el uso funcional de los signos;
esto está bastante lejos del alcance de un niño
de dos años. Además, las investigaciones experimentales
sistemáticas han mostrado que la captación de
la relación entre signo y significado, y la transición
hacia el operar con los primeros, no resulta nunca un descubrimiento
instantáneo o una invención realizada por el
niño. Stern cree que el niño descubre el significado
del lenguaje de una vez y para siempre. En realidad, éste
es un proceso en extremo complejo que tiene "su historia
natural" (sus comienzos y formas transicionales en los
más primitivos niveles de desarrollo) y también
su "historia cultural" (nuevamente con sus propias
series de fases, su propio crecimiento cuantitativo, cualitativo
y funciones, sus propias leyes y dinámica).
Stern ignora virtualmente los intrincados
caminos que conducen a la maduración de la función
significativa; su concepción del desarrollo lingüístico
está inmensamente simplificada. El niño descubre
súbitamente que el lenguaje tiene significado: tal
explicación de cómo el lenguaje se hace significativo
merece incluirse realmente en un grupo junto con la teoría
de la invención deliberada del habla, la teoría
racionalista del contrato social y otras famosas teorías
intelectualistas. Todas ellas hacen caso omiso de las realidades
genéticas y no explican verdaderamente nada.
En cuanto a los hechos que toma en cuenta,
lo teoría de Stern tampoco resulta consistente. Wallon,
Koffka, Piaget, Delacroix y muchos otros, en sus estudios
realizados con niños normales, y K. Bühler con
sordomudos, se encontraron con lo siguiente: 1) que el descubrimiento
por parte del niño de la unión entre palabra
y objeto no conduce inmediatamente a un conocimiento claro
de la relación simbólica del signo y su referente
característica del pensamiento bien desarrollado, que
la palabra durante un largo tiempo aparece ante el niño
como un atributo o una propiedad del objeto más que
como un simple signo, que el niño aprehende antes la
estructura externa del objeto-palabra que la relación
interna signo-referente; y 2) que el descubrimiento hecho
por el niño no es realmente súbito y no puede
ser definido el instante exacto en que ocurre. Una serie de
largos y complicados cambios "moleculares" conducen
hacia el momento crítico en el desarrollo del lenguaje.
Después de 20 años de haber
sido publicado su primer estudio la observación básica
de Stern siguió considerándose correcta: se
da realmente un momento de descubrimiento que o simple vista
pasa desapercibido. El punto decisivo en el desarrollo lingüístico,
cultural e intelectual, descubierto por este autor, existe
realmente, aunque su error consiste en haberlo interpretado
en forma intelectualista. Él pone de relieve dos síntomas
objetivos de la existencia de este cambio crítico;
la aparición de preguntas sobre nombres de objetos
y los sostenidos aumentos resultantes en el vocabulario del
niño, ambos de fundamental importancia para el desarrollo
del habla.
Le búsqueda activa de palabras por
parte del niño, que no tiene analogías con el
desarrollo del "habla" en los animales, indica una
nueva faae en su progreso lingüístico. Es en este
tiempo que (citando a Pavlov) emerge para el niño el
"grandioso sistema de señales del lenguaje"
de entre la masa de todos los otros signos y asume una función
específica en la conducta. Haber establecido este hecho
sobre una base firme de síntomas objetivos es uno de
los grandes logros de Stern.
Lo más notable de todo esto es la
brecha que abre su explicación.
En contraste con las otras dos raíces
del lenguaje, la expresiva y la comunicativa, cuyo desarrollo
ha sido trazado desde los animales sociales que se encuentran
en lo más bajo de la escala hasta los antropoides y
el hombre, la "tendencia intencional" no aparece
fuera de aquí en ninguna otra parte, no tiene historia
ni derivación. De acuerdo a Stern es básica,
primordial, surge espontánea y "definitivamente".
Ésta es la propensión que facilita al niño
el descubrimiento de la función del lenguaje por medio
de una operación puramente lógica.
Sin duda, para decir esto Stern no empleó
tantas palabras. Él se comprometió en polémicas
no sólo con los proponentes de teorías antiintelectualistas
que consideraron los comienzos del lenguaje en el niño
desde el punto de vista afectivo-conativo exclusivamente,
sino también con aquellos psicólogos que exageraron
el valor de la capacidad de los niños para el pensamiento
lógico. Stern no repite este error, pero comete uno
más grave al asignar a la inteligencia una posición
casi metafísica de primacía, considerándola
el origen, la causa primera e inanalizable del lenguaje significativo.
Paradójicamente, un intelectualismo
de este tipo resulta especialmente inadecuado en el estudio
de los procesos intelectuales, que a primera vista parecían
ser su legítima esfera de aplicación. Se podría
esperar, por ejemplo, que cuando la significación del
lenguaje se considerara como el resultado de una operación
intelectual, esto esparciría mucha luz sobre la relación
entre habla y pensamiento. En realidad, tal enfoque, al considerar
como lo hace, una inteligencia ya formada, pone trabas a una
investigación sobre las interacciones dialécticas
que se producen entre inteligencia y lenguaje. El modo en
que Stern trata este aspecto cardinal del problema está
plagado de inconsistencias y constituye la parte más
vulnerable de su libro. 3
Apenas se ocupa de tópicos tan importantes
como lenguaje interiorizado y su surgimiento y relación
con el pensamiento. Analiza los resultados de las investigaciones
de Piaget sobre lenguaje egocéntrico solamente en su
discusión sobre las conversaciones de los niños
ignorando las funciones, la estructura y la significación
de esta forma de lenguaje. Asimismo, no se ocupa de los complejos
cambios funcionales y estructurales en relación con
el pensamiento y desarrollo del lenguaje.
Aun cuando Stern nos brinda una correcta
caracterización de los fenómenos evolutivos,
su marco teórico le impide sacar las conclusiones obvias
que le proveen sus propias observaciones. En ningún
otro tema, este hecho resulta más aparente que cuando
fracasa al considerar las implicaciones de su propia "traducción"
de las primeras palabras del niño como pertenecientes
al lenguaje adulto. La interpretación dada a las primeras
palabras del niño es la piedra de toque de todas las
teorías del lenguaje infantil, es el punto central
en el que se encuentran y se cruzan todas las teorías
modernas del lenguaje. Se podría decir sin exageración
que la estructura total de esta teoría está
determinada por la interpretación de las primeras palabras
del niño.
Stern cree que no pueden ser interpretadas
ni desde una perspectiva puramente intelectualista o únicamente
afectiva-volitiva. Reconoce el mérito de Meumann al
oponerse a la teoría intelectualista que establece
que las primeras palabras del niño designan realmente
los objetos como tales. 4 Sin embargo, no comparte el supuesto
del mismo autor que afirma que las palabras son simplemente
expresiones de emociones y deseos. A través del análisis
de situaciones en las cuales aparecen, él demuestra
de modo bastante concluyente que estas palabras contienen
también una cierta dirección hacia un objeto,
y que esta "referencia objetiva" o función
de señalamiento, con frecuencia, "predomina sobre
el tono moderadamente emocional". 5
Stern interpreta así las primeras
palabras: "El infantil mamá trasladado al lenguaje
más avanzado no significa sólo la palabra "madre",
sino una oración semejante a "mamá, ven
aquí", o "mamá, ponme en la silla",
o "ayúdame, mamá". 6
Sin embargo, cuando observamos al niño
en acción nos darnos cuenta sin lugar a dudas, que
no es sólo la palabra mamá la que significa
"mamá, ponme en la silla" sino todo el comportamiento
del niño en ese momento (querer llegar hasta la silla,
intentar asirse a ella, etc.). Aquí, la dirección
"afectiva-conativa" hacia un objeto (para usar los
términos de Meumann) es aún inseparable de la
"tendencia intencional" del habla: las dos son todavía
un todo homogéneo, y la correcta interpretación
de mamá o de cualquiera de las primeras palabras, es
considerarlas como gestos indicadores. La palabra es primero
un sustituto convencional del gesto y aparece mucho antes
del crucial "descubrimiento del lenguaje" realizado
por el niño, y antes de que sea capaz de realizar operaciones
lógicas. El mismo Stern admite la función mediatizadora
de los gestos, especialmente la de señalamiento, al
establecer el significado de las primeras palabras. La conclusión
ineludible sería que ese señalamiento es, de
hecho, un precursor de la "tendencia intencional".
No obstante esto, Stern se niega a trazar la historia genética
de esa tendencia. Para él, no evoluciona a partir de
la dirección afectiva hacia el objeto del acto señalizador
(gesto o primeras palabras) aparece fuera de aquí y
explica el surgimiento del significado.
El mismo enfoque antigenético caracteriza
el planteo que efectúa Stern de todos los otros problemas
fundamentales tratados en este libro medular, tales como el
desarrollo de los conceptos y las etapas principales del desarrollo
del pensamiento y el lenguaje, y como no podía ser
de otro modo, el enfoque del sistema desarrollado por Stern
es una consecuencia directa de las premisas filosóficas
del personalismo. Su obra trata de elevarse sobre las posiciones
extremas, tanto del empirismo como del innatismo. Por un lado
opone su propio punto de vista sobre el desarrollo del lenguaje
al de Wundt, quien ve el habla infantil como un producto del
medio circundante, mientras que la participación del
niño es esencialmente pasiva, y por otra parte al de
aquellos psicólogos para quienes el lenguaje primario
(las onomatopeyas y la denominada conversación de "nursery")
es la invención de incontables generaciones de niños.
Stern trata de no descuidar la parte que juega la imitación
en el desarrollo del lenguaje, o el papel de la actividad
espontánea del niño, aplicando a estos puntos
su concepto de "convergencia": la conquista del
lenguaje por el niño ocurre a través de una
interacción constante de las disposiciones internas
que impulsan al niño a hablar, y las condiciones externas,
por ejemplo, el lenguaje de la gente que se encuentra a su
alrededor, las que proveen tanto estimulación como
material para la realización de estas disposiciones.
La convergencia, para Stern, es un principio
general aplicado a la explicación de todo el comportamiento
humano. Realmente éste es un ejemplo más de
lo que podríamos decir, citando a Goethe: "Las
palabras de la ciencia ocultan su sustancia". El sonoro
vocablo convergencia, que denota aquí un principio
metodológico perfectamente inexpugnable (ese desarrollo
podría ser estudiado como un proceso determinado por
la interacción del organismo y su medio circundante),
de hecho releva al autor de la tarea de analizar los factores
medioambientales y sociales en el desarrollo del lenguaje.
Stern afirma bastante enfáticamente en verdad, que
el medio ambiente social constituye un factor fundamental
en el desarrollo del lenguaje, pero en realidad limita su
papel a influir en la aceleración o retardo del desarrollo,
que obedece a sus propias leyes inmanentes. Como hemos tratado
de demostrar al usar los ejemplos de su explicación
del modo en que el significado surge en el lenguaje, Stern
exagera el valor del papel de los factores orgánicos
internos.
Esta parcialidad es un resultado directo
del marco referencial personalista. Para él la "persona"
es una entidad psicofísicamente neutral que "a
pesar de la multiplicidad de sus funciones parciales, pone
de manifiesto una actividad unitaria, dirigida hacia una meta".
7 Esta concepción idealista, "monádica"
de la persona individual conduce naturalmente a una teoría
que ve el lenguaje como enraizado en una teleología
personal -de ahí el intelectualismo y parcialidad antigenética
del enfoque de Stern sobre los problemas del desarrollo lingüístico.
Aplicado a un mecanismo eminentemente social de la conducta
verbal, el personalismo de Stern, ignorando como lo hace el
aspecto social de la personalidad, conduce a absurdos evidentes.
Su concepción metafísica de la personalidad,
que deriva todos los procesos de una teleología personal,
trastroca las verdaderas relaciones genéticas entre
la personalidad y el lenguaje: en lugar de un desarrollo histórico
de la personalidad misma, en el cual el lenguaje juega un
papel que está lejos de ser secundario, nos encontramos
con una teoría metafísica en la cual la personalidad
genera el lenguaje, apartándose de la dirección
hacia la finalidad de su propia naturaleza esencial.
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