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Capítulo
1. Arte e imaginación.
Capítulo 2. Imaginación y realidad.
Capítulo
3. El mecanismo de la imaginación creadora.
Capítulo
4. La imaginación del niño y del adolescente.
Capítulo
5. Los tormentos de la creación.
Capítulo
6. La creación literaria en la edad escolar.
Capítulo
7. El arte teatral en la edad escolar.
Capítulo
8. El dibujo en la edad infantil.
Anexos.
El origen y el desarrollo de las funciones mentales superiores
La filosofía de la ciencia
Metodologías de la investigación psicológica
La relación entre el aprendizaje y el desarrollo humano
La formación conceptual
La relación entre el lenguaje y el pensamiento
La psicología del arte
El juego entendido como un fenómeno psicológico
El estudio de los trastornos del aprendizaje
El desarrollo humano anormal
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La imaginación y el arte en la infancia
Capítulo II
IMAGINACIÓN Y REALIDAD
Cabe, sin embargo, interrogar: ¿Cómo
se produce esta actividad creadora basada en la combinación?
¿De dónde surge, a qué está condicionada
y a qué leyes se subordina en su desarrollo? El análisis
psicológico de esta actividad pone de relieve su desmedida
complejidad. No aparece repentinamente, sino lenta y paulatinamente,
progresando desde formas elementales y simples a otras más
complicadas. En cada nivel de su crecimiento adquiere su propia
expresión, a cada periodo infantil corresponde su propia
forma de creación. Posteriormente no se compartimenta
en la conducta del hombre, sino que se mantiene en dependencia
inmediata de otras formas de nuestra actividad y, especialmente,
de las experiencias acumuladas.
Para comprender mejor el mecanismo psicológico de
la imaginación y de la actividad creadora con ella
relacionada, es conveniente empezar explicando la vinculación
existente entre la fantasía y la realidad en la conducta
humana. Advertimos ya lo incorrecto del criterio vulgar que
traza una frontera impenetrable entre fantasía y realidad.
Ahora trataremos de mostrar las cuatro formas básicas
que ligan la actividad imaginadora con la realidad, ya que
su comprensión nos permitirá ver en la imaginación
no un divertimiento caprichoso del cerebro, algo prendido
del aire, sino como una función vital y necesaria.
La primera forma de relación de fantasía y
realidad consiste en que toda elucubración se compone
siempre de elementos tomados de la realidad extraídos
de la experiencia anterior del hombre. Sería un milagro
que la imaginación pudiese crear algo de la nada, o
dispusiera de otras fuentes de conocimiento distinta de la
experiencia pasada. Sólo las ideas religiosas o mitológicas
acerca de la naturaleza humana podrían implicar a los
frutos de la fantasía un origen sobrenatural, distinto
de la experiencia anterior.
De acuerdo con tales conceptos, los dioses o los espíritus
imbuyen sueños a los hombres, prestan a los poetas
el contenido para sus obras, dictan a los legisladores los
diez mandamientos. El análisis científico de
las elucubraciones más fantásticas y alejadas
de la realidad, como por ejemplo, los mitos, los cuentos,
las leyendas, los sueños, etc., nos confirman que,
las mayores fantasías no son más que nuevas
combinaciones de los mismos elementos tomados, a fin de cuentas,
de la realidad, sometidos simplemente a modificaciones o reelaboraciones
en nuestra imaginación.
Cabañas sobre patas de gallina no existen mas que
en los cuentos, pero elementos integrantes de esta imagen
legendaria están tomados de la experiencia humana y
sólo en su combinación interviene la fantasía,
es decir, que su construcción no corresponde a la realidad.
Veamos, por ejemplo, esta imagen escrita por Pushkin del mundo
irreal:
En el calvero del bosque verdea el roble ceñido de
dorada cadena que ronda el gato sabio de noche y de día:
tira a derecha, canta una canción, tira a izquierda,
cuenta un cuento. Es prodigioso: allí juguetean los
elfos mientras las sirenas reposan en las ramas; allí
en ocultos senderos hay huellas de fieras desconocidas; allí
se alza, sin puertas ni ventanas, la cabaña sobre patas
de gallina.
Podríamos seguir todo este relato palabra por palabra
y comprobar que lo fantástico en él es sólo
la combinación de los elementos, pero que éstos
han sido tomados de la realidad: el roble, la cadena dorada,
el gato, la canción; todo existe en la realidad, y
sólo la imagen del gato sabio rondando la cadena dorada
y contando cuentos, sólo la combinación de estos
elementos es fantasía. Por lo que se refiere a las
imágenes irreales que siguen más adelante: los
elfos, las sirenas, la cabaña sobre patas de gallina,
representan simplemente una compleja combinación de
ciertos elementos que brinda la realidad. Por ejemplo, en
la imagen de la sirena se mezclan la imagen de la mujer con
la del ave que posa en las ramas de los árboles; en
la mágica cabaña se entremezclan la imagen de
las patas de gallina con la de una choza, etc., etc.
De esta forma, la fantasía se construye siempre con
materiales tomados del mundo real. Ciertamente, como puede
apreciarse en el fragmento citado, la imaginación puede
crear nuevos grados de combinación, mezclando primeramente
elementos reales (el gato, la cadena, el roble), combinando
después imágenes de fantasía (la sirena,
los elfos, etc.) y así sucesivamente. Pero los últimos
elementos que integran las imágenes más alejadas
de la realidad (aún estos últimos elementos),
constituyen siempre impresiones de la realidad. Aquí
encontramos la primera y principal ley a la cual se subordina
la función imaginativa, que podría formularse
así: la actividad creadora de la imaginación
se encuentra en relación directa con la riqueza y la
diversidad de la experiencia acumulada por el hombre, porque
esta experiencia ofrece el material con el que erije sus edificios
la fantasía. Cuanto más rica sea la experiencia
humana, tanto mayor será el material del que dispone
esa imaginación. Por eso, la imaginación del
niño es más pobre que la del adulto, por ser
menor su experiencia.
Si examinamos la historia de las grandes invenciones, de
los mayores descubrimientos, podremos comprobar que casi siempre
surgieron en base a enormes experiencias previamente acumuladas.
Precisamente toda fantasía parte de esta experiencia
acumulada; mientras más rica sea esta experiencia,
a igualdad de las restantes circunstancias, más abundante
deberá ser la fantasía.
Después del momento de acumulación de experiencia,
empieza -dice Ribot- el período de maduración
o decantación (incubación). En el caso de Newton
duró 17 años y, en el momento en que estableció
definitivamente sus cálculos y descubrimientos, estaba
invadido de una emoción tan fuerte que hubo de dejar
a otro el cuidado de concluir sus cálculos. El matemático
Hamilton expresó que su método de los cuaterniones
surgió totalmente listo en su mente cuando se encontraba
en el puente de Dublín: En aquel instante obtuve el
fruto de 15 años de esfuerzos. Darwin recopiló
datos a lo largo de sus viajes, observó largamente
animales y plantas y más tarde, la lectura de un libro
de Malthus caído casualmente en sus manos le impactó
ajustando definitivamente su doctrina. Ejemplos semejantes
pueden encontrarse también en creaciones literarias
y artísticas.
De aquí la conclusión pedagógica sobre
la necesidad de ampliar la experiencia del niño si
queremos proporcionarle bases suficientemente sólidas
para su actividad creadora. Cuanto más vea, oiga y
experimente, cuanto más aprenda y asimile, cuantos
más elementos reales disponga en su experiencia el
niño, tanto más considerable y productiva será,
a igualdad de las restantes circunstancias, la actividad de
su imaginación.
De esta primera forma de relación de fantasía
y realidad se deduce fácilmente cuán incorrecto
es contraponerlas entre sí. La función combinadora
de nuestro cerebro resulta que no constituye algo absolutamente
nuevo en comparación con su función conservadora,
sino que no es otra cosa que su ulterior complejidad. La fantasía
no está contrapuesta a la memoria, sino que se apoya
en ella y dispone sus datos en nuevas combinaciones. La actividad
combinadora del cerebro se basa, en resumen, en que el cerebro
conserva huellas de las excitaciones precedentes y toda la
novedad de esta función se reduce sencillamente a que,
disponiendo de las huellas de dichas excitaciones, el cerebro
las combina en formas distintas a las que se encontraban en
la realidad.
La segunda forma en que se vincula fantasía y realidad
es ya más compleja y distinta, esta vez no se realiza
entre elementos de construcción fantástica y
la realidad, sino entre productos preparados de la fantasía
y algunos fenómenos complejos de la realidad. Cuando
yo, basándome en los estudios y relatos de los historiadores
o de los viajeros, me imagino el cuadro de la gran Revolución
francesa o del desierto del Sáhara, en ambos casos
el panorama es fruto de la función creadora de la imaginación.
No se limita ésta a reproducir lo que asimilé
de pasadas experiencias, sino que partiendo de ellas, crea
nuevas combinaciones.
En este sentido, se subordina plenamente a la primera de
las leyes anteriormente descrita. Estos frutos de la imaginación
se integran de elementos elaborados y modificados de la realidad,
siendo necesario disponer de enormes reservas de experiencia
acumulada para poder construir con estos elementos tales imágenes.
Si no poseyera imágenes de la sequía, de los
arenales, de espacios enormes y de animales que habitan los
desiertos; no se podría, en forma alguna, crear la
imagen de estos desiertos. Si no tuviese múltiples
imágenes históricas del mismo no se podría
tampoco imaginar el cuadro de la Revolución francesa.
En esto se manifiesta con extrema claridad la dependencia
de la imaginación respecto a las experiencias anteriores.
Pero junto a ello, en estas creaciones de la fantasía
hay algo nuevo que las distingue muy sustancialmente del párrafo
de Pushkin analizado antes. Tanto el cuadro del calvero del
bosque con el gato sabio, como el cuadro del desierto africano,
donde nunca estuve, la esencia de la construción idéntica
de la imagen reside en la combinación por la fantasía
de elementos de la realidad. Pero, el producto de la imaginación,
la propia combinación de estos elementos, en uno de
los casos es irreal (cuento), mientras que en el otro caso
la propia vinculación de los elementos, el producto
mismo de la fantasía, y no solamente estos elementos,
corresponde con algún fenómeno real. Es precisamente
esta vinculación del producto terminal de la imaginación
con unos o con otros fenómenos reales lo que constituye
esta segunda forma, más elevada, de enlace de la fantasía
con la realidad. Esta forma de enlace únicamente es
posible gracias a la experiencia ajena o social. Si nadie
hubiera visto ni descrito el desierto africano ni la Revolución
francesa, sería completamente imposible hacerse una
idea clara de las dos. Sólo porque mi imaginación
trabaja en ambos casos sin libertad, sino conducida por experiencias
ajenas, como dirigida por otros, solo gracias a ello puede
lograrse el resultado obtenido en el caso presente, en que
el producto de la fantasía sea congruente con la realidad.
En tal sentido, la imaginación adquiere una función
de mucha importancia en la conducta y en el desarrollo humano,
convirtiéndose en medio de ampliar la experiencia del
hombre que, al ser capaz de imaginar lo que no ha visto, al
poder concebir basándose en relatos y descripciones
ajenas lo que no experimentó personal y directamente,
no está encerrado en el estrecho círculo de
su propia experiencia, sino que puede alejarse mucho de sus
límites asimilando, con ayuda de la imaginación,
experiencias históricas o sociales ajenas. En esta
forma, la imaginación constituye una condición
absolutamente necesaria para casi toda función del
cerebro humano. Cuando leemos los periódicos y nos
enteramos de miles de acontecimientos que no hemos presenciado
personalmente; cuando de niños estudiamos geografía
o historia; cuando sencillamente conocemos por carta lo que
sucede a otra persona, en todos estos casos nuestra fantasía
ayuda a nuestra experiencia.
Resulta así una dependencia doble y recíproca
entre realidad y experiencia. Si en el primer caso la imaginación
se apoya en la experiencia, en el segundo caso es la propia
experiencia la que se apoya en la fantasía.
La tercera forma de vinculación entre la función
imaginativa y la realidad es el enlace emocional, que se manifiesta
de dos maneras: por una parte, todo sentimiento, toda emoción
tiende a exhibirse en determinadas imágenes concordantes
con ella, como si la emoción pudiese elegir impresiones,
ideas, imágenes congruentes con el estado de ánimo
que nos sometiera en aquel instante. Bien sabido es que, cuando
estamos alegres vemos con ojos totalmente distintos de cuando
estamos melancólicos. Los psicólogos han observado
hace mucho tiempo el hecho de que todo sentimiento posee además
de la manifestación externa, corpórea, una expresión
interna manifestada en la selección de ideas, imágenes
e impresiones. Los psicólogos han designado a este
fenómeno con el nombre de ley de la doble expresión
de los sentimientos. Así, por ejemplo, el miedo no
se manifiesta sólo en la palidez, en el temblor, en
la resequedad de garganta, en la respiración entrecortada
y los latidos del corazón, sino también además
en que todas las impresiones que entonces recibe el hombre,
todos los pensamientos que vienen a su cerebro suelen estar
teñidos del sentimiento que lo domina. Cuando dice
el refrán: el cuervo asustado se espanta de las ramas,
se tiene en cuenta precisamente este influjo de nuestro sentimiento
al matizar la percepción de los objetos externos.
De la misma forma como los humanos aprendieron hace mucho
tiempo a manifestar mediante expresiones externas su estado
anímico interno, también las imágenes
de la fantasía sirven de expresión interna para
nuestros sentimientos. El hombre simboliza con el color negro
al dolor y al luto; con el blanco a la alegría; con
el azul la tranquilidad; la insurrección con el rojo.
Las imágenes de la fantasía brindan también
lenguaje interior a nuestros sentimientos seleccionando determinados
elementos de la realidad y combinándolos de tal manera
que responda a nuestro estado interior del ánimo y
no a la lógica exterior de estas propias imágenes.
Esta influencia del factor emocional en las combinaciones
de la fantasía, es conocida por los psicólogos
con el nombre de ley del signo emocional general, es decir,
que todo lo que nos provoca un efecto emocional coincidente
tiende a unirse entre sí pese a que no se vea entre
ellos semejanza alguna ni exterior ni interior. Resulta una
combinación de imágenes basada en sentimientos
comunes o en un mismo signo emocional aglutinante de los elementos
heterogéneos que se vinculan.
Las representaciones -afirma Ribot- acompañadas de
una misma reacción afectiva se asocian posteriormente
entre sí, la semejanza afectiva une y acopla entre
sí representaciones divergentes; esto se diferencia
de las asociaciones por similitud, que consisten en reiterar
la experiencia, y de las asociaciones por coincidencia en
sentido intelectual. Las imágenes se combinan recíprocamente
no porque hayan sido dadas juntas con anterioridad, ni porque
percibamos entre ellas relaciones de semejanza, sino porque
poseen un tono afectivo común. Alegría, pesar,
amor, odio, admiración, aburrimiento, orgullo, cansancio,
etc., pueden hacerse centros de atracción agrupante
de representaciones o acontecimientos carentes de vínculos
racionales entre sí, pero que responden a un mismo
signo emocional, a una misma señal: por ejemplo; jubiloso,
triste, erótico, etc. Esta forma de asociación
se encuentra con frecuencia en los sueños, en las ilusiones,
o sea, en estados del espíritu en que la imaginación
vuela con plena libertad y trabaja sin regla ni concierto.
Se entiende fácilmente que esta influencia implícita
o explícita del factor emocional debe propiciar el
surgimiento de agrupaciones totalmente inesperadas y brinda
un campo casi ilimitado para nuevas combinaciones, ya que
el número de imágenes que poseen un sello emocional
idéntico, es muy grande.
Como ejemplos, muy simples, de esta combinación de
imágenes poseedoras de un signo emocional común,
se pueden citar casos corrientes de acercamiento de dos impresiones
cualesquiera que no tienen entre sí absolutamente nada
común, excepto que despiertan en nosotros estados de
ánimo coincidentes. Cuando decimos que el color azul
es frío y caliente el rojo, estamos acercando los conceptos
de rojo y azul en la sola base de que despiertan en nosotros
estados de ánimo coincidentes. Es fácil comprender
que la fantasía, movida por factor emocional tal como
la lógica interna de los sentimientos aparecerá
como el aspecto más interno, más subjetivo,
de la imaginación.
Existe además una vinculación recíproca
entre imaginación y emoción. Si en el primero
de los casos antes descritos los sentimientos influyen en
la imaginación, en el otro caso, por el contrario,
es la imaginación la que interviene en los sentimientos.
Podría designarse este fenómeno con el nombre
de ley de la representación emocional de la realidad,
cuya esencia formula Ribot de la manera siguiente:
Todas las formas de la representación creadora encierran
en sí elementos efectivos.
Esto significa que todo lo que construya la fantasía
influye recíprocamente en nuestros sentimientos, y
aunque esa estructura no concuerde con la realidad, todos
los sentimientos que provoque son reales, auténticamente
vividos por el hombre que los experimenta. Imaginémonos
un simple caso de ilusión: al entrar a oscuras en su
habitación el niño se imagina que un trajecito
que cuelga es un hombre extraño o un bandido que penetró
sigilosamente en la casa. La imagen del bandido, fruto de
la fantasía del niño, es irreal, pero el miedo
que siente, su espanto, son completamente efectivos y reales
para el niño que los experimenta. Algo semejante sucede
también con cualquier representación por fantástica
que sea y, esta ley psicológica debe explicarnos claramente
por qué causan en nosotros impresión tan honda
las obras de arte creadas por la fantasía de sus autores.
Los sufrimientos y anhelos de personajes imaginarios, sus
penas y alegrías nos emocionan contagiosamente pese
a que sabemos bien que no son sucesos reales, sino elucubraciones
de la fantasía. Y esto se debe a que las emociones
que se nos contagian de las páginas de un libro o de
la escena teatral a través de imágenes artísticas
hijas de la fantasía, esas emociones son por completo
reales y las sufrimos en verdad, seria y hondamente. Frecuentemente,
una simple mezcla de impresiones externas como, por ejemplo,
una obra musical, despierta en el que la escucha todo un complejo
universo de sentimientos y emociones. La base psicológica
del arte musical radica precisamente en extender y ahondar
los sentimientos, en reelaborarlos de modo creador.
Cuarta y última forma de relación entre la
fantasía y la realidad. Esta forma está vinculada
estrechamente por un lado a la que acabamos de describir,
pero por el otro se diferencia sustancialmente de la misma.
Consiste su esencia en que el edificio erigido por la fantasía
puede representar algo completamente nuevo, no existente en
la experiencia del hombre ni semejante a ningún otro
objeto real; pero al recibir forma nueva, al tomar nueva encarnación
material, esta imagen cristalizada, convertida en objeto,
empieza a existir realmente en el mundo y a influir sobre
los demás objetos. Dichas imágenes cobran realidad.
Pueden servir de ejemplo de esta cristalización o materialización
de las imágenes cualquier aditamento técnico,
cualquier máquina o instrumento. Fruto de la imaginación
combinadora del hombre, no se ajustan a ningún modelo
existente en la naturaleza, pero emanan la más convincente
realidad, el vínculo práctico con la realidad
porque, al materializarse cobran tanta realidad como los demás
objetos y ejercen su influencia en el universo real que nos
rodea.
Estos productos de la imaginación han atravesado una
larga historia que convendría acaso resumir en un breve
esquema: cabe decir que han descrito un círculo en
su desarrollo. Los elementos que entran en su composición
son tomados de la realidad por el hombre, dentro del cual,
en su pensamiento, sufrieron una compleja reelaboración
convirtiéndose en fruto de su imaginación. Por
último, materializándose, volvieron a la realidad,
pero trayendo consigo una fuerza activa, nueva, capaz de modificar
esa misma realidad, cerrándose de este modo el círculo
de la actividad generadora de la imaginación humana.
Suponer que sólo en la esfera de la técnica,
en el campo de la influencia práctica en la naturaleza,
puede la imaginación describir ese círculo completo,
no sería acertado. También, en la representación
emocional (en la representación subjetiva), es posible
describir círculo tan completo, como es fácil
observar.
Sucede que precisamente cuando nos encontramos ante un círculo
completo trazado por la imaginación, ambos factores,
el intelectual y el emocional, resultan por igual necesarios
para el acto creador. Sentimiento y pensamiento mueven la
creación humana. Toda idea dominante -decía
Ribot- se apoya en alguna necesidad, anhelo o deseo, es decir,
algún elemento afectivo, porque sería absurdo
creer en la permanencia de cualquier idea que se encontrase
supuestamente en estado meramente intelectual en toda su sequedad
y frialdad. Todo sentimiento o emoción dominante debe
concentrarse en idea o imagen que le preste sustancia, sistema
sin el cual quedaría en estado nebuloso... Vemos así
que, ambos términos: pensamiento dominante y emoción
dominante, son casi equivalentes entre sí, encerrando
el uno y el otro dos elementos inseparables, e indican sólo
el predominio del uno o del otro.
Es muy sencillo convencerse de esto en el ejemplo de la imaginación
artística. En realidad ¿para qué se necesita
la obra de arte? ¿No influye acaso en nuestro mundo
interior, en nuestras ideas y en nuestros sentimientos del
mismo modo que el instrumento técnico en el mundo exterior,
en el mundo de la naturaleza? Veamos un sencillo ejemplo que
nos permita comprender claramente en la forma más elemental
el influjo de la fantasía artística.
Este ejemplo está tomado de la novela de Pushkin La
hija del capitán, en la que se relata el encuentro
de Pugachov con el protagonista de la novela Griniev, un oficial
que, hecho prisionero por Pugachov trata de convencerlo de
que deje a sus compañeros y solicite la clemencia de
la zarina. Él no puede comprender qué es lo
que anima a Pugachov.
Pugachov sonríe amargamente:
-No -responde-, es tarde para que me arrepienta. No habría
perdón para mí. Seguiré como empecé.
¿Quién sabe? ¡A lo mejor resulta! ¿No
llegó a reinar en Moscú Grishka Otrepiev?
-Escucha -dijo Pugachov con énfasis salvaje-. Te contaré
un cuento que, en mi infancia, me contaba una vieja kalmika
(1). Una vez el águila preguntó al cuervo: Dime,
pájaro cuervo, ¿cómo es que tú
vives trescientos años y yo tan sólo treinta
y tres? Eso es amiguito -respondió el cuervo- porque
tú bebes sangre viva y yo me alimento de cadáveres.
El águila quedó pensativa: probaré a
comer así también. Está bien. Emprendieron
el vuelo el águila y el cuervo, divisaron un caballejo
muerto. Descendieron sobre él, el cuervo empezó
a picar y tragar. El águila dió un picotazo,
otro, agitó las alas y dijo al cuervo: No, hermano
cuervo, mejor que trescientos años comiendo basura
es hartarse una vez de sangre caliente y luego ¡Dios
dirá!.
¿Cuál es la moraleja del cuento de la kalmika?
El cuento de Pugachov es fruto de la imaginación, diríase,
de la imaginación totalmente desvinculado de la realidad.
Sólo en la mente de la anciana kalmika podían
conversar el águila y el cuervo. Pero no es difícil
advertir que en otro sentido esta fantástica construcción
parte inmediatamente de la realidad e influye directamente
sobre ella, pero no desde fuera, sino desde dentro, en el
mundo de los pensamientos, los conceptos y los sentimientos
del hombre. De tales obras suele decirse que son sólidas
no por su fuerza exterior sino por la verdad interna. Es fácil
advertir que en las imágenes del águila y del
cuervo mostraba Pushkin dos posturas diversas frente al mundo
y, lo que no podría comprenderse del frío y
escueto diálogo, la desigualdad entre el punto de vista
del indiferente y el criterio del rebelde, diferencia ésta
que con toda claridad y con fuerza enorme de sentimientos
grabó a través del cuento en la mente del narrador.
El cuento explica complejas relaciones prácticas;
sus imágenes iluminan el problema vital y, lo que no
pudo hacer la fría prosa hízolo el cuento con
su lenguaje figurado y emocional. Por eso tenía razón
Pushkin cuando decía que el verso puede batir el corazón
con una fuerza increíble y en otra poesía vuelve
a hablar de la realidad del sufrimiento emocional causado
por una figuración: Sobre la figuración derramo
mis lágrimas.
Basta evocar el influjo que sobre la conciencia social causan
las obras de arte para cerciorarse de que en ello la imaginación
describe un círculo tan cerrado como cuando se materializa
en un instrumento de trabajo. Gogol escribió El Inspector.
Los actores lo representaron en el teatro, autor y actores
crearon una obra de la fantasía, pero la obra, al representarse
en escena puso al descubierto con tal claridad los horrores
de la Rusia de entonces, ridiculizó tan vigorosamente
las columnas sobre las que se erigía aquella vida y
que parecían inconmovibles, que todos los presentes,
hasta el mismo zar que asistió al estreno de la obra,
comprendieron y él más que nadie, que la comedia
encerraba una enorme amenaza para todo el régimen que
representaba.
A todos nos alcanzó hoy, y a mí más
que a nadie -exclamó el Zar Nicolás el día
del estreno.
Las obras de arte pueden influir enormemente en la conciencia
social gracias a su lógica interna. Cualquier autor
de obra de arte, al igual que Pugachov, no combina en vano,
sin sentido, las imágenes de la fantasía, aglutinándolas
arbitrariamente unas sobre otras, de modo casual como en los
sueños o en los delirios insensatos. Al contrario,
siguen su lógica interna de las imágenes que
desarrollan, y esta lógica interna viene condicionada
por el vínculo que establece la obra entre su propio
mundo y el mundo exterior. En el cuento del águila
y el cuervo las imágenes están dispuestas y
combinadas con arreglo a las leyes de la lógica de
aquellas dos fuerzas encarnadas en las personas de Griniev
y Pugachov. Ejemplo altamente curioso del círculo completo
que cierran las obras de arte, ofrece en sus confesiones León
Tolstoi al relatar cómo surgió la imagen de
Natasha en su novela La guerra y la paz.
Yo tomé a Tania -decía-, la mezclé con
Sonia, y salió Natasha.
Tania y Sonia, su nuera y su esposa, eran dos mujeres reales,
de esa combinación surgió la imagen artística.
Estos elementos tomados de la realidad se van combinando luego,
no a libre capricho del autor, sino según la lógica
interna de la imagen artística. En cierta ocasión
una lectora dijo a Tolstoi que había procedido muy
cruelmente con Ana Karenina, la protagonista de la novela
homónima, al hacerla que se arrojase bajo las ruedas
del tren. Tolstoi contestó:
Esto me recuerda lo sucedido con Pushkin, cuando en cierta
ocasión dijo a uno de sus amigos:
-Imagínate la broma que me ha gastado Tatiana al casarse.
Yo nunca lo hubiera esperado de ella.
Lo mismo puedo decir yo de Ana Karenina. En general, los héroes
y las heroínas hacen a veces cosas que yo no hubiera
querido. Ellos hacen lo que deberían hacer en la vida
real y como ocurre en la vida real y no como a mí se
me antoje.
Confesiones análogas podemos encontrar en toda una
serie de artistas que destacan esa misma lógica interna
que rije la edificación de la imagen artística.
En magnífico ejemplo expresó Vundt esta lógica
de la fantasía al decir que, la idea del matrimonio
puede traer a colación la idea de la muerte (unión
y separación del novio y de la novia), pero en ningún
modo la idea del dolor de muelas.
Del mismo modo, en las obras artísticas podemos encontrar
frecuentemente unidos rasgos distantes sin vinculación
exterior, pero nunca ajenos entre sí como la idea del
dolor de muelas y la del matrimonio, sino unidos por su lógica
interna.
La imaginación y el arte en la
infancia
Capítulo II
Lev
Semyónovich Vigotsky, 1934
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