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Capítulo
1. Arte e imaginación.
Capítulo
2. Imaginación y realidad.
Capítulo 3. El mecanismo de la imaginación
creadora.
Capítulo
4. La imaginación del niño y del adolescente.
Capítulo
5. Los tormentos de la creación.
Capítulo
6. La creación literaria en la edad escolar.
Capítulo
7. El arte teatral en la edad escolar.
Capítulo
8. El dibujo en la edad infantil.
Anexos.
El origen y el desarrollo de las funciones mentales superiores
La filosofía de la ciencia
Metodologías de la investigación psicológica
La relación entre el aprendizaje y el desarrollo humano
La formación conceptual
La relación entre el lenguaje y el pensamiento
La psicología del arte
El juego entendido como un fenómeno psicológico
El estudio de los trastornos del aprendizaje
El desarrollo humano anormal
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La imaginación y el arte en la infancia
Capítulo III
EL MECANISMO DE LA IMAGINACIÓN CREADORA
Como se infiere de lo anteriormente dicho,
la imaginación constituye un proceso de composición
sumamente compleja. Y es precisamente esta complejidad la
que constituye el obstáculo principal en el estudio
del proceso creador y suele conducir a falsas conclusiones
respecto a la propia naturaleza del proceso y su carácter
como algo desusado y completamente exclusivo. No nos proponemos
ahora hacer una exposición más o menos completa
de este proceso, lo que exigiría un prolijo análisis
psicológico que no nos interesa en este momento, pero
a fin de dar una idea de la complejidad de esta función
nos detendremos brevemente en algunos aspectos integrantes
de este proceso. Toda actividad imaginativa tiene siempre
una larga historia tras de sí. Lo que llamamos creación
no suele ser más que un catastrófico parto consecuencia
de una larga gestación.
Al principio mismo de este proceso, como ya hemos visto,
encontramos siempre la percepción externa e interna
que sirve de base a nuestra experiencia. Resulta así
que los primeros puntos de apoyo que encuentra el niño
para su futura creación es lo que ve y lo que oye,
acumulando materiales de los que luego usará, para
construir su fantasía. Sigue más adelante un
proceso bastante complejo para elaborar estos materiales,
cuyas partes fundamentales son la disociación y la
asociación de las impresiones percibidas. Toda impresión
conforma un todo complejo compuesto de multitud de partes
aisladas, la disociación consiste en dividir ese complicado
conjunto, separando sus partes preferentemente por comparación
con otras, unas se conservan en la memoria, otras se olvidan.
De tal modo, la disociación es condición necesaria
para la actividad ulterior de la fantasía.
Para agrupar posteriormente los diversos elementos, el hombre
debe, ante todo, vulnerar la vinculación natural de
los elementos tal y como fueron percibidos. Antes de crear
la imagen de Natasha en La guerra y la paz, Tolstoi tuvo que
extraer rasgos aislados de dos mujeres de su familia, sin
los cuales no hubiera podido mezclarlos o integrarlos en el
personaje de Natasha. Esta extracción de algunos rasgos,
ignorando los demás, puede ser llamada con justeza
disociación. Constituye un proceso de extraordinaria
importancia en todo el desarrollo mental del hombre que sirve
de base al pensamiento abstracto, a la comprensión
figurada.
Saber extraer rasgos aislados de un complejo conjunto tiene
importancia para todo el trabajo creador del hombre sobre
las impresiones. Al proceso de disociación sigue el
proceso de los cambios que sufren estos elementos disociados.
Este proceso de cambios o modificaciones se basa en la dinámica
de nuestras excitaciones nerviosas internas y de las imágenes
concordantes con ellas. Pero las huellas de las impresiones
externas no se aglomeran inmóviles en nuestro cerebro
como los objetos en el fondo de una cesta, sino que constituyen
procesos que se mueven, se transforman, cobran vida, mueren
y en este movimiento radica la garantía de sus cambios
bajo la influencia de factores internos, deformándolos
y reelaborándolos. Sirva de ejemplo de tales cambios
interiores, el proceso de subestimación y sobrestimación
de elementos aislados de las impresiones que revisten una
importancia tan enorme para la imaginación en general
y para la imaginación infantil en particular.
Las magnitudes de la impresión real cambian de forma,
aumentando o disminuyendo sus dimensiones naturales. El afán
de los niños por exagerar, lo mismo que el afán
de los adultos, tiene una raíz interna muy honda, debida
en gran parte a la influencia que nuestro sentimiento interno
ejerce sobre las impresiones exteriores. Exageramos porque
querríamos ver las cosas aumentadas cuando esto corresponde
a nuestra necesidad, a nuestro ánimo interno. El afán
infantil de exagerar se refleja claramente en las imágenes
de los cuentos. Gros cita a este respecto un cuento de su
hija cuando tenía cinco años y medio:
Hubo una vez un rey -comenzaba la pequeña- que tenía
una hija chiquitita, tendida en su cuna, y al acercarse a
ella supo que era su hija. Luego se casó. Cuando estaban
sentados a la mesa, díjole el rey: tráeme, por
favor, un jarrón de cerveza. Entonces ella le trajo
una jarra de cerveza que medía tres varas de alta.
Después se durmieron todos, menos el rey que los velaba,
y si no se han muerto aún, estarán vivos todavía.
Esta exageración -dice Gros- es debida al interés
por todo lo sobresaliente y extraordinario, a lo que se agrega
un sentimiento de orgullo ligado con la idea de poseer algo
especial: ¡tengo 30 monedas, no, 50; no, 100; no 1000!
También se da cuando digo ¡acabo de ver una mariposa
tan grande como un gato, no, tan grande como una casa!.
Büller señala con toda razón que en este
proceso de modificaciones y, en particular, en la exageración,
experimentan los niños operaciones con magnitudes desconocidas
en su experiencia directa. En los ejemplos de imaginación
numérica que cita Ribot puede verse fácilmente
la inmensa importancia que tienen estos procesos de cambios
y, en particular, de exageración. La imaginación
numérica -dice- no alcanzó en ningún
lugar un florecimiento tan grande como en los pueblos de Oriente.
Ellos juegan con las cifras con audacia admirable y las derrochan
con despilfarro. Así, en la cosmogonía caldea
se dice que dios, el pez Oannes, consagró 259 200 años
en educar a la humanidad, luego durante 432 000 años
reinaron en la tierra diversas personalidades míticas
y al cabo de estos 691 000 años el diluvio anegó
la faz de la tierra (...). Pero, los hindúes fueron
mucho más lejos inventando gigantescas unidades que
sirven de base y de material para juegos fantásticos
con las cifras. Los jainistas (1) dividen el tiempo en dos
períodos: ascendente y descendente, cada uno de los
cuales tiene una prodigiosa duración: 2 000 000 000
000 000 años-océanos, siendo cada año-océano
igual a 1 000 000 000 000 000 años (...). Al devoto
budista deben provocar vértigos el pensar en semejantes
magnitudes de tiempo.
Este tipo de juego con exageraciones numéricas resulta
altamente importante para el hombre, como se comprueba vivamente
en la astronomía y varias ciencias naturales que han
de operar con cifras no menores sino notablemente superiores.
En las ciencias -dice Ribot- la representación numérica
no reviste la forma de delirio semejante. Acusan a la ciencia
de que al avanzar arrolla a la imaginación, mientras
que, en realidad, lo que hace es abrir campos incomparablemente
más amplios para la creación científica.
La Astronomía flota en la inmensidad del tiempo y del
espacio. Ve nacer a los mundos, los primeros destellos parpadeantes
de las nebulosas que luego se convertirán en soles
esplendorosos. Y estos soles, al enfriarse, serán cubiertos
de manchas, perderán brillo y languidecerán.
Los geólogos siguen el desarrollo del planeta que habitamos
a través de toda una serie de cambios y cataclismos;
prevé un futuro lejano en que la esfera terrestre,
perdido el vapor de agua que protege su atmósfera de
la excesiva irradiación de calor, deberá perecer
de frío. Las hipótesis actuales en fisica y
química sobre los átomos y las partículas
de los cuerpos no ceden por su audacia a las más atrevidas
elucubraciones de la imaginación hindú.
Vemos así que la exageración, como la imaginación
en general, son necesarias tanto en el arte como en la ciencia
y sin esta capacidad, que tan graciosamente se mostraba en
el cuento de la niña de cinco años y medio,
la humanidad no hubiera podido crear la astronomía,
ni la geología, ni la fisica.
El momento que sigue en los procesos imaginativos es la asociación,
o sea, la agrupación de elementos disociados y modificados.
Como señalamos anteriormente, esta asociación
puede tener lugar sobre bases distintas y adoptar formas diferentes
que van desde la agrupación puramente subjetiva de
imágenes hasta el ensamblaje objetivo científico,
propio, por ejemplo, de la representación geográfica.
Y, finalmente, momento postrero y definitivo del trabajo previo
de la imaginación, es la combinación de imágenes
aisladas ajustándolas a un sistema, encajándolas
en un cuadro complejo. Pero no termina en esto la actividad
de la imaginación creadora, sino que, como apuntamos
antes, el círculo de esta función se cerrará
solamente cuando la imaginación se materialice o cristalice
en imágenes externas.
De este proceso de cristalización o tránsito
de lo imaginario a lo real hablaremos posteriormente. Ahora,
al detenernos sólo en el aspecto interno de la imaginación,
deberíamos aludir a los principales factores psicológicos
de los cuales dependen todos estos procesos aislados. El análisis
psicológico establece siempre que el primero de estos
factores es la necesidad que experimenta el hombre de adaptarse
al medio ambiente que le rodea. Si la vida que le rodea no
le plantea al hombre tareas, si sus reacciones naturales y
heredadas le equilibran plenamente con el mundo en que vive,
entonces no habría base alguna para el surgimiento
de la acción creadora. El ser que se encuentre plenamente
adaptado al mundo que le rodea, nada podría desear,
no experimentaría ningunos afanes y, ciertamente nada
podría crear. Por eso en la base de toda acción
creadora reside siempre la inadaptación, fuente de
necesidades, anhelos y deseos.
Cada necesidad, -dice Ribot- toda aspiración, todo
anhelo por sí o junto con otros puede servir así
de impulso a la creación. El análisis psicológico
deberá en cada caso distinguir la creación espontánea
en estos elementos primarios (...). Cualquier invención
tiene así origen motriz; la esencia básica de
la invención creadora resulta motriz en todos los casos.
Las necesidades y deseos nada pueden crear por sí solos,
son meros estímulos, solamente resortes creadores.
Para inventar se necesita además otra condición:
el surgimiento espontáneo de imágenes. Llamando
surgimiento espontáneo a lo que aparece repentinamente,
sin motivos aparentes que lo impulsen. Estos motivos existen
prácticamente, pero su acción se confunde con
una forma oculta del pensamiento por analogía con el
estado emocional del ánimo, función inconsciente
del cerebro.
La existencia de necesidades o de aspiraciones pone, así,
en movimiento al proceso imaginativo reviviendo las huellas
de las excitaciones nerviosas, con lo que brinda material
para su funcionamiento. Ambas premisas son necesarias y suficientes
para comprender la actividad de la imaginación y de
todos los procesos que la integran.
Pueden surgir preguntas acerca de los factores de los que
depende la imaginación. Por lo que a los factores psicológicos
se refiere fueron ya enumerados por nosotros aunque en forma
un tanto desordenada.
Mencionamos ya que la función imaginativa depende
de la experiencia, de las necesidades y los intereses en los
que aquélla se manifiesta. Es sencillo también
comprender que depende de la capacidad combinativa ejercitada
en esta actividad de dar forma material a los frutos de la
imaginación; depende también de los conocimientos
técnicos, de las tradiciones, es decir, de los modelos
de creación que influyen en el ser humano. Todos estos
factores tienen gran importancia pero, son tan simples y evidentes
que no vamos a referirnos a ellos con detalle. Es mucho menos
evidente y, por tanto, más importante, la acción
de otro factor: el medio ambiente que nos rodea. Frecuentemente
vemos en la imaginación una función exclusivamente
interna, independiente de las condiciones externas, o en todo
caso, dependiente de estas condiciones por un lado, un tanto
en cuanto estas condiciones determinan el material en que
debe trabajar la imaginación. Por lo que al propio
proceso imaginativo se refiere, su dirección, pudiera
de primera instancia parecer orientada sólo desde el
interior por los sentimientos y las necesidades del hombre,
condicionado por lo tanto a causas subjetivas, no objetivas.
Realmente no es así, desde hace mucho tiempo que la
psicología estableció una ley según la
cual el ansia de crear se encuentra siempre en proporción
inversa a la sencillez del medio ambiente.
Por esa razón -aduce Ribot- al comparar los negros
con los blancos, los hombres primitivos con los civilizados,
resulta que, para una cantidad igual de población abruma
la desproporción del número de innovadores en
uno y otro caso.
Weissman (2) explica perfectamente esta dependencia de la
creación respecto al medio al decir: Supongamos que
en las islas Samoa nace un niño dotado de las cualidades
y del genio de un Mozart. ¿Qué podría
hacer? Lo más, ampliar la gama de tres o cuatro tonos
a siete y componer algunas melodías algo más
complicadas, pero sería tan incapaz de componer sinfonías
como Arquímedes para inventar la máquina electrodinámica.
Todo inventor, por genial que sea, es siempre fruto de su
época y de su ambiente. Su creación partirá
de los niveles alcanzados con anterioridad y se apoyará
en las posibilidades que existen también fuera de él.
Por eso advertimos estricta secuencia en el desarrollo histórico
de la ciencia y de la técnica. Ningún descubrimiento
ni invención científica aparece antes de que
se creen las condiciones materiales y psicológicas
necesarias para su surgimiento. La obra creadora constituye
un proceso histórico consecutivo donde cada nueva forma
estará apoyada en las precedentes.
Eso mismo explica también la distribución desproporcionada
de inventores e innovadores en las diversas clases sociales.
Las clases privilegiadas han dado un porcentaje considerablemente
mayor de creadores científicos, técnicos y artísticos
por tener precisamente en sus manos todas las condiciones
necesarias para la creación.
Habitualmente se habla tanto -dice Ribot- del vuelo libre
de la fantasía y de la omnipotencia del genio, que
se olvidan las condiciones sociológicas (sin hablar
de otras) de las que a cada paso una y otro dependen. Por
muy individual que parezca, toda creación incluye siempre
en sí un coeficiente social. En este sentido ninguna
invención será individual en el estricto sentido
de la palabra, en todas ellas queda siempre alguna colaboración
secreta, desconocida.
La imaginación y el arte en la
infancia
Capítulo III
Lev
Semyónovich Vigotsky, 1934
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