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Capítulo
1. Arte e imaginación.
Capítulo
2. Imaginación y realidad.
Capítulo
3. El mecanismo de la imaginación creadora.
Capítulo 4. La imaginación
del niño y del adolescente.
Capítulo
5. Los tormentos de la creación.
Capítulo
6. La creación literaria en la edad escolar.
Capítulo
7. El arte teatral en la edad escolar.
Capítulo
8. El dibujo en la edad infantil.
Anexos.
El origen y el desarrollo de las funciones mentales superiores
La filosofía de la ciencia
Metodologías de la investigación psicológica
La relación entre el aprendizaje y el desarrollo humano
La formación conceptual
La relación entre el lenguaje y el pensamiento
La psicología del arte
El juego entendido como un fenómeno psicológico
El estudio de los trastornos del aprendizaje
El desarrollo humano anormal
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La imaginación y el arte en la infancia
Capítulo IV
LA IMAGINACIÓN DEL NIÑO Y DEL
ADOLESCENTE
La actividad de la imaginación creadora
resulta ser muy complicada y dependiente de toda una serie
de los más diversos factores. De aquí se desprende
claramente por qué esta actividad no puede ser idéntica
en el niño y en el joven ya que todos estos factores
adoptan aspectos distintos en las diferentes épocas
de la infancia. Por ello, en cada período de desarrollo
infantil, la imaginación creadora actúa de modo
singular, concordante con el peldaño de desarrollo
en que se encuentra el niño. Ya advertimos que la imaginación
depende de la experiencia y la experiencia del niño
se va acumulando y aumentando paulatinamente con profundas
peculiaridades que la diferencian de la experiencia de los
adultos. La actitud hacia el medio ambiente que con su sencillez
y complejidad, con sus tradiciones y con sus influencias estimula
y dirige el proceso creador, es también muy distinta
en el niño. Son diferentes también los intereses
del niño y del adulto y por todo ello se desprende
que la imaginación del niño funciona de modo
distinto que la del adulto.
¿En qué se diferencia la imaginación
del niño de la del adulto y cuál es la línea
principal de su desarrollo en la edad infantil? Existe aún
el criterio de que la imaginación del niño es
más rica que la del adulto, considerándose que
la infancia es la época en que más se desarrolla
la fantasía y, según ello conforme crece el
niño van en descenso su capacidad imaginativa y su
fantasía.
Se basa este criterio en toda una serie de observaciones
sobre la actividad de la fantasía. Los niños
pueden hacer todo de todo, decía Goethe, y esta simplicidad,
esta espontaneidad de la imaginación infantil, que
ya no es libre en el adulto, suele confundirse con la amplitud
o la riqueza de la fantasía del niño. Más
tarde la creación de la imaginación infantil
se diferencia clara y bruscamente de la experiencia del adulto,
de lo que se deducía también que el niño
vive más en el mundo de la fantasía que en el
de la realidad. Son también notorios la inexactitud,
la tergiversación de la experiencia real, la exageración,
la afición por los cuentos y narraciones fantásticas
características de los niños.
Todo esto, tomado en su conjunto, ha servido de base para
afirmar que, en la edad infantil la fantasía es más
rica y variada que la del adulto. Pero esta afirmación
no resiste el examen científico, pues sabemos que la
experiencia del niño es mucho más pobre que
la del adulto. Sabemos también que sus intereses son
más simples, más pobres y elementales; por último,
su actitud hacia el medio ambiente carece de la complejidad,
de la precisión y de la variedad que caracterizan la
conducta del adulto, todo lo cual constituye los factores
básicos determinantes de la función imaginativa.
La imaginación del niño, como se deduce claramente
de esto, no es más rica, sino más pobre que
la del adulto; en el proceso de crecimiento del niño
se desarrolla también su imaginación, que alcanza
su madurez sólo en la edad adulta.
Los frutos de la verdadera imaginación creadora en
todas las esferas de la actividad creadora pertenecen sólo
a la fantasía ya madura. Conforme se acerca la madurez
comienza a madurar también la imaginación y,
en la edad de transición, en los adolescentes a partir
del despertar sexual, se unen el pujante impulso de la imaginación
con los primeros embriones de madurez de la fantasía.
Más adelante, los autores que han escrito acerca de
la imaginación, aluden al estrecho vínculo entre
el despertar y maduración sexual y el desarrollo de
la imaginación. Se puede comprender este enlace si
se tiene en cuenta que por entonces el adolescente asimila
y resume un gran caudal de experiencia, se perfilan los así
llamados intereses permanentes, se apagan rápidamente
los intereses infantiles y, en relación con la madurez
general, adquiere también forma definitiva la actividad
de su imaginación.

Al analizar la imaginación creadora
trazó Ribot la curva que se muestra y que refleja simbólicamente
el desarrollo de la imaginación permitiendo comprender
las peculiaridades de la imaginación infantil, la del
hombre maduro y la del periodo transitorio a que ahora nos
referimos. La ley primordial del desarrollo de la imaginación
que refleja esta curva se formula así: la imaginación,
en su desarrollo, atraviesa dos períodos separados
por una fase critica. La curva IM representa la marcha del
desarrollo de la imaginación en el primer periodo.
Asciende enérgicamente para mantenerse luego largo
tiempo al nivel alcanzado. La línea RO punteada, refleja
la marcha del desarrollo del intelecto o de la razón,
que como muestra la figura, empieza más tarde y va
elevándose más lentamente porque requiere mucha
mayor acumulación de experiencia que ha de ser sometida
a compleja elaboración. Sólo en el punto M coinciden
ambas líneas del desarrollo de la imaginación
y de la razón.
El lado izquierdo del diagrama muestra con claridad la peculiaridad
de la imaginación en la edad infantil y que muchos
investigadores confunden tomándola por riqueza imaginativa
del niño. Siguiendo esta parte del dibujo se advierte
fácilmente que en la edad infantil difiere mucho el
desarrollo de la fantasía del desarrollo de la razón
y que la relativa independencia de la imaginación infantil,
su independencia respecto a la actividad de la razón,
no es prueba de riqueza sino de pobreza de la fantasía
infantil.
Los niños pueden imaginarse muchas menos cosas que
los adultos, pero confian más en los frutos de su fantasía
y la controlan menos, y por eso la imaginación en el
sentido vulgar, corriente de la palabra, o sea, algo inexistente,
soñado, es mayor en el niño que en el adulto.
Y no sólo el material con que la imaginación
edifica es en el niño más pobre que en el adulto,
sino que además, el carácter de las combinaciones
a que se somete este material cede considerablemente por su
calidad y por su variedad al de las combinaciones del adulto.
De todas las formas de enlace con la realidad que antes enumeramos,
la imaginación del niño se encuentra a la altura
de la del adulto solamente en la primera, es decir, en la
realidad de los elementos con los que edifica. Posiblemente
la raíz emocional real de la imaginación del
niño sea tan fuerte como la del adulto; pero en lo
que afecta a las otras dos formas de vinculación debe
advertirse que se van desarrollando sólo con los años,
muy lentamente, gradualmente.
Desde el momento de encuentro en el punto M de ambas curvas
del desarrollo de la imaginación y de la razón,
el desarrollo ulterior de la imaginación (según
la línea MN) va sensiblemente paralelo al de la razón
(según la línea XO), desapareciendo la divergencia
típica de la infancia: la imaginación, estrechamente
ligada con el raciocinio, marcha con él al mismo paso.
Estas dos formas intelectuales -dice Ribot- se mantienen
ahora frente a frente como fuerzas contrincantes. La actividad
imaginativa prosigue, pero previa transformación, adaptándose
a condiciones racionales, por lo que ya no es pura imaginación,
sino entremezclada. Sin embargo, esto no sucede siempre, pues
en muchos casos el desarrollo toma otra variante señalada
en el dibujo por la línea MN1 que cae rápidamente
significando la caída o anulación de la fantasía.
El caso más frecuente es que caiga la imaginación
creadora. Sólo las imaginaciones superdotadas constituyen
la excepción, la mayoría van entrando poco a
poco en la prosa de la vida diaria, esconde los sueños
adolescentes, hacen del amor una quimera, etc., etc. Se trata,
sin embargo, de mera regresión, no de supresión,
pues la imaginación creadora no desaparece totalmente
en nadie, pero se manifiesta sólo de vez en cuando.
Efectivamente, allí donde se mantenga siquiera una
ínfima parte de vida creadora, hay imaginación.
Todo el mundo sabe que con la madurez suele descender la curva
de la vida creadora. Examinemos ahora más de cerca
la fase crítica MX que delimita ambos períodos.
Ya advertimos que esta fase caracteriza la edad de transición,
que ahora nos interesa preferentemente. Si comprendemos la
peculiaridad de esa especie de puerto montañoso por
el que pasa ahora la curva de la imaginación, tendremos
la llave para comprender justamente todo el proceso creador
en esa edad. Es un período en el que tiene lugar hondo
cambio en la imaginación pasando de subjetiva a objetiva.
Desde el punto de vista fisiológico se debe esta crisis
a la formación de un organismo adulto, de un cerebro
adulto, pero desde el punto de vista psicológico se
debe al antagonismo entre la pura imaginación subjetiva
y el enfoque racional de los procesos, dicho con otras palabras:
entre la inestabilidad y la estabilidad del pensamiento.
Sabemos que la edad intermedia se caracteriza en general
por toda una serie de relaciones antitéticas, contradictorias,
de momentos polarizados, es precisamente por ello por lo que
esa edad se llama edad crítica o transitoria, es la
edad en la que se rompe el equilibrio del organismo infantil
sin que se haya podido aún encontrar el equilibrio
del organismo adulto. La imaginación en este período
se caracteriza por la superación, el desplome y la
búsqueda de un nuevo equilibrio. Es muy fácil
ver que la actividad de la imaginación en el aspecto
en que se manifiesta en el niño, en el adolescente,
va desapareciendo, al advertir que, por lo general o en la
mayoría de los casos, al llegar a esa edad, pierde
el niño la afición al dibujo. Siguen dibujando
algunos niños, generalmente superdotados o atraídos
por circunstancias externas como pueden ser clases especiales
de dibujo, etc. El niño empieza a criticar sus propios
dibujos, los esquemas infantiles dejan de satisfacerle, le
parecen demasiado subjetivos hasta llegar a cerciorarse de
que no sabe dibujar y deja el dibujo. Análoga desaparición
de la fantasía infantil vemos también en que
el niño deja de interesarse por los juegos ingenuos
de años anteriores, por los cuentos de hadas, por los
cuentos en general. Surge entonces una nueva forma, doble,
de la fantasía que se ve fácilmente en el hecho
de que la literatura se convierte en la actividad más
extendida y masiva de la función imaginativa. Se estimula
por un vigoroso auge de vivencias subjetivas, por la extensión
y el ahondamiento de la vida íntima del adolescente
que está creando por entonces su propio mundo interior.
Todo este aspecto subjetivo anhela materializarse en forma
objetiva: en versos, en cuentos, en todas las formas artísticas
que el adolescente toma de la literatura de los adultos que
le rodean. Esta imaginación contradictoria se desarrolla
por la línea del apagamiento sucesivo de los momentos
subjetivos y por la línea del crecimiento y robustecimiento
de los momentos objetivos.
Frecuentemente muy pronto también, como regla general,
en el adolescente se reduce el interés por su propia
actividad literaria que enfoca ya de modo crítico,
como hiciera antes con sus dibujos; no le satisface ya la
insuficiente objetividad de sus escritos y deja de escribir.
Resulta así que el auge de la imaginación y
la profundidad de su transformación caracterizan a
la fase crítica.
En esta época asoman con toda claridad dos tipos fundamentales
de imaginación: plástica y emocional, o exterior
e interior. Ambos tipos fundamentales se caracterizan especialmente
por el material del que construye la fantasía y por
las leyes de su edificación. La imaginación
plástica emplea preferentemente impresiones exteriores,
construye con elementos tomados del exterior; lo emocional,
por el contrario, construye con elementos tomados de adentro.
Podemos designar a una objetiva y subjetiva a la otra. La
aparición de uno o de otro tipo de imaginación
y su diferenciación gradual son características
precisamente de esta edad.
En este sentido es preciso señalar también
el doble papel que puede desempeñar la imaginación
en la conducta del hombre: de modo idéntico puede acercar
y alejar al hombre de la realidad. Janet (1) dice: La propia
ciencia, por lo menos la ciencia natural, no es posible sin
imaginación. Con su ayuda atisba Newton el futuro y
Cuvier el pasado. Las grandes hipótesis, de donde nacen
las grandes teorías son en esencia hijas de la imaginación.
Sin embargo, Pascal dice con toda razón que la imaginación
es una maestra muy astuta: Sugiere -dice Compeyré-
muchos más errores que ayuda a descubrir verdades...
Inclina al investigador confiado a apartar juicios y observaciones,
tomando por verdades probadas las figuraciones de sus fantasías;
nos aleja de la realidad con sus engaños sublimes y,
según la atinada expresión de Malebranche, se
vuelve la niña mimada que pone la casa en desorden.
Estos lados peligrosos de la imaginación suelen manifestarse
con mucha frecuencia en la edad de transición. Es muy
fácil satisfacerse en la imaginación y la caída
en la contemplación, la huida al mundo de los sueños
suelen desviar la energía y la voluntad del adolescente
del mundo de lo real.
Algunos autores llegan incluso a considerar que el fomento
de la meditación y el aislamiento, el hermetismo, el
ensimismamiento con ella relacionados constituyen rasgo característico
de esta edad. Más preciso sería decir que todos
estos fenómenos constituyen el lado sombrío
de esta edad. La sombra de melancolía que cae sobre
esta edad, este doble papel de la imaginación, hace
de ella un proceso complicado, extremadamente difícil
de asimilar.
Si el pedagogo práctico -dice Gros-, desea desarrollar
acertadamente la preciosa capacidad de la fantasía
creadora, se plantea difícil tarea: domar este salvaje
y asustadizo caballo de noble raza y adiestrarlo para prestar
buenos servicios.
Como ya dijimos, Pascal llamó a la imaginación
una maestra muy astuta. Goethe la llamó la precursora
de la razón. Ambos tenían razón.
Cabe preguntar si la actividad creadora depende del talento,
estando muy extendido el criterio de que crear es patrimonio
de elegidos y que sólo el que posee un talento especial
debe fomentarlo en sí y puede considerarse llamado
para crear, pero semejante planteamiento no es justo, como
ya antes tratamos de aclarar. Si consideramos que la creación
consiste, en su verdadero sentido psicológico, en hacer
algo nuevo, es fácil llegar a la conclusión
de que todos podemos crear en mayor o menor grado y que la
creación es acompañante normal y constante del
desarrollo infantil.
En la edad infantil encontramos los llamados niños
prodigio al demostrar, desde la edad temprana, rápida
maduración de alguna capacidad especial. Es lo más
frecuente encontrar estos casos en la esfera musical, pero
se encuentran también, aunque en menor proporción,
en otras ramas del arte, como Willy Ferrero que hace 20 años
adquirió renombre mundial por sus extraordinarias dotes
musicales en edad muy temprana. Hay niños prodigio
que con 6 o 7 años de edad dirigen orquestas sinfónicas,
interpretan composiciones musicales muy complejas, tocan de
maravilla instrumentos musicales, etc. Pero ya desde hace
tiempo se advirtió que en estos casos de desarrollo
prematuro y extraordinario hay algo cercano a lo patológico,
o sea a lo anormal.
Y es aún más importante, hay una regla que
no conoce casi excepciones, según la cual estos niños
prodigio maduros prematuramente que, en circunstancias de
desarrollo normal hubieran debido superar a todos los genios
conocidos en la historia de la humanidad, por lo general,
a medida que van creciendo, pierden su talento sin que hayan
logrado crear hasta hoy en la historia del arte ni una sola
obra de cierto valor.
Las peculiaridades típicas de la creación infantil
se dan sobre todo en los niños normales, no en los
niños prodigio, lo que no quiere decir que la capacidad
ni el talento dejen de manifestarse en edades tempranas. La
biografía de los grandes hombres nos enseña
que muchos de ellos dieron ya muestras de genialidad a los
pocos años.
Como ejemplos de madurez rápida o precocidad podemos
recordar a Mozart a los tres años, a Mendelson a los
cinco, a Haydn a los cuatro; Haendel y Weber componían
a los 12 años, Shubert a los 11, Cherubini a los 13
(...). En las artes plásticas tarda algo más
en manifestarse la vocación creadora, por término
medio a los 14 años, pero en Giotto se manifestó
a los diez años, como en Van Dyck, en Rafael a los
ocho, igual que en Gres, en Miguel Ángel a los trece,
en Durero a los quince, en Bernini a los doce, en Rubens y
en Jordaens también muy pronto. En poesía no
recordamos obras de alto valor que hubieran sido escritas
antes de los 16 años.
Pero estos síntomas de la futura genialidad estaban
aún muy lejos de la verdadera creación magnífica,
eran sólo fulguraciones que anunciaban de lejos la
tempestad que se acercaba, heraldos del florecimiento futuro.
La imaginación y el arte en la
infancia
Capítulo IV
Lev
Semyónovich Vigotsky, 1934
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