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Capítulo
1. Arte e imaginación.
Capítulo
2. Imaginación y realidad.
Capítulo
3. El mecanismo de la imaginación creadora.
Capítulo
4. La imaginación del niño y del adolescente.
Capítulo
5. Los tormentos de la creación.
Capítulo 6. La creación literaria
en la edad escolar.
Capítulo
7. El arte teatral en la edad escolar.
Capítulo
8. El dibujo en la edad infantil.
Anexos.
El origen y el desarrollo de las funciones mentales superiores
La filosofía de la ciencia
Metodologías de la investigación psicológica
La relación entre el aprendizaje y el desarrollo humano
La formación conceptual
La relación entre el lenguaje y el pensamiento
La psicología del arte
El juego entendido como un fenómeno psicológico
El estudio de los trastornos del aprendizaje
El desarrollo humano anormal
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La imaginación y el arte en la infancia
Capítulo VI
LA CREACIÓN LITERARIA EN LA EDAD ESCOLAR
De todas las formas de creación, la
literaria u oral es el arte más típico de la
edad escolar. Sabemos que en la edad temprana, todos los niños
pasan a través de varias etapas de dibujo, pues el
dibujo es el modo de expresión típico de la
edad preescolar particularmente. En esos años, les
gusta a los niños dibujar, sin ser estimulados por
los adultos; a veces basta el más simple estímulo
para que el niño comience a dibujar.
Las observaciones demuestran que todos los niños dibujan
y las etapas a través de las cuales pasan en sus dibujos
son más o menos comunes para los niños de la
misma edad. En esos años el dibujo es ocupación
predilecta de los niños, pero al comenzar la edad escolar,
empieza a disminuir su afición al dibujo y, en muchos,
incluso en su mayoría, desaparece por completo de no
ser estimulada. Sólo en algunos niños, de los
mejor dotados para ello, se conserva esta afición,
y eso entre los grupos infantiles que disfrutan en casa y
en la escuela de condiciones que estimulan su afición
al dibujo y les impulsan a desarrollarla. Evidentemente, existe
cierta relación interior entre la personalidad del
niño en esa edad y su afición al dibujo. Por
lo visto, la concentración de las fuerzas creadoras
del niño en el dibujo no es casual, sino porque es
precisamente el dibujo lo que permite al niño de esa
edad expresar más fácilmente sus inquietudes.
Al pasar a otra fase de desarrollo, el niño se eleva
a un escalón superior en su edad, transformándose
y cambiando también el carácter de su obra creadora.
El dibujo queda atrás, como etapa ya rebasada y su
lugar empieza a ser ocupado por el arte literario de expresión
que domina sobre todo en el período de maduración
sexual del adolescente. Algunos autores llegan incluso a suponer
que sólo a partir de esa edad puede hablarse en propiedad
de creación literaria en los niños. La propia
creación literaria -dice el profesor Soloviov-, en
el sentido auténtico de la palabra, toma su origen
precisamente al iniciarse la madurez sexual. Se necesita un
caudal suficiente de vivencias personales, de experiencias
vividas, hay que saber analizar las relaciones humanas en
medios diversos para poder expresar en palabras algo personal,
nuevo (con criterio propio) encarnando y combinando hechos
de la vida real. El niño pequeño, que empieza
a ir a la escuela, no puede hacerlo aún y, por lo tanto,
su creación tiene un carácter condicional y,
en muchos aspectos sumamente ingenuo.
Hay un hecho básico que muestra de modo convincente
que el niño debe crecer hasta alcanzar capacidad literaria.
Para esto debe el niño acumular numerosas experiencias,
debe lograr muy elevado dominio de la palabra, debe llevar
su mundo interior a un grado altísimo de desarrollo.
Este hecho a que nos referimos se cifra en el retraso en los
niños del lenguaje escrito respecto del lenguaje hablado.
Como es sabido -dice Gaupp- la expresión escrita de
las ideas y de los sentimientos por los escolares va muy por
detrás de su capacidad de expresarlo oralmente, sin
que sea fácil explicarlo. Cuando se habla con un niño
o una niña con talento de cosas que comprenden bien,
que les interesan, suelen dar respuestas atinadas y vivas
descripciones, siendo grato conversar con ellos. Pero si a
esos mismos niños se les pide componer libremente por
escrito un relato sobre el mismo tema de que acaban de hablar,
no sacaremos de ellos más que unas cuantas frases vacías.
¡Qué monótonas, pobres de contenido y
forzadas son las cartas de los escolares a sus padres ausentes
y cuán vivos y ricos suelen ser sus relatos verbales
cuando los padres regresan! Parece como si cuando el niño
toma la pluma en la mano se frenase su mente, es como si le
asustase el trabajo de escribir. Yo no sé qué
escribir. No me viene nada a la cabeza suelen lamentarse los
niños. De aquí lo erróneo, sobre todo
cuando se trata de alumnos de las primeras clases, de juzgar
el grado de madurez intelectual, la inteligencia de los niños,
en base a sus composiciones escolares.
Esta falta de correspondencia entre el desarrollo del lenguaje
hablado y del lenguaje escrito se debe sobre todo a la diversidad
de las dificultades que encuentra el niño para expresarse
de palabra o por escrito; cuando el niño se enfrenta
a una dificultad mayor, a una tarea más dificil se
esfuerza por superarla, como si fuese mucho más pequeño.
Basta con complicar el trabajo del niño con la palabra
-dice Blonski- plantearIe alguna tarea dificil, por ejemplo,
hacerle expresarse en el papel, y veremos inmediatamente que
su lenguaje escrito es más infantil que su lenguaje
hablado: aparecen en el papel palabras que no tienen relación,
sueltas, con numerosos imperativos. Lo mismo puede verse completamente
en todo; cuando el niño realiza algún esfuerzo
mental difícil vuelve a sentir todas las peculiaridades
de cuando era más pequeño. Si mostramos a un
niño de siete años un cuadro de contenido adecuado
a su edad y le pedimos que nos hable de lo que está
viendo en el cuadro, lo hará como corresponde a los
siete años, o sea, contará lo que pasa en el
cuadro. Pero si le mostramos un cuadro difícil para
él, se pondrá a hablar como si tuviese sólo
tres años, enumerando deshilvanadamente objetos dibujados
en el cuadro.
Lo mismo ocurre cuando el niño pasa del lenguaje oral
al escrito. El lenguaje escrito le resulta más difícil
porque tiene sus propias leyes, con frecuencia diferentes
a las del lenguaje hablado, y el niño no domina aún
bien estas leyes.
Frecuentemente estas dificultades que experimenta el niño
al pasar al lenguaje escrito se justifican por causas internas
más profundas. El lenguaje oral resulta siempre comprensible
para el niño ya que surge de la comunicación
viva con otras personas, constituye una reacción completamente
natural, como el eco del niño a lo que se hace a su
alrededor y atrae su atención. Al pasar al lenguaje
escrito, mucho más condicional y abstracto, a veces
no comprende el niño para qué es necesario escribir.
Esto se manifiesta sobre todo en los casos en que el niño
escribe tareas sobre temas dados en la escuela. En la antigua
escuela se impulsaba la actividad creadora literaria de los
escolares en temas planteados por el maestro para componer,
y se hacía que los niños desarrollasen por escrito
estos temas ajustándose lo más posible al estilo
literario de los mayores o al estilo de los libros que habían
leído. Estos temas solían ser ajenos a la comprensión
de los alumnos, no tocaban su imaginación, ni sus sentimientos.
Se les mostraba a los niños ejemplos de cómo
debían escribir y muy raramente el propio trabajo se
relacionaba con algún fin comprensible para los niños,
cercano a ellos y a su alcance. Los pedagogos que procedían
de este modo orientaban mal la creación literaria del
niño, mataban su belleza natural, la peculiaridad y
el brillo del lenguaje infantil, dificultaban el dominio del
lenguaje escrito como medio especial de expresar sus ideas,
sus sentimientos, induciendo en los niños la jerga
escolar -al decir de Blonski- que aparecía inyectando
mecánicamente en los niños el lenguaje artificial,
libresco, de los mayores.
El principal arte del maestro para enseñar el idioma
-decía Tolstoi- y el ejercicio principal a este fin,
en la orientación del niño al escribir composiciones
reside en la variedad de temas, y no sólo en su planteamiento,
más aún, en ofrecer amplia elección,
e indicando el volumen de la composición, enseñando
los métodos iniciales. Muchos alumnos inteligentes
y capaces escribían simplezas cundía el incendio,
empezaron a empujar, pero yo salí a la calle, y nada
resultaba pese a que el tema de la composición era
rico y que lo descrito dejaba honda impresión en el
niño. Este no comprendía lo principal: ¿para
qué había que escribir y qué había
de bueno en ello? No comprendían el arte, la belleza
de representar la vida en la palabra y la atracción
de este arte.
Por ello, es mucho más fácil desarrollar la
afición literaria en el niño y se logra más
éxito cuando se invita al niño a escribir sobre
temática que comprenda en su interior, que le emocione
y, especialmente, le estimule a expresar con palabras su mundo
interno. Con mucha frecuencia el niño escribe mal porque
no tiene de qué escribir.
Hay que habituar al niño -dice Blonski- a escribir
sólo sobre lo que conoce bien, en aquello que ha meditado
mucho y profundamente. Nada más nocivo para el niño
que imponerle temas en los que haya pensado poco y de los
que no sepa qué decir, esto equivaldría a educar
escritores vacíos, superficiales. Para hacer del niño
un escritor es preciso imbuir en él fuerte interés
hacia la vida que le rodea. El niño escribe mejor sobre
aquello que más le interesa, sobre todo cuando lo conoce
bien. Hay que educar al niño a escribir sobre lo que
le interesa hondamente, en lo que ha pensado mucho y con profundidad,
en lo que conoce bien y se orienta fácilmente. Hay
que enseñar al niño a no escribir nunca de lo
que no sabe, de lo que no le interesa. Y, por cierto, hay
maestros que proceden completamente al contrario, con lo que
matan al escritor en el niño.
Por eso, aconseja Blonski elegir los tipos de obras literarias
más adecuados para los niños tales como notas,
cartas, pequeños relatos.
Si la escuela quiere ser pedagógica debe dar lugar
precisamente a estas obras literarias. Por cierto que el género
epistolar (cartas íntimas y de negocios) es el más
extendido en el mundo. Claro está que el deseo de relacionarse
con los amigos ausentes sirve de estímulo a la correspondencia
epistolar, por lo que resultan artificiales y falsas las cartas
que se dirigen a personas desconocidas o sin tener motivaciones
reales.
Por consiguiente, la tarea consiste en infundir en el niño
el deseo de escribir y ayudarle a dominar los medios de hacerlo.
Basándose en su experiencia personal describió
admirablemente Tolstoi cómo despertar en los hijos
de los campesinos la afición a escribir. En su artículo
¿A quién y de qué enseñar a escribir:
los hijos de los campesinos de nosotros o nosotros de ellos?,
el gran escritor llegó a la conclusión, a primera
vista paradójica, de que somos precisamente nosotros,
los adultos, y hasta los escritores, por grandes que sean,
los que debemos aprender a escribir de los niños campesinos
y no a la inversa. En la experiencia de despertar la afición
a escribir entre los niños campesinos se advierte con
palmaria claridad la marcha del proceso de la afición
literaria en el niño, cómo se engrendra, cómo
se desarrolla y qué papel puede desempeñar en
ello el pedagogo si desea ayudar al buen desarrollo de ese
proceso. La esencia de este descubrimiento de Tolstoi se encierra
en que supo advertir en la creación infantil rasgos
propios exclusivamente de esa edad y comprendió que
la verdadera tarea del educador no consiste en habituar apresuradamente
al niño a expresarse en el lenguaje de los adultos,
sino en ayudar al niño a elaborar y madurar su propio
lenguaje literario. Tolstoi solía plantear ante sus
alumnos escribir composiciones sobre el refrán: Con
la cuchara te da de comer y con el mango te saca los ojos.
Imagínate -decía yo- que un labriego albergó
en su casa a un pobre cualquiera y luego le echa en cara el
bien que le había hecho, resultando así que
le dio de comer con la cuchara, y con el mango le pinchó
el ojo. Al principio los niños se resistían
a escribir temiendo que era superior a sus fuerzas y, entonces
el propio Tolstoi se puso a escribir. Escribió la primera
página: Todo el que no esté advertido pero que
posea el sentido popular y artístico, al leer esta
primera página escrita por mí -decía-
y las demás páginas del relato escritas por
los propios niños, distinguirá esta primera
página de las restantes como a la mosca caída
en la leche, por lo falsa, artificial y escrita en lenguaje
tan malo...
Me parecía tan extraño que un muchacho campesino,
semianalfabeto mostrase de repente una tal fuerza artística
consciente como no pudiera alcanzar el propio Goethe en la
inaccesible cumbre de su desarrollo. Me parecía tan
extraño y deprimente que yo, autor de la infancia,
que merecí cierto éxito y notoriedad como talento
artístico entre el público culto de Rusia, que
yo en asuntos de arte no sólo no puedo indicar ni ayudar
a un Semioncillo o un Feodorillo cualquiera de once años,
sino que a duras penas y eso en un momento de feliz inspiración,
puedo seguirles y entenderles. Me parecía esto tan
extraño que no podía creerme lo que sucedió
ayer.
¿Cómo logró Tolstoi despertar en niños
que hasta entonces, ignoraban por completo lo que era la creación
artística, esta compleja y difícil forma de
expresión? Los niños empezaron a crear colectivamente:
Tolstoi les contaba y ellos repetían a su modo.
Alguien dijo que ese viejo era un brujo; otro dijo: no, no
es necesario, será sencillamente un soldado, no mejor
será que les robe, pero no, así no sería
como en el refrán, etc. -decían los niños
y todos ellos tomaban parte en el cuento, sintiéndose
interesados y atraídos por el propio proceso de la
composición, era así el primer impulso hacia
el trabajo creador inspirado-. Así -decía Tolstoi-
sintieron ellos evidentemente por vez primera el encanto de
fijar en palabras los detalles artísticos. Los niños
inventaban, creaban figuras de personajes protagonistas, describían
su aspecto exterior, toda una serie de detalles, episodios
aislados fijando todo ello en forma oral determinada y precisa.
Sus ojos le brillaron casi con lágrimas -decía
Tolstoi del niño que relataba-, sus bracitos morenos,
delgados, se retorcían nerviosamente; se enfadaba conmigo
y repetía sin cesar: ¿escribió ya?, ¿escribió
ya? Trataba con despótica seriedad a todos los demás,
quería hablar él solo, y no hablaba como se
relata, sino como se escribe, es decir, cincelando artísticamente,
con palabras, imágenes, sentimientos; por ejemplo,
no toleraba alterar el orden de las palabras, si decía:
las piernas tengo heridas no dejaba decir tengo heridas las
piernas. Y en este ejemplo podemos ver cuán vigoroso
era el sentido de la forma verbal en este niño que
por primera vez abordaba la creación literaria.
Alterar el orden de las palabras viene a ser en el lenguaje
artístico algo así como la melodía en
la música o el dibujo en el cuadro. Y, al decir de
Tolstoi, el sentido del dibujo verbal, el detalle pintoresco,
el sentido de la medida, estaba altamente desarrollado en
el niño. Éste jugaba al inventar, cuando hablaba
por boca de sus protagonistas decía: se expresaba a
veces con un tono tan fatigado y calmado, habitualmente serio
y al propio tiempo bondadoso, apoyando la cabeza en la mano,
que los niños se retorcían de risa. Los niños
sentían y comprendían esta auténtica
colaboración con el escritor adulto como un trabajo
verdaderamente de cooperación, en el cual se sentían
auténticamente iguales a los mayores. ¿Y se
va a publicar? Preguntó un niño a Tolstoi. Lo
publicaremos así: autores: Makárov, Morósov
y Tolstoi. Así se sentían los niños coautores
de la obra común.
No cabe duda -decía Tolstoi-. No se trataba de algo
casual, sino de obra consciente... En la literatura rusa no
he encontrado nada parecido a estas páginas...
En base a esta experiencia llegaba Tolstoi a plantear que,
a su parecer, para educar al niño en el arte literario
basta solamente con proporcionarle estímulo y material
para crear. Necesita de mí tan sólo material
para completarse de modo armónico y polifacético.
En cuanto le dejé en plena libertad y dejé de
llevarle de la mano, escribió una obra poética
sin precedente en la literatura rusa. Y por eso, estoy convencido
de que no debemos enseñar a escribir y componer sobre
todo en poesía a los niños en general y a los
niños campesinos en particular. Todo lo que podemos
hacer por ellos es enseñarles a enfocar el trabajo
literario.
Si pudiésemos llamar métodos a lo que yo hice
para lograr este fin, estos métodos consisten en lo
siguiente: Primero: brindarles el más extenso y variado
conjunto de temas, no inventados a propósito para ellos,
sino entre los más serios y que interesaban al propio
maestro. Segundo: dar a leer a los niños libros infantiles
y proponer como ejemplos sólo cuentos infantiles. Tercero:
(de especial importancia) al examinar los cuadernos en que
escribían sus composiciones no hacer jamás a
los niños observaciones acerca de la limpieza, de la
caligrafia, de la ortografia, ni, lo que es básico,
sobre la composición o la lógica del relato.
Cuarto: como las dificultades de la composición no
se refieren al volumen ni al contenido, sino al tema artístico,
la secuencia residirá no en el volumen ni en el contenido,
ni en el lenguaje, sino en la trama...
Por muy aleccionadora que sea la experiencia de Tolstoi,
se refleja en su interpretación la idealización
de la edad infantil y la actitud negativa hacia la cultura
y la creación artística que caracterizaban sus
concepciones religiosas en el último período
de su vida. Según los enfoques reaccionarios de Tolstoi:
Nuestro ideal está en el pasado, no en el futuro. La
educación corrompe y no corrige al hombre; no se puede
enseñar ni educar al niño por la sencilla razón
de que el niño está más cerca que yo,
más cerca que cualquier adulto, al ideal de armonía,
verdad, belleza y bien hasta el cual, en mi orgullo, quiero
elevarle. El conocimiento de ese ideal está en él
más fuerte que en mí.
Estos enfoques recuerdan algo de las enseñanzas de
Rousseau, rebasadas ya por la ciencia: El hombre nace perfecto
afirmaba grandilocuentemente y estas palabras de Rousseau
permanecen como rocas ciertas y enhiestas. El hombre al nacer
constituye el prototipo de la armonía, la verdad, la
belleza, del bien.
En este incorrecto enfoque de la perfección de la
naturaleza del niño se encuentra el segundo de los
errores que comete Tolstoi respecto a la educación.
Si la perfección queda atrás y no por delante
de nosotros, resulta por completo lógico negar toda
significación, todo sentido y posibilidades de la educación.
Pero basta con rechazar esa primera afirmación, no
respaldada por los hechos para ver con toda claridad que la
educación en general y la educación literaria
de los niños en particular es, no sólo posible,
sino totalmente inevitable. Se desprende fácilmente
también de lo anterior, que, Tolstoi no hizo otra cosa
con los niños campesinos que darles educación
literaria. Despertó en ellos formas de expresar sus
vivencias y su enfoque del mundo que no conocían en
modo alguno hasta entonces, y junto con los niños inventaba,
construía, combinaba, les inspiraba, les planteaba
temas, es decir, canalizaba en lo principal todo el proceso
de su actividad creadora, les mostraba métodos literarios,
etc. Y todo eso es educar, en el sentido más exacto
de esta palabra.
La comprensión justa y científica de la educación
no consiste en modo alguno en inocular artificialmente en
los niños, ideales, sentimientos o criterios que les
sean completamente ajenos. La verdadera educación consiste
en despertar en el niño aquello que tiene ya en sí,
ayudarle a fomentarlo y orientar su desarrollo en una dirección
determinada. Eso es precisamente lo que hacía Tolstoi
con los niños de su relato. Lo que ahora más
nos importa no es la teoría general de Tolstoi sobre
la educación, nos interesa la admirable descripción
que nos hace del despertar de la creación literaria
en las páginas antes citadas.
En los niños abandonados y vagabundos se ve de modo
más evidente cómo los niños escriben
con más deseo cuando sienten la necesidad de escribir.
En estos niños el arte de la palabra suele manifestarse
sobre todo en forma de canciones entonadas por ellos mismos
para reflejar todos los aspectos de su vida. Son por lo general
tristes, melancólicas. Desde el cochero hasta el primer
poeta, todos cantamos melancólicamente -decía
Pushkin-. En los cantos de los niños vagabundos se
refleja toda la negrura, toda la dificultad de su existencia.
La cárcel, la muerte prematura, la enfermedad, la orfandad,
el abandono, la indefensión son los motivos permanentes,
principales de estas canciones, aunque también aparece
en ellas otra nota, la de jactancia, al cantar con arrogancia
sus hazañas:
Cayó la noche sombría
Empuñé el hierro en mis manos.
Subí a la cabaña ajena
Y en un instante forcé la ventana...
cantaba uno de esos muchachos, pero en sus palabras se sentía
el eco natural a la infinita tragedia de su vida, la lógica
y comprensible protesta por su destino miserable.
Hubo un tiempo en que hubiese querido vuestra mano de ayuda,
ahora ya tengo endurecida el alma y decidí echarme
a robar.
Podéis escupirme, tirarme piedras, todo lo aguantaré,
a todo estoy acostumbrado,
y no espero compasión de vosotros, a nadie importo
ya nada.
Hace algunos años se llevó a cabo una interesante
experiencia intentando reunir relatos personales de los niños
abandonados. Anna Grinber reunió 70 relatos escritos
por niños abandonados de 14 a 15 años. En esta
recopilación se expresaba que: Todos ellos escribieron
con seriedad e interés acerca de sus vidas. Había
entre ellos analfabetos y poco instruidos que, pese a todas
las dificultades, se abrían paso hacia las mesas, buscando
papel y alguna de las pocas plumas que había, se hacían
sitio, se santiguaban y durante varias horas, devota y cuidadosamente
dibujaban, pintaban, preguntaban a los vecinos, copiaban y
confrontaban con trozos de páginas de algún
libro destrozado que cayera casualmente en sus manos. En estos
relatos, con excepción de los niños que no querían
descubrirse del todo y permanecían herméticos
o insinceros, se reflejaban los rasgos principales de toda
obra semejante. Lo que se ha ido acumulando dentro, duele,
quiere salir al exterior, exige ser expresado, anhela moderarse
en palabras. Cuando los niños tienen de qué
escribir, lo hacen con toda seriedad.
Con esto pongo fin a mi relato -escribía una de esas
muchachas-, no lo hubiera escrito así, esto no llega
a la tercera parte de todo lo que he sufrido. ¡Mucho
tiempo he de recordar esta vida mía!
En estos relatos hallamos casi los mismos rasgos de la literatura
infantil de que habla Tolstoi, si no nos fijamos en la semejanza
externa sino en la similitud interior. Exteriormente estos
relatos se diferencian profundamente tanto por su contenido
como por su lenguaje de los que hacían Semioncillo
o Feodorillo, tal como podían diferenciarse la época
en que vivieron, el medio ambiente en que se formaron y la
experiencia que conocieron en su vida unos y otros niños.
Pero la auténtica seriedad del lenguaje literario testimonia
la necesidad apremiante de expresar en palabras, la brillantez
y diversidad del lenguaje infantil, tan distinto del lenguaje
literario estereotipado de los adultos, la sincera emoción
y la concreción de las imágenes en estos cuentos
recuerdan análogos rasgos en las narraciones de los
niños campesinos de que hablaba Tolstoi. Uno de esos
niños añadió a su biografia una nota
que refleja pertectamente la profundidad del sentimiento y
la sincera concreción de las vivencias vertidas en
la composición literaria: Memorias y añoranzas
por mi tierra en el gobierno de Vologdá, aldea de Vimsk,
en el bosque junto al río.
Es muy fácil comprender la relación existente
entre el desarrollo de la creación literaria y la edad
de transición. Hecho principal de esta edad consiste
en el despertar sexual y de este hecho central, básico,
pueden desprenderse todos los restantes relacionados con esta
peculiaridad, ya que precisamente gracias a este hecho, esa
edad resulta crítica o decisiva en la vida del niño.
Entra entonces en ella un nuevo y poderoso factor que es la
madurez sexual; el instinto sexual que destruye el anterior
equilibrio estable creado en los primeros años escolares,
sin que se haya encontrado aún el nuevo equilibrio.
La destrucción del equilibrio anterior y la búsqueda
de un nuevo equilibrio constituyen la base de la crisis que
experimenta el niño al llegar a esa edad. Veamos en
qué consiste esta crisis. La ciencia no ha dado, hasta
el momento, una respuesta exacta a esta cuestión. Unos
ven la esencia de esta crisis en el estado de astenia, en
el debilitamiento de la constitución y de la conducta
del niño al llegar a este período crítico.
Otros, por el contrario, consideran que esta crisis se basa
en el poderoso auge de vitalidad que rodea en todos los sentidos
el desarrollo del niño y que la crisis misma de esa
edad no es sino un reflejo de ese impulso creador. Como es
sabido, en esa edad, los adolescentes crecen mucho acercándose
con rapidez a las dimensiones y a la formación del
cuerpo adulto. Un crecimiento análogo se observa también
en la conducta y en la vida interior del adulto.
Todo un mundo de internas vivencias, anhelos y aficiones
se abre a esa edad; la vida interior se complica inmensamente
en comparación con la infancia. Se complican extraordinariamente
las relaciones con la gente y con el medio que les rodea;
las impresiones que les llegan del mundo exterior son sometidas
a un análisis más profundo. Resalta una peculiaridad
de la conducta del adulto estrechamente relacionada con el
despertar de la actividad literaria en esa época, y
es la elevada emocionalidad, la elevación de la excitabilidad
de los sentimientos en el período transitorio. Cuando
la conducta del hombre tiende a lo habitual, a lo invariable,
no suele advertirse en esa conducta nada notable ni sentimientos
relevantes. Por lo general permanecemos tranquilos e indiferentes
cuando realizamos cosas corrientes en una situación
habitual, pero en cuanto se rompe el equilibrio en la conducta,
surge de inmediato, muy viva y vigorosa, la reacción
del sentir. La emoción, la inquietud surge en nosotros
cada vez que se rompe el equilibrio entre nosotros y el medio
ambiente.
Si esta ruptura se traduce en nuestro crecimiento, en nuestra
superioridad relativa sobre unas u otras dificultades que
se nos plantean, solemos experimentar emociones positivas:
alegría, orgullo, etc. Si, por el contrario, el equilibrio
no se rompe a favor nuestro, si las circunstancias resultan
ser más fuertes que nosotros y nos sentimos en su poder,
conscientes de nuestra impotencia, de nuestra debilidad, de
nuestro abatimiento, surge en nosotros una emoción
negativa: rabia, temor, pesar. Se comprende perfectamente
así que los períodos críticos en la vida
humana, períodos de transición y reconstrucción
interna de la personalidad, suelen ser ricos en sentimientos
vitales o reacciones emocionales. La segunda parte de la edad
escolar es la época de la pubertad y constituye una
crisis interna de transición en el desarrollo del niño,
que se caracteriza por la agudización y una elevación
de la excitabilidad de los sentimientos: como ya advertimos,
el equilibrio entre el niño y el ambiente que le rodea
queda roto en esta edad por la aparición de un factor
nuevo y que hasta entonces apenas se había dejado notar.
De aquí la sobreexcitación emocional de esta
etapa, que explica en cierto grado el hecho de que, al acercarse
a ella, el niño sustituye al dibujo, que había
sido la forma predilecta de su manifestación artística
en la edad preescolar, por el arte de la palabra, ya que ésta
le permite con mucha más facilidad que el dibujo, expresar
sus más complejos sentimientos, especialmente de carácter
interno. Pero también por lo que respecta a la actividad
exterior la palabra sirve mucho mejor para expresar el movimiento,
el dinamismo, la complejidad de cualquier acontecimiento,
que el imperfecto e inseguro dibujo infantil. Por eso, el
dibujo infantil que corresponde plenamente al período
de simple y sencilla relación del niño hacia
el mundo que le rodea, es sustituido por la palabra como medio
de expresión correspondiente a una actitud más
honda y compleja hacia la vida, hacia sí mismo y hacia
lo que le rodea. Cabe la importante pregunta de: ¿cómo
referirse a esta elevada sensibilidad de la edad transitoria?
¿cómo enfocarla, si como un hecho positivo o
negativo? ¿se manifiesta en ella algo enfermizo que
lleva a los niños necesariamente al aislamiento, a
encerrarse en sí mismos, a la contemplación,
a alejarse de la realidad como solemos ver en esta edad, o
bien esta emotividad puede ser un medio positivo que enriquece
y fecunda ilimitadamente la actitud del niño hacia
el mundo que le rodea? Nada grandioso en la vida puede hacerse
sin un poderoso sentimiento.
La educación artística -dice Pistrak-, brinda,
no tanto el conocimiento ni los hábitos, como precisamente
el tono de la vida, o más correctamente dicho, el campo
de la actividad vital. Las convicciones que podemos adquirir
en la escuela mediante el conocimiento, solamente podrán
echar hondas raíces en la psíquis infantil cuando
esas convicciones se consoliden emocionalmente. No se puede
ser un luchador convencido si en el instante de la lucha no
se tiene en el cerebro imágenes claras, brillantes
y apasionadoras que inciten a luchar; no se puede luchar contra
lo viejo si no se sabe odiarlo, y saber odiar es emoción.
No se puede construir con entusiasmo lo nuevo si no se sabe
amado con entusiasmo, y el entusiasmo es fruto de una correcta
educación artística.
Antes de la guerra, Guizet investigó la creación
literaria de los niños en diversas edades. Tuvo a su
disposición más de 3000 obras de autores cuya
edad oscilaba entre los 5 y los 20 años. Como ese trabajo
se llevó a cabo en Alemania antes de la guerra, no
pueden trasladarse sencillamente sus resultados a nuestro
tiempo, por cuanto los estados de ánimo, los intereses
y todos los factores de los que depende la creación
literaria entre nosotros hoy se diferencian radicalmente de
los que manipuló Guizet en sus investigaciones. Además,
como éstas fueron sumarias y masivas, se limitó
a un examen superficial y rápido de cuentos infantiles
y poesías, para precisar los estados de ánimo
y las formas literarias predominantes en las diversas edades.
No obstante, sus datos pueden conservar para nosotros interés
esencial como un primer intento de examen masivo de la creación
literaria infantil, como datos en los que, pese a todo, se
reflejaron determinados rasgos de la edad y, que en una o
en otra forma, en unas o en otras condiciones, pueden manifestarse
también entre nosotros.
Por último, estos datos no carecen de interés,
ya que, proporcionan aún materiales para comparación
con los nuestros. Los datos aducidos por Guizet muestran las
variaciones en poesía y en prosa por los niños
y las niñas de los temas principales según la
edad. En la poesía encontramos pocas vivencias propias
de los muchachos y de las muchachas, por el contrario, en
prosa esos temas ocupan gran espacio, sobre todo en comparación
con los menores de 14 a 15 años. Durante estos dos
años, el coeficiente de temas basados en propias vivencias
ascendió de 23.1 hasta 53.4 en los muchachos y de 18.2
hasta 45.5 en las muchachas, es decir, se duplicó con
creces, mientras que en las poesías de muchachas y
muchachos de 16 a 17 años es nulo el coeficiente de
estos temas. Respecto al elevado coeficiente de temas extraídos
de la propia experiencia en la edad temprana se explica por
el hecho de que Guizet incluyó en esta esfera toda
clase de pequeños incidentes diarios tales como: un
paseo por la ciudad, un incendio, la visita a un museo, etc.
Sólo 2.6 en prosa y 2.2 en verso tratan de acontecimientos
escolares, tan pequeño era el grado de interés
que las vivencias de la vida escolar mantenían en el
mundo interior de los niños. Por el contrario, el erotismo
se reflejaba más en la poesía que en la prosa
y los motivos eróticos aparecían en las composiciones
de las muchachas antes que en las de los muchachos: a los
12 ó 13 años. Cuando en los muchachos era nulo
el coeficiente de estos temas, entre las muchachas alcanzaba
la considerable cifra de 36.3, decaía luego entre los
14 y los 15 años para resurgir a los 16 y 17 también
más acusadamente entre las muchachas que entre los
muchachos.
El mundo de la fantasía -señala Guizet- es
pura poesía femenina que los muchachos ignoran.
Es muy interesante observar la escasa presencia de motivos
sociales en la poesía y en la prosa de autores alemanes.
En la poesía casi no existen en todas las edades, y
en la prosa alcanza coeficientes muy modestos, de 13.8 en
las muchachas de 12 a 13 años (máximo). Llama
la atención el crecimiento en las composiciones poéticas
de los temas filosóficos, lo que está relacionado
sin duda con el despertar del pensamiento abstracto y el interés
por lo abstracto en esa edad. Por último, los temas
de la naturaleza alcanzan un alto coeficiente en las poesías
de ambos sexos.
Las muchachas de 9 años consagran precisamente a ese
tema la mayor parte de sus composiciones y la mitad de los
niños de 12 a 13 años también escriben
sobre la naturaleza. Los niños alemanes y sobre todo,
las niñas, dedicaban gran atención a los temas
religiosos. Pero hacia los 16 años este tema desciende.
No dejan de tener interés los datos en los cuales
se comparan los temas y los enfoques de los niños en
sus trabajos escolares y a su libre albedrío. Resulta
que los mismos temas aparecen muy desigualmente distribuidos
en uno y en otro caso: por ejemplo, el tema heroico, que en
los trabajos escolares ocupa un enorme coeficiente 54.6, en
el otro caso se reduce al modesto coeficiente de 2.4. Por
el contrario, el erotismo y la filosofia que en las poesías
escritas en la escuela sólo llega a un tres de coeficiente,
en la creación libre sobrepasa el 18.2 y el 29%. El
mundo de la fantasía está representado en este
tipo de creación por un coeficiente quince veces menor
que el que le corresponde en los trabajos escolares. Y, por
último, los llamados temas generales no figurados en
la poesía escolar, alcanzan el 28.1 en los libres.
No coincide tampoco el estado de ánimo de los niños
al dedicarse a estos dos tipos de creación: por ejemplo,
en los trabajos escolares encontramos un coeficiente de temas
tristes y serios cinco veces mayor que en los de fuera de
la escuela. Estas comparaciones poseen gran importancia para
indicar en qué medida el arte infantil se estimula
y modifica merced a influencias exteriores y cuál es
el aspecto peculiar que toma cuando se le deja abandonado
a sí mismo.
El siguiente resumen incluye datos acerca del ánimo
predominante en los trabajos literarios examinados por Guizet,
a través de los cuales se ve fácilmente que
muy raramente se encuentran en los escritos literarios de
los niños estados de ánimo tristes y abatidos,
siendo por el contrario, muy elevado el número de temas
alegres y divertidos. Así, si en las poesías
de los niños unos y otros están representados
aproximadamente por las cifras 5.9 y 5.2, en las niñas
los ánimos alegres aparecen en el 33.4 y los tristes
solo en el l.l; en la prosa lo divertido supera a lo triste
en diez veces entre los niños y en casi esa misma cifra
entre las niñas. Es de notar el insignificante coeficiente
de ánimos aventureros, lo que por lo visto se debe
a las dificultades de ese género para el arte de los
niños; es también insignificante la cantidad
de enfoques cómicos y críticos lo que posiblemente
sea debido a la notable escasez de temas satíricos.
Pero es de advertir que el ánimo predominante es el
factor que más varía en la obra literaria de
los niños por lo que los datos anteriores deben tomarse
como simple orientación a este respecto.
Es deseable que la creación literaria infantil sea
sometida entre nosotros a un estudio semejante que pusiera
de manifiesto la temática y los enfoques predominantes
en sus obras. Los datos siguientes caracterizan las formas
literarias que prevalecen frecuentemente en los escritos infantiles.
Como era de esperar, lo más frecuente es la referencia
o el informe, o sea, la comunicación práctica,
en segundo término el relato y en tercer lugar el cuento.
Es sumamente bajo el porcentaje de obras dramáticas
(0.1) y del género epistolar (1.9). Esto último
se explica porque, siendo la forma más natural, desde
el punto de vista psicológico, de la creación
infantil es la menos cultivada en la educación tradicional
de los niños. No carecen de interés los datos
referidos a la forma gramatical y al volumen de las composiciones
infantiles, que va creciendo con la edad. El cálculo
de la cantidad media de sílabas que encontramos en
la poesía y en la prosa de los niños y de las
niñas de diversas edades demuestra sin lugar a dudas
que el aumento externo de las composiciones literarias está
en relación directa con su contenido. Al analizar la
obra literaria de los niños, llegó Shíserson
a la conclusión de que ni el drama ni el verso constituyen
la forma natural de la creación infantil, y a su parecer,
si ambas formas se encuentran en las producciones literarias
de los niños es, fundamentalmente por la influencia
de condiciones ajenas. Por el contrario, la prosa es, según
su parecer, lo más peculiar en el medio creador del
niño. Vajterov aduce a este respecto los datos siguientes:
el 57% de las composiciones infantiles examinadas estaban
escritas en verso, el 31% en prosa y sólo el 12% en
forma dialogada. Sabida es la importancia que la mayor o menor
riqueza de formas gramaticales que encontremos en su lenguaje,
tiene en la apreciación de la expresión literaria
de los niños. Desde hace tiempo, los psicólogos
han diferenciado el lenguaje no gramatical del niño
como una época especial en el desarrollo de su lenguaje.
En realidad, la falta de formas gramaticales en el lenguaje
muestra palmariamente que, en el pensamiento oral y en su
representación faltan en el niño las indicaciones
concernientes a la vinculación y las relaciones entre
los objetos y los fenómenos porque, son precisamente
las formas gramaticales las señales que reflejan estos
vínculos y relaciones. Por eso, cuando aparecen las
oraciones subordinadas en el discurso es síntoma, según
Shtern, de que la expresión oral infantil ha entrado
en la cuarta fase de su desarrollo, la más elevada,
ya que la presencia de oraciones subordinadas pone de manifiesto
que el niño ha llegado ya a dominar relaciones muy
complejas entre fenómenos diversos. Vajterov, que se
dedicó al análisis del lenguaje infantil desde
este ángulo, llegó a los siguientes resultados:
Se muestran en los análisis practicados las transformaciones
habidas en el empleo de la declinación en dos épocas
diferentes: de los cuatro años a los ocho y desde los
nueve hasta los doce y medio. Se ve fácilmente en estos
resultados cómo paralelamente al desarrollo del niño,
crece también el empleo de casos indirectos, muestra
evidente de que el niño entra en la etapa de comprender
las relaciones que gramaticalmente se expresan en la declinación.
Algo similar ocurre también al analizar el lenguaje
infantil por las partes de la oración que emplea.
Una vez más advertimos por estos datos que en el niño
aumenta el empleo de circunstancias determinativas, complementarias,
de lugar, tiempo, etc. El desarrollo intelectual del niño
-dice Vajterov- se caracteriza no sólo por la cantidad
y la calidad de las imágenes, sino por la mayor cantidad
y la calidad de las relaciones entre estas representaciones.
Cuanto más desarrollado está el niño,
tanto mayor es el número de representaciones e ideas
que es capaz de agrupar en un conjunto armónico. En
su temprana infancia los niños recurren mucho más
frecuentemente que en la adolescencia al empleo del presente
y, sobre todo, del futuro. Al pasar el tiempo aumenta el uso
del pretérito. Por lo visto, cuanto más joven
es el niño tanto más vive en la esfera de la
esperanza prevista y soñada, así como en el
terreno del presente vivo e inmediato...
Mientras más vive el niño, con mayor frecuencia
recurre a sus vivencias y encontramos entonces un fenómeno
inverso: en su expresión oral hay menos alusiones al
hoy y al ayer que al mañana.
Todos los investigadores son unánimes en que, en su
infancia temprana, los niños emplean con especial frecuencia
los pronombres personales. Schlag decía a este respecto:
Si los niños de 7 a 8 años suelen repetir por
término medio unas cinco veces y media cada palabra,
los pronombres personales de primera persona los emplean con
frecuencia cien veces mayor -542 veces-, y los de segunda
persona, 25 veces más -135 veces-. Gut señala
que los niños de 4 a 6 años, cuanto más
avanzados estén en su desarrollo, con mayor frecuencia
recurren al empleo de oraciones subordinadas. Algunos autores
proponen dividir el desarrollo de la creación infantil
en tres etapas principales: la primera, la de la expresión
oral, viene a durar de los 3 a los 7 años, la segunda,
que es la de la expresión escrita, va desde los 7 años
hasta la adolescencia y, por último, el período
literario que va desde entonces hasta la juventud. Hay que
advertir que, en lo fundamental, esta división corresponde
sin duda alguna con la realidad pues, como antes señalamos
el lenguaje hablado se desarrolla siempre antes que el lenguaje
escrito, siendo no obstante de suma importancia advertir que
la superioridad del primero sobre el segundo se mantiene aún,
después de rebasado el primero de los períodos
de la expresión mediante el uso de la palabra, pues
todavía más adelante se expresan con mucho más
vigor y brillantez hablando que escribiendo.
La transición al lenguaje escrito dificulta y opaca
su expresión. El investigador austríaco Linke
llegó a la conclusión de que si se comparase
el lenguaje oral y escrito de los niños veríamos
que a los 7 años escriben como podrían hablar
a los 2 años, es decir, que el desarrollo del niño
baja inmediatamente al pasar a una forma de expresión
que le resulta más difícil. Es muy notable el
hecho de que las composiciones de esos niños campesinos
que admiraban a Tolstoi, no eran más que muestras de
la expresión oral de esos niños: ellos hablaban
y Tolstoi escribía grabando en sus notas todo el encanto
del lenguaje hablado de los niños. En esos mismos relatos
aparece ese aspecto de la inventiva infantil que algunos autores
llaman sincretismo y que se manifiesta en que la obra creadora
del niño no se diferencia rígidamente ni por
los diversos tipos de arte ni por las formas distintas de
la literatura: los elementos de poesía, prosa y drama
se unen en un solo conjunto en la obra del niño.
El proceso de la creación infantil descrito por Tolstoi
se acerca mucho por su forma al teatro. El niño no
se limitaba a dictar su relato, sino que representaba el papel
y actuaba como un protagonista del mismo. En esta vinculación
entre el lenguaje literario oral y el arte dramático,
como veremos más adelante, reside una de las formas
más originales y fecundas de la creación artística
a esa edad.
El profesor Soloviov cita un curioso ejemplo de lenguaje
oral. Afirma que el lenguaje escrito del escolar es mucho
más pobre y esquemático. Viene a ser algo así
como dos redacciones distintas. Una muchachita aldeana de
ocho años y medio, jamás escribiría,
aun en el caso de que supiera escribir, como podría
expresar oralmente su pensamiento. Al preguntar a los niños
en la escuela qué les gusta hacer en la casa, contestaron
lo siguiente: A mí me gusta barrer el suelo, en cuanto
empiezas a limpiar el suelo, vuela la basura, vuela mucha
basura, y yo me alegro por la basura, es como si pelease.
En estas auténticamente vivas palabras del niño
se refleja perfectamente su estado emocional.
Buzeman dedicó toda una investigación a estudiar
en qué medida la actividad infantil se refleja en la
obra literaria, determinando para ello un coeficiente especial
de actividad que expresa la correlación entre las actividades
y los valores cuantitativos que se encuentran en las composiciones
orales y escritas de los niños. Este coeficiente resultó
alcanzar su mayor altura a los 6 u 8 años entre los
niños y entre los 3 y los 9 años entre las niñas.
En las edades de 9 a 17 años este coeficiente culminaba
a los 9 y a los 13 años. La comparación entre
el lenguaje oral y el escrito llevó a Buzeman a la
conclusión más profunda de su investigación:
El lenguaje hablado tiende más a la actividad, mientras
que el lenguaje escrito perfecciona la calidad del estilo.
Esto es confirmado también en la duración de
las manifestaciones habladas y escritas. Hablamos con mucha
mayor rapidez que escribimos, en cuatro o cinco minutos los
niños expresan tanto como les exigiría de 15
a 20 minutos para expresarle por escrito. La lentitud del
lenguaje es debida no sólo a la cantidad, sino también
a la calidad de las modificaciones, ya que gracias a esta
lentitud se logra un estilo nuevo y un nuevo carácter
psicológico de la creación literaria infantil.
La actividad, que ocupaba el primer lugar en el lenguaje hablado,
pasa a un plano secundario siendo sustituida por un enfoque
más detallado en el objeto que se describe, enumerándose
sus cualidades, sus propiedades, etc.
La actividad del lenguaje infantil es sólo reflejo
de la actividad general de su edad. Algunos autores han calculado
la cantidad de movimientos en los relatos infantiles, pudiendo
servir de ejemplo de tales cálculos en diversos resúmenes
donde se enumera la frecuencia de los objetos, acciones y
peculiaridades que encontramos en los relatos de niños
de diversas edades. De estos datos se deduce fácilmente
que, en los relatos infantiles, se encuentran con mayor abundancia
las acciones, con menos frecuencia los objetos y mucho más
raramente aún sus peculiaridades.
Cierto que hay que hacer aquí una advertencia respecto
a la influencia del lenguaje de los adultos, de sus imágenes
literarias, en el lenguaje de los niños. Sabido es
en qué medida los niños suelen imitar y de aquí
se comprende que la influencia del estilo literario libresco
en los niños suele ser tan grande que opaca las auténticas
peculiaridades del lenguaje infantil. En este sentido el lenguaje
infantil más puro es el de los pequeños campesinos
huérfanos y de aquéllos que, en general, han
sido menos influidos por el estilo de los mayores. Citaremos
algunos ejemplos tomados de autobiografias de niños
abandonados, por los que se ve la gran semejanza de su estilo
con el del lenguaje hablado. Uno de estos niños, Semión
Véshkin, de 15 años, decía:
Yo tenía entonces 12 años, el hermanito 1O y
sufríamos sin padre y sin madre. Como yo era el mayor
tenía a veces que hornear el pan, me levantaba por
la mañana, quería dormir, pero no, miro para
mi y empiezo a trabajar. Miro a los otros niños, juegan,
pero a mí me da rabia, que otros compañeros
que tienen padre y madre, están libres, juegan. Así
trabajé y sufrí hasta 1920.
Otro niño abandonado escribía:
Antes tenía padres. Ahora estoy sin ellos. Es malo
vivir sin padres. Tenía casa. Había un caballo
y una vaca. Ahora no tengo nada. En la casa quedaron tres
ovejas, dos cerdos, cinco gallinas. Terminé.
En este sentido, en general, cuanto más pequeño
es el niño, tanto más refleja su idioma las
peculiaridades del lenguaje infantil y se diferencia del hablar
de los mayores. Citaremos como ejemplo dos pequeñas
composiciones infantiles: una pertenece a un niño de
13 años, hijo de un obrero, otra a uno de 12, hijo
de un tonelero. El primero habla de la llegada de la primavera:
Después de las nieves, después de los tristes
días de invierno, el sol sé asomó a nuestra
ventana con sus rayos primaverales. Empezó la nieve
a fundirse, los riachuelos corrían por todas partes,
la hermosa primavera estaba cada vez más cerca trayéndonos
la alegría. Llegó el mes de mayo, la yerba verdeaba
y todos sentimos una nueva alegría.
Otra composición trataba del tema Esperanza.
En una montaña, en el cantil sobre el ancho Volga se
albergaba la cabaña del pastor, negra como la pez.
Los leños se pudrían. El viento se llevaba el
techo de paja y dentro se oía el llanto, se esperaba
al pescador. Acababa el día. El frescor se sentía
en el aire. Allá en el horizonte se elevan las nubes,
las nubes plomizas. Se levantó el viento. Rugía
el Volga y no llegaba el pescador.
Pero se vio un punto, ese punto creció. Llegó
a la roca, era la lancha, y en ella el pescador.
En estos relatos (1) destaca claramente el sincretismo de
la creación infantil. En ellos la prosa se mezcla con
el poema, algunas frases están rigurosamente medidas,
otras se basan en el ritmo libre, es una forma todavía
no diferenciada, semi-prosa, semi-verso, que suele darse con
frecuencia en los niños de esta edad. Citaremos también
un ejemplo puramente de prosa, escrito por un niño
de 12 años hijo de obrero.
El bosque más grande es la taigá. Los altos
pinos no dan paso a los rayos del sol. Es grande como el mar;
a donde quiera que vas, bosque y bosque. Desde el lago Ládoga
hasta los Urales hay 1.500 kilómetros. Si vas por lo
espeso no llegarás. El invierno es allí frío.
La nieve cubre todo, ni pasas ni llegas, y el verano es cálido
como entre nosotros. Los niños van a recoger setas,
a buscar bayas, la gente se asusta sólo de las fieras.
Allí hay gatos monteses, osos, lobos, ciervos, y otros
animales.
En este caso, la tarea prosaica: describir un paisaje de
bosque, dictó al muchacho la forma prosaica del relato.
Pero también temas emocionales que exaltan a los niños
suelen ser expuestos por ellos en estilo reposado, de prosa,
como este relato de un incendio escrito por un muchacho de
12 años, hijo de obrero: Ya había anochecido,
La trilladora sonaba aún y se percibían las
voces de los hombres. De pronto sonó la campana y todos
corrieron a sus casas. Se hizo un silencio completo. Pero
del bosque se oían el mugir de las vacas y las voces
roncas del pastor, que, al pasar cerca del trillo dejó
caer una colilla. El fuego se extendió con rapidez,
entre la noche surgió la llama de la paja.
Tocó la campana. La gente acudía con agua para
apagar el incendio. Los niños gritaban, lloraban. Toda
la aldea se puso en pie. Cuando se apagó el fuego todos
marcharon a casa llenos de pena porque habían perdido
toda su cosecha.
Como ejemplo de creación colectiva infantil podemos
mostrar el relato que figura en la exposición del Instituto
de métodos de trabajos escolares en 1925/26, escrito
por los alumnos del quinto grupo de una escuela de Moscú,
cuyas edades oscilaban entre 12 y 15 años. Fueron 7
sus autores, de ellos 6 muchachas y un muchacho que se encargó
del plan general y de la redacción del relato escrito
sobre el tema: Historia del vagón número 1243
contada por él mismo, propuesto por iniciativa de los
propios niños al estudiar la producción.
En esta obra infantil colectiva se reflejaron todos los rasgos
principales de la creación infantil literaria: fantasía
combinada, atribuyendo al material de que se formó
el vagón y al vagón mismo, sentimientos y emociones
humanos; enfoque afectivo que hacía a los niños
no solamente comprender e imaginarse la historia del vagón
sino identificarse con ella, traducida al lenguaje de los
sentimientos y sentir el anhelo de encamar esta imagen emocional
y figurada en forma exterior hablada como realizándola.
Es fácil advertir en qué medida la inventiva
infantil se alimenta de impresiones originadas en la realidad,
las reelabora y conduce a los niños a una más
honda comprensión percibiendo esa realidad. Pero se
ve con facilidad también en este relato un rasgo común
a toda creación infantil, que es precisamente la imperfección
de esta obra que se advierte, si partimos del punto de vista
de las exigencias que planteamos a la literatura seria.
Las producciones infantiles -dice Revesh-, tanto por su contenido
como por su técnica, son en su mayoría primitivas,
imitativas, de valor muy desigual y carecen de una gradual
intensificación.
La importancia de esta inventiva es mayor para el niño
que para la propia literatura. No seria justo ni cierto considerar
al niño como a un escritor y plantear ante su obra
las exigencias que planteamos ante la obra de un literato.
La producción infantil se encuentra en tal relación
con la de los adultos como los juegos están respecto
a la vida misma. El niño necesita jugar y la creación
literaria del niño se necesita ante todo para el justo
despliegue de las fuerzas del propio autor, así como
para el medio ambiente infantil en que nació y en el
que se desarrolla. Esto no quiere decir en modo alguno que
el arte infantil debe surgir sólo espontáneamente
partiendo de los impulsos internos de los propios niños,
que todas las manifestaciones de este arte sean idénticas
por completo y que deban satisfacer tan sólo al gusto
subjetivo de los niños mismos. En el juego no es lo
principal la satisfacción que experimenta el niño
al jugar, sino el provecho objetivo, el sentido objetivo del
juego que, aun inconscientemente para el niño reporta
ese juego. Este sentido reside, como es notorio, en el ejercicio
y desarrollo de todas las fuerzas reales y embrionarias que
en él existen. Del mismo modo, la inventiva literaria
del niño puede ser estimulada y dirigida desde fuera
y debe enjuiciarse desde el ángulo de su valor objetivo
para el desarrollo y la educación del niño.
Del mismo modo como ayudamos a los niños a organizar
sus juegos, seleccionamos y dirigimos sus diversiones, también
podemos estimular y conducir sus reacciones artísticas.
Los psicólogos han establecido ya de antiguo toda una
serie de procedimientos que sirven a un solo fin: despertar
experimentalmente la reacción artística del
niño. Para ello se plantean ante los niños determinadas
tareas o temas, se le proponen diversas impresiones musicales,
pictóricas, tornadas de la realidad, etc., a fin de
despertar en los niños afición literaria. Pero
todos estos procedimientos adolecen de excesiva arbitrariedad
y sólo sirven al fin para que fueron creados, o sea,
provocar tal reacción en los niños que sirviese
de buen material de estudio.
Precisamente en interés de su estudio, esta reacción
deberá ser provocada por algún estimulo sencillo,
igual y bien conocido del psicólogo para que éste
pueda tener en sus manos el hilo de la reacción creadora.
Es totalmente distinta la tarea planteada ante el estímulo
pedagógico de la creación infantil, y al ser
diferente la tarea, diferentes son también los procedimientos.
El mejor de los estimulos para la creación artística
de los niños consiste en organizar de tal modo la vida
y el medio ambiente de los niños que cree la necesidad
y la posibilidad de la creación infantil. Como ejemplo
citaremos una forma tan conocida como las revistas y los murales
infantiles.
Las revistas, si están debidamente organizadas -dice
Zhurin- agrupan más que cualquiera otra actividad.
En ellas encuentran aplicación las capacidades más
distintas de los niños: los aficionados al dibujo ilustran
y adornan; los que sienten atracción por la literatura,
escriben; los organizadores dirigen las reuniones, distribuyen
el trabajo; los que les gusta recopiar, pegar, recortar, que
son muchos por cierto, se dedican con interés a estos
trabajos. En una palabra, la revista brinda ocupación
a las más diversas aficiones infantiles. Los mayorcitos
y más capacitados llevan tras de sí a los atrasados
e inertes. Y todo esto se realiza espontáneamente,
sin ninguna acción externa.
La revista desempeña un gran papel en el desarrollo
del lenguaje escrito de los niños. Bien sabido es que
los trabajos que realizan los niños con interés
y buena voluntad dan mucho mayor resultado que cuando lo hacen
obligados.
Acaso el mayor valor de la revista consista en que acerca
el arte literario infantil a la vida de los niños,
que llegan así a comprender para qué es necesario
escribir y esto cobra en ellos sentido y se convierte en algo
necesario. Análogo valor, si no mayor todavía,
tienen los morales de la escuela y del grupo que permiten
también agrupar en esfuerzo colectivo los trabajos
más diversos según la afición de cada
uno de los niños, las veladas y demás formas
similares de trabajo que estimulan la inventiva infantil.
Anteriormente nos referimos a que la forma inicial de la
creación infantil es la sincreción, o sea, aquélla
en la que los diversos aspectos del arte no aparecen aún
desvinculados y especializados. De tal modo nos referimos
al sincretismo literario de los niños que no diferencian
todavía la poesía de la prosa, el relato del
drama. Pero hay en los niños un sincretismo mucho más
amplio consistente en agrupar diversos tipos de arte en una
sola acción artística. Los niños inventan
y se imaginan todo de lo que hablan como sucedía con
los niños de que hablaba Tolstoi.
El niño dibuja y habla al propio tiempo de lo que
está dibujando. El niño representa un personaje
y compone el texto correspondiente a ese papel. Este sincretismo
demuestra la raíz común de la que partieron
todos los aspectos distintos del arte infantil. Este tronco
común está constituido por los juegos de los
niños que sirven de escalón preparatorio de
su arte creador, pero aún cuando de estos juegos generales
sincretizados se diferencien otros aislados, aspectos más
o menos espontáneos de la inventiva infantil, tales
como el dibujo, el teatro, aún en tales casos cada
uno de los aspectos no está completamente separado
de los otros, sino que gustosamente absorbe y asimila elementos
de los demás aspectos.
Hay algo peculiar en el arte infantil, en donde encontramos
huellas del juego del que procede. El niño no suele
trabajar largo tiempo en sus creaciones, las más de
las veces las realiza de una sola vez, y en eso, la creación
del niño recuerda mucho al juego surgido de un imperioso
deseo del niño y que, por lo general, produce una rápida
y definitiva descarga de los sentimientos que le ocupaban.
La segunda relación con los juegos consiste en que,
tanto en su creación literaria como en sus juegos,
los niños no han roto aún los lazos con sus
intereses y sus vivencias personales. Bernfeld, al estudiar
novelas escritas por niños y adolescentes de 14 a 17
años, vio que en todas ellas se percibía honda
huella de la vida personal de sus autores, algunas de las
cuales no eran sino autobiografias disimuladas, en otras se
modificaba considerablemente en su aspecto la base íntima
de la trama, pero sin que ésta desapareciese por completo
en su obra. Basándose en este subjetivismo del arte
creador infantil muchos autores tratan de afirmar que ya desde
la infancia se pueden distinguir dos tipos fundamentales de
descripción artística de los niños que
se pueden ver en la edad de transición, ya que son
reflejos de esa transición misma por la que atraviesa
entonces la imaginación del niño pasando del
tipo subjetivo al objetivo. En muchos niños puede reflejarse
más hondamente el rasgo del pasado y en otros se acusan
más los rasgos del mañana al imaginar.
Sin duda que este hecho se encuentra en relación directa
también con las peculiaridades personales de los adultos.
Tolstoi advirtió estos dos tipos que corresponden a
la imaginación plástica y emocional, según
la definición de Ribot. Su Semioncillo se distingue
por el tipo plástico de creación, sus relatos
se caracterizan por sus rotundas descripciones artísticas
en que los detalles más fieles se van desprendiendo
uno tras otro.
Semioncillo, al hablar, veía y describía cuanto
tenía ante sus ojos: burdo calzado de corteza de abedul
frío, cubierto de hielo, goteando fango al deshelarse
y convirtiéndose en pedazos de carbón cuando
la mujer les ponía en la estufa. Su mente imaginaba
y combinaba los rasgos externos de las imágenes construyendo
con ellos un cuadro nuevo. Por el contrario, Feodorcillo creaba
combinando sobre todo elementos emocionales a los que atribuía
luego formas externas. Él veía solamente los
detalles que despertaban en su interior el sentimiento con
que miraba a determinada persona. Seleccionaba las impresiones
por su signo general afectivo, exclusivamente aquéllas
que respondían a la emoción principal que le
dominaba, sentimientos de lástima, compasión
y ablandamiento. Binet llamaba a estos dos tipos: observador
y hablador, considerando que ambos se encuentran por igual
entre los artistas y hombres de ciencia maduros como entre
los adolescentes. Binet estudió trabajos artísticos
de dos muchachas de once y de doce años y medio, de
las cuales una pertenecía al tipo objetivo y la otra
al subjetivo.
El profesor Solovióv, al analizar la creación
artística de dos adolescentes, mostró en qué
medida pertenecían a uno o a otro tipo, determina todos
los detalles y la trama más sutil del cuento infantil,
lo que se refleja en la elección de los epítetos,
es decir, de los calificativos, en los propios cuadros, en
los sentimientos que les penetran. He aquí modelos
típicos de los epítetos que encontramos en la
obra artística de muchachas del tipo objetivo: nieve
esponjada, blanca, plateada, limpia. Violeta azulenta, mariposillas
multicolores, nubarrones amenazadores, no frías, espigas
doradas, bosque perfumado, oscuro, sol rojo y claro, dorado
y primaveral. Todo ello corresponde a impresiones visuales
reales, todo ello ofrece un cuadro visual de las cosas. No
ocurre igual con la otra muchacha. Sus epítetos, con
toda su expresionalidad y evidencia son ante todo emocionales:
tristeza sin esperanza, pensamientos sombríos, tenebrosos
como buitres.
Aún queda hacer el resumen. Todo aquél que
observa la creación literaria infantil, suele preguntarse:
cuál es el sentido de esta creación si no es
capaz de educar en el niño un futuro escritor, creador,
si no es más que un episodio fugaz y breve en el desarrollo
del adolescente, para más tarde reducirse hasta desaparecer
por completo.
El sentido y la importancia de esta creación artística
reside tan sólo en que permite al niño superar
la angosta y empinada garganta en el desarrollo de su imaginación
creadora que imprime a su fantasía una dirección
nueva, que queda para toda la vida. Consiste también
su sentido en que profundiza, ensancha y depura la vida emocional
del niño que por vez primera despierta y se dispone
a la acción seria; por último, consiste también
su importancia en que permite al niño, ejercitando
sus anhelos y hábitos creadores, dominar el lenguaje,
el sutil y complejo instrumento de formular y transmitir los
pensamientos humanos, sus sentimientos, el mundo interior
del hombre.
La imaginación y el arte en la
infancia
Capítulo V
Lev
Semyónovich Vigotsky, 1934
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