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Capítulo
1. Arte e imaginación.
Capítulo
2. Imaginación y realidad.
Capítulo
3. El mecanismo de la imaginación creadora.
Capítulo
4. La imaginación del niño y del adolescente.
Capítulo 5. Los tormentos de la creación.
Capítulo
6. La creación literaria en la edad escolar.
Capítulo
7. El arte teatral en la edad escolar.
Capítulo
8. El dibujo en la edad infantil.
Anexos.
El origen y el desarrollo de las funciones mentales superiores
La filosofía de la ciencia
Metodologías de la investigación psicológica
La relación entre el aprendizaje y el desarrollo humano
La formación conceptual
La relación entre el lenguaje y el pensamiento
La psicología del arte
El juego entendido como un fenómeno psicológico
El estudio de los trastornos del aprendizaje
El desarrollo humano anormal
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La imaginación y el arte en la infancia
Capítulo V
LOS TORMENTOS DE LA CREACIÓN
Crear es fuente de júbilo para el
hombre, pero acarrea también sufrimientos conocidos
con el nombre de los tormentos de la creación. Crear
es difícil, la demanda creadora no siempre coincide
con la posibilidad de crear y de aquí surge, como dice
Dostoievski, la tortura de que la palabra no siga al pensamiento.
Los poetas llaman a este sufrimiento, tormento de la palabra.
No existe en el mundo martirio mayor que el tormento de la
palabra, en vano, a veces, labios enloquecidos exhalan gritos:
en vano, a veces está el alma presta a arder de amor;
es mísero y frío nuestro pobre lenguaje. El
anhelo de transmitir en palabras los sentimientos o ideas
que nos dominan, el deseo de contagiar con este sentimiento
a los demás y, al mismo tiempo, la comprensÍón
de la imposibilidad de poder hacerlo, suele aparecer reciamente
expresado en la obra literaria de la juventud. En sus primeras
poesías Lermontov (1) lo expresaba así:
Con la letra fría, es difícil explicar
las pugnas del alma.
No posee el hombre sonidos bastante fuertes
para expresar el ansia de beatitud.
Siento la pasión exaltada,
pero palabras no encuentro,
y en ese instante
presto estoy a sacrificarme para,
de algún modo,
verter siquiera su sombra en otro pecho.
A. Gornfeld, en su artículo dedicado a la tortura
de la palabra, recuerda al héroe de los episodios de
Uspiénski, el caminante de las Observaciones de un
holgazán. La escena en que el infeliz, no hallando
palabras para expresar la idea gigantesca que le domina, se
atormenta en su impotencia y va a orar ante una imagen para
que dios le dé comprensión, deja una impresión
de indescriptible agobio. Y, en realidad, todo lo que sufre
este pobre espíritu abatido en nada se diferencia de
la tortura de la palabra que experimenta el poeta o el pensador,
que dice con casi las mismas palabras: Yo te diría,
amigo mío, sin ocultarte ni pizca, pero me faltan palabras...
¡Mira lo que te voy a decir! Lo tengo en mi mente, pero
no me salen las palabras. ¡Ay, ay, qué estúpida
desgracia la nuestra! Pero, a veces, las tinieblas son rotas
por rayos de luz brillante: se aclara la mente del desgraciado
y, a él como al poeta de un momento a otro tomase el
misterio una imagen conocida, y comienza a explicarlo:
- Supongamos, por ejemplo, que yo, voy a la tierra, pues de
la tierra salí. Supongamos que vuelvo a la tierra,
por ejemplo, de regreso; ¿cómo podrían,
entonces, obligarme a pagar por ella?
- Bien, bien, exclamamos con júbilo.
- Aguanta. Aquí falta aún una palabra... ven,
señores, algo falta aquí.
Se levantó el caminante y se plantó en medio
de la habitación, disponiéndose a doblar otro
dedo de la mano.
- Aquí no se ha dicho aún nada de lo más
importante. Y hay que hacer así: porque, por ejemplo...
-se calló un momento y preguntó con viveza-,
el alma ¿quién te la dio?
- Dios.
- Cierto. Bien, ahora mira hacia acá...
Nos preparábamos para mirar cuando el caminante volvió
a callar, perdió energía y dándose con
las manos en los muslos, exclamó con desesperación:
- No. Nada hay que hacer. Nada es así... ¡Ay,
Dios mío! Sí, yo te diré una cosa. Aquí
hay que hablar de allá. Hay que hablar desde allá.
Hace falta hablar del corazón. No, nada.
Nos detuvimos en esta cuestión no porque los agudos
sufrimientos vinculados con la creación tuviesen alguna
seria influencia en la suerte futura del adolescente en desarrollo;
ni tampoco porque padezca este sufrimiento de modo más
fuerte, más trágico, sino porque este fenómeno
nos descubre el último y principal rasgo de la imaginación
sin el cual el cuadro que hemos trazado quedaría incompleto
en lo más esencial. Consiste este rasgo en el afán
de la imaginación por crear; y esto es la raíz
auténtica y el principio motor de la creación.
Todo fruto de la imaginación, que surge de la realidad,
se afana por describir un círculo completo y así
encarnar de nuevo en lo real.
La estructura imaginativa surgida en respuesta a nuestro
anhelo, a nuestra excitación, tiende a encamar en la
vida. En virtud de los impulsos encerrados en ella, la imaginación
tiende a ser creadora, es decir, activa, transformadora de
aquello hacia lo que tiende su actividad. En este sentido
Ribot compara con justeza la contemplación con la apatía.
Para él esta inacertada forma de la imaginación
creadora es totalmente similar a voluntad impotente. Dice:
La imaginación en la esfera intelectual corresponde
a la voluntad en la esfera del movimiento... Los hombres siempre
desean alguna cosa, sea algo valioso o una nadería;
inventan siempre también para un fin determinado, se
trate de Napoleón planeando una batalla o de un cocinero
preparando un plato nuevo.
En toda su forma normal la voluntad termina en movimiento,
pero en las gentes indecisas y faltas de voluntad no terminan
nunca las vacilaciones, o las decisiones quedan sin ser cumplidas,
incapaces de ser realizadas y comprobadas en la práctica.
La imaginación creadora, en toda su forma trata exteriormente
de afianzarse en actos que no existan tan sólo para
su autor, sino también para todos los demás.
Por el contrario, para todos los puramente contemplativos
la imaginación permanece en el interior de su esfera
en estado de elaboración deficiente, sin materializarse
en obras artísticas o realizaciones prácticas.
La contemplación viene a equivaler a abulia y los soñadores
son incapaces de manifestar imaginación creadora.
Lo ideal consistiría en construir una imagen creadora
y sólo sería una fuerza viva, real, cuando dirigiese
las acciones y la conducta de las gentes, tendiendo a materializarse
y a realizarse. Si dividimos la ensoñación y
la imaginación creadora como dos formas extremas y
en esencia diferentes de la fantasía será claro
que en general, la educación del niño en la
formación de imágenes posee no sólo valor
parcial de ejercitación y fomento de una función
aislada cualquiera, sino que posee importancia total que se
refleja en toda la conducta del ser humano. En tal sentido
el papel de la imaginación en el futuro no será
menor del que tiene en la actualidad.
El papel de la fantasía -decía Lunacharski-
en el futuro no será en modo alguno menor que hoy.
Es muy probable que tome un carácter peculiar, combinando
elementos científicos experimentales con los vuelos
más vertiginosos de la fantasía intelectual
y figurativa.
Si tomamos en cuenta lo antes señalado, precisamente,
que imaginación es impulso creador, estaremos de acuerdo
con este planteamiento con que Ribot sella sus investigaciones:
Con su obra, la imaginación creadora penetra toda
la vida personal y social, imaginativa y práctica en
todos sus aspectos: es omnipresente.
La imaginación y el arte en la
infancia
Capítulo V
Lev
Semyónovich Vigotsky, 1934
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