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Capítulo
1. Arte e imaginación.
Capítulo
2. Imaginación y realidad.
Capítulo
3. El mecanismo de la imaginación creadora.
Capítulo
4. La imaginación del niño y del adolescente.
Capítulo
5. Los tormentos de la creación.
Capítulo
6. La creación literaria en la edad escolar.
Capítulo 7. El arte teatral en la
edad escolar.
Capítulo
8. El dibujo en la edad infantil.
Anexos.
El origen y el desarrollo de las funciones mentales superiores
La filosofía de la ciencia
Metodologías de la investigación psicológica
La relación entre el aprendizaje y el desarrollo humano
La formación conceptual
La relación entre el lenguaje y el pensamiento
La psicología del arte
El juego entendido como un fenómeno psicológico
El estudio de los trastornos del aprendizaje
El desarrollo humano anormal
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La imaginación y el arte en la infancia
Capítulo VII
EL ARTE TEATRAL EN LA EDAD ESCOLAR
Lo más próximo a la creación
literaria infantil, es la dramatización de los niños,
el arte del teatro. Junto a la expresión literaria,
el drama o representación teatral constituye el aspecto
más frecuente y extendido de la creación artística
infantil. Y se comprende que le guste a los niños,
lo que se explica por dos aspectos fundamentales: en primer
término, porque el drama, basado en la acción,
en hechos que realizan los propios niños, une del modo
más cercano, eficaz y directo la creación artística
con las vivencias personales.
El drama, como forma de expresión de las impresiones
vividas -dice Petrova-, yace hondamente en la naturaleza de
los niños y encuentra su expresión espontáneamente,
con independencia de los deseos de los adultos. El niño
mimetiza las impresiones externas que percibe del medio que
le rodea. Con la fuerza de su instinto y de su imaginación,
crea el niño las situaciones y el ambiente que no le
proporciona la vida para improvisar impulsos emocionales (heroísmo,
arrojo, abnegación). La fantasía infantil no
se detiene en la esfera de los sueños, como sucede
a los mayores. El niño quiere encamar en acciones,
en imágenes vivientes, todo lo que piensa y siente.
Resulta así que, en la forma dialogada de la representación
teatral se refleja con la más plena claridad todo ese
círculo completo de ilusiones de las que ya hablamos
en el primer capítulo. Aquí, las imágenes
creadas por elementos reales, encarnan y se realizan de nuevo
en la vida real aunque de modo condicional; el anhelo de acción,
de encarnación, de realización encerrado en
el proceso mismo de la imaginación, encuentra aquí
su realización más plena. El niño, que
ve por vez primera un tren, dramatiza su representación,
juega a que es locomotora, golpea, silva, tratando de copiar
lo que ve y experimenta enorme satisfacción al hacerlo.
La autora antes citada habla de un muchachito de 9 años
que, al ver una máquina excavadora durante varios días
no pudo recobrar la tranquilidad jugando a representarla.
Adoptando con su cuerpo, en cuanto le era posible, la posición
de la rueda, agitaba incansablemente los brazos con las manos
dobladas como las palas sujetas a la rueda para sacar la tierra.
Pese a la fatiga que le reportaba ese ejercicio gimnástico
el niño siguió realizándolo durante todo
el paseo por la ciudad y no dejó de hacerlo en la casa
y en el patio. Los arroyuelos que corrían por las calles
le excitaban más y más, haciéndose la
idea de que estaba limpiando los canales y el lecho del río.
Sólo se detenía para hacer de mecánico
que manejaba la máquina, cambiarla de dirección,
llevarla a limpiar otro río y luego, redoblando su
esfuerzo, seguía incansable la máquina agitando
sus cucharones.
Una niña, enterrando sus pies en la arena, erguida
inmóvil con sus bracitos pegados al cuerpo, decía:
Soy un arbolito que crece, éstas son las ramitas, éstas
las hojitas, -empezaba a levantar lentamente sus bracitos,
abriendo y cerrando los deditos- ¿vean cómo
me dobla el viento?, y el arbolito se inclinaba agitando los
deditos-hojitas.
Otra causa de proximidad a la forma dramatizada es para el
niño su vinculación con los juegos. El teatro
está más ligado que cualquiera otra forma de
creación artística con los juegos, donde reside
la raíz de toda creación infantil y es por ello
la más sincretizada, es decir, contiene en sí
elementos de los más diversos tipos de arte. Y, por
cierto, que en ello reside el más alto valor de la
representación teatral infantil, fuente de inspiración
y de material para los más diversos aspectos del arte
de los niños. Ellos mismos componen, improvisan y montan
la obra, ensayan los papeles aprovechando a veces algún
material literario ya preparado de antemano. Es una creación
hablada, dialogada, de los niños que la necesitan,
la comprenden y que viene a ser como parte de un todo, algo
así como preparación o parte integrante de un
juego completo e interesante. La preparación del decorado,
vestuario y demás, excita la imaginación y la
creación técnica de los propios niños.
Los niños dibujan, modelan, recortan, cosen y todo
ello adquiere sentido y fin como parte de un conjunto, de
un sentido que les interesa. Por último, el propio
juego, consistente en la representación por los actores,
culmina todo este trabajo dándole su expresión
total y definitiva.
Los ejemplos mostrados -dice Petrova- bastan para demostrar
cuán propia de los niños es la forma teatral
de expresión del mundo. Los juegos son escuela viva
del niño, lo educan fisica y espiritualmente. Su importancia
es enorme para forjar el carácter y la cosmovisión
del hombre futuro. Cabe imaginar el juego como forma dramática
primaria caracterizada por la valiosísima peculiaridad
de que el artista, el espectador, el autor, el decorador y
el montador de la obra están unidos en una misma persona.
En ello, la creación del niño adquiere carácter
de síntesis, sus esferas, intelectual, emocional y
volitiva, vibran por la fuerza natural de la vida, sin excitación
externa, sin ninguna tensión especial de su psíquis.
Algunos pedagogos se manifiestan terminantemente contra el
arte teatral infantil basándose en sus peligros referidos
al desarrollo prematuro de la vanidad, la afectación,
etc. Y, efectivamente, la creación teatral de los niños,
cuando pretende reproducir directamente las formas del teatro
adulto, constituye una ocupación no muy recomendable
para los niños. Empezar con un texto literario, memorizar
palabras extrañas como hacen los actores profesionales,
palabras que no siempre corresponden a la comprensión
y los sentimientos de los niños, frena la creación
infantil y convierte a los niños en repetidores de
frases ajenas obligados por el libreto. Por eso se acercan
más a la comprensión infantil las obras compuestas
por los propios niños o improvisadas por ellos en el
curso de su creación. Caben en esto las formas más
distintas y grados diversos desde el libreto literario preparado
y estudiado de antemano hasta la simplificación de
los papeles que los propios niños, en el curso del
juego, deben improvisar ajustándolos a nuevos libretos
literarios. Estas obras resultarán sin duda más
imperfectas y menos literarias que las preparadas y escritas
por autores adultos, pero poseen la enorme ventaja de que
han sido creadas por los propios niños. No se debe
olvidar que la ley básica del arte creador infantil
consiste en que su valor no reside en el resultado, en el
producto de la obra creadora, sino en el proceso mismo. Lo
principal no es qué escriben los niños, sino
que son ellos mismos los autores, los creadores, que se ejercitan
en la inventiva creadora, en su materialización. En
las verdaderas obras infantiles, todo, desde el telón
hasta el desenlace de la trama debe ser hecho por las manos
y por la imaginación de los niños y sólo
entonces la representación teatral alcanzará
toda su importancia, todo su vigor aplicado al niño.
Como hemos señalado, en torno a la representación
escénica se combinan y entremezclan los más
diversos tipos del arte infantil: técnico, decorativo-escenográfico,
diálogo y actuación en el pleno sentido de la
palabra. El propio valor de los procesos de la creación
artística infantil se manifiesta con extraordinaria
brillantez en que factores auxiliares, como el trabajo mecánico
de los tramoyistas, adquieren para los niños importancia
no inferior a la de la propia obra y su representación
en escena.
Petrova hablaba de una representación teatral infantil
y del interés que los niños mostraban por el
trabajo técnico de su puesta en escena.
Para hacer una perforación -decía- era preciso
conseguir un instrumento que no siempre se podía encontrar
en el utillaje escolar como es el taladro. Aun los más
pequeños aprenden pronto a taladrar, y niños
de edad preescolar me enseñaron su manejo. El taladro
que, casualmente, les llevé, marcó época
en la vida del grupo: los niños taladraban gruesos
bloques y tablas que luego unían con palos en las más
variadas combinaciones. De aquellos agujeros salían
jardines, bosques, cercas. A los ojos de los niños
aquél taladro era un prodigio de la técnica...
De la misma forma que la obra teatral y el libreto, debe
dejarse a los niños toda la escenificación del
espectáculo, y del mismo modo que imponer a los niños
un libreto ajeno perjudica a su psicología infantil,
también el objetivo y el carácter fundamental
del espectáculo debe estar al alcance de la comprensión
y los sentimientos de los niños. Los niños relacionarán
y combinarán las plataformas y todas las formas exteriores
del teatro adulto trasladadas mecánicamente a la escena
infantil; el niño es un mal actor para los demás,
pero un actor magnífico para sí mismo y todo
el espectáculo debe organizarse de tal modo que los
niños perciban que representan para sí mismos,
estén penetrados por el interés de la trama,
por su propio curso, no por sus últimos resultados.
El premio más alto por el espectáculo debe residir
en la satisfacción que los propios niños experimenten
por la preparación del espectáculo y del proceso
mismo de su representación, y no por el éxito
y el aplauso de los mayores.
Del mismo modo que los niños, para escribir una obra
literaria, deben comprender para qué escriben, el objeto
que persiguen con ello, los espectáculos que montan
los niños deben ofrecerles un determinado fin.
El teatro pionero -dice Rives-, no consiste en actuar por
actuar, sino que tiene siempre un objetivo determinado como,
por ejemplo, ilustrar uno u otro acontecimiento revolucionario,
un hecho político destacado y su representación
escénica debe constituir siempre la culminación
de la labor realizada en todo el período precedente;
todo el teatro pionero, al cumplir este objetivo concreto,
no puede renunciar a su función de educación
estética; todo el teatro pionero, además de
su objetivo propagandístico, debe contener determinados
elementos de creación artística.
Próximo al teatro infantil como forma de expresión
artística se encuentra el cantar, o sea, la expresión
verbal del niño dramatizada en el sentido más
estricto de la palabra. Un pedagogo y educador, Chicherin,
describía así una de las representaciones infantiles.
Varias mesas se han agrupado, sobre ellas unos bancos; en
un lugar cualquiera habían pegado una chimenea de cartón
con una bandera, una tabla tendida servía de pasarela;
en desorden, la gente entraba en el barco. Allí, dos
muchachos que escapaban a América se colaban silenciosamente
en la bodega del barco (bajo la mesa). Allí se encuentran
también maquinistas y fogoneros, en la cubierta superior,
el timonel, el capitán, marineros, pasajeros... El
vapor da unos pitidos, se retira la pasarela y se oye el sonido
acompasado de las máquinas, mientras en cubierta la
gente se balancea al ritmo de las olas. Además, detrás
del escenario balancean una pizarra en la que se escribió:
Mar. La importancia principal de todos estos objetos auxiliares
no consiste en despertar la ilusión del espectador
ajeno al juego, sino en que el juego mismo asimilando audazmente
cualquier tema, pudiera ser montado en movimiento, pudiera
transcurrir con animación.
Este espectáculo-juego se acerca tanto a la dramatización,
que con frecuencia se borran todas las diferencias entre ambos.
Sabemos que algunos pedagogos incluyen el teatro entre los
métodos de enseñanza, ya que esta eficaz forma
de expresar por medio del propio cuerpo responde a la naturaleza
motriz de la imaginación infantil.
La imaginación y el arte en la
infancia
Capítulo VII
Lev
Semyónovich Vigotsky, 1934
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