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Casi cuatro décadas después de aparecer, El mito de la enfermedad mental conserva la vigencia de un testimonio preciso sobre el estado de las ciencias sociales entonces –que se hallaban en una fase de expansiva confianza-, así como la vigencia de lo filosófico o conceptual en sentido estricto. Opera prima de Szasz, constituye también el acta fundadora de la antipsiquiatría, después desarrollada por Laing y Cooper, entre otros. Como declara su autor ya en la introducción, la psiquiatría le parece “una actividad pseudomédica”, articulada sobre pseudoenfermedades, que a pesar de ello “podría llegar a ser una ciencia” si sus cultivadores se decidieran a poner las bases para “una teoría sistemática de la conducta personal”. El camino será fundamentalmente “demoler algunos de los principales sustantivos falsos del pensamiento psiquiátrico [...] y sentar los cimientos para una comprensión de la conducta en términos de proceso”.
Nada mejor para ello que un análisis en profundidad de la histeria, que por antigüedad constituye el paradigma de todas las posteriores “enfermedades mentales”. Los padres de la psicoterapia –Charcot, Janet, Breuer, Freud- fueron neurólogos educados en el materialismo determinista de la segunda mitad del siglo pasado, que buscaban correlatos orgánicos para explicar la emergencia de ciertos síntomas y conductas. No pudiendo hallarlos, trazaron una divisoria entre el sentido que dichos síntomas y comportamientos tendrían si se considerasen en forma ética, como expresión de elecciones personales, y el sentido que podría atribuírseles si se entendieran como patología.
Ciertamente, los fundadores de la psicoterapia coincidían en describir a la persona histérica como “alguien que utiliza las reglas del desvalimiento, la enfermedad y la coacción”, dentro de un esquema que “se caracteriza, entre otras cosas, por metas finales de dominio y maniobras de engaño”. Pero esa es una definición ética, con arreglo a la cual no hay “enfermedad” sino más bien fingimiento de una enfermedad, debido a las ventajas directas e indirectas derivadas de ello. Con luminosos ejemplos, Szasz muestra cómo el psiquiatra acabaría sosteniendo que el fingimiento es también una forma de enfermedad.
Una consecuencia inmediata de ello será, desde luego, que esa situación se estabilice –como la del tísico crónico-, y que tanto el paciente como el terapeuta “queden satisfechos con un estado de cosas aún muy insatisfactorio”. Concebir la histeria como enfermedad equivale, pues, a “una estrategia promotora”. Otra consecuencia consiste en mezclar elementos heterogéneos, pues si la tos seca del tísico es equiparable a una tos análoga imitada por cierta histérica bien cabe, siguiendo los mismos pasos, sumar kilos y grados. Precisamente esa confusión alimenta la idea de que tratar a neuróticos o psicóticos carece de nexo alguno con la dimensión moral del comportamiento humano, ya que el facultativo ha de habérselas con “patología”.
A ello responde Szasz que las supuestas patologías son ante todo modalidades de comunicación y traducción: “Las llamadas enfermedades mentales se parecen más a los idiomas que a las enfermedades orgánicas”. Y tal como resulta absurdo preguntar por la “etiología” de que alguien hable inglés o chino, es absurdo confundir la elección que el histérico hace por representar el “lenguaje de la enfermedad” con las consecuencias de un golpe en la cabeza o un cancro sifilítico. El factor primario a quien puede atribuirse este uso abusivo de la metáfora son los “intereses de la medicina y el sacerdocio”, que de un modo u otro convierten “el acto de recompensar la incapacidad [ética] en práctica social”, desplazando sobre los [éticamente] capaces el deber de compensarla.
Dando un paso más, Szasz propone examinar los modelos de conducta como formas de participación en un juego. Sigue los trabajos en ese sentido de Mead y Piaget, a los cuales añade una jerarquía de juegos. Los de primer nivel u objetales –donde sitúa a las enfermedades orgánicas- conciernen a la supervivencia física, mientras los de segundo nivel o metajuegos se refieren al problema de cómo vivir. La meta final de los juegos objetales es para el individuo seguir existiendo, del mismo modo que la meta final de los metajuegos es para el individuo existir como persona libre.

I

La tercera parte del libro contiene un análisis semiótico de la conducta, y aunque quizá sea la más inactual tiene el valor de ofrecer un resumen sobre psicología, antropología y sociología de los años cuarenta y cincuenta. Es también una de las raras ocasiones donde Szasz deja traslucir su ideario filosófico. Allí aparecen y desaparecen Wittgenstein, Russell, el Popper de La sociedad abierta y sus enemigos, Morris, Reichenbach, Tarski y –en general- los presupuestos de la Escuela de Viena. Entendida como juego de lanzarse a un idioma corporal, que no expresa conocimiento (para el jugador) pero sí información (para el resto), la histeria constituye un “protolenguaje”, que en vez de recurrir a símbolos verbales emplea signos icónicos, como el sueño y las fantasías.
Se trata por eso de un lenguaje no discursivo, cosa distinta de decir que sus mensajes carezcan de referentes o “sentido”, según pretende el dogma positivista. El engaño, la pantomima teatral, son actos cargados de sentido. No obstante, cuando el idioma de los signos corporales icónicos se interpreta –es decir, se traduce al lenguaje científico-cognitivo de la medicina-, “se producirá sin falta una información errónea [...] pues es más acertado considerar la histeria como una mentira que como un error”. Tras el protolenguaje histérico, al igual que tras cualquier lenguaje, hay una aspiración –tan retorcida como se quiera- de entrar en contacto con objetos, y a juicio de Szasz “la labor del psicoanálisis en tanto que ciencia es estudiar el tipo de objeto que las personas necesitan”. Al fin y al cabo, “hablar es simplemente otra forma más complicada de ver, tocar o abrazarse”.
Incapaz de despertar el interés, o la conmiseración, de su esposo en circunstancias normales, una mujer lo logra cayendo “enferma” de histeria. Como sucede con el llanto y las airadas pataletas infantiles, ese tipo de comunicación promete tener un efecto más intenso que los mensajes expresados en idioma cortés. De ahí que la histeria sea una comunicación indirecta, basada ante todo en la alusión, según sucede en nuestra cultura con “necesidades sexuales, o de dependencia, y con problemas económicos”. Por su parte, esto conduce a una psicología motivacional que se concreta en términos de roles y reglas. Un cáncer es un evento, mientras un síntoma “psicopatológico” es una acción, que no le sobreviene a una persona sino que esa persona quiere, aunque sea en el plano inconsciente.
Dentro de la dicotomía entre causalidad mecánica y teleología vitalista pertenece al segundo tipo, y se trata de precisar hasta qué punto pertenece a factores “ocultos” (la libido, por ejemplo) o “convencionales”. Concentrándose sobre actividades poco convencionales –sueños, obsesiones, fobias, perversiones, alucinaciones, etc.-, el trabajo de Freud tuvo, según Szasz, el mérito de “ampliar satisfactoriamente el principio del acatamiento de reglas” como pauta para conductas determinadas por lo inconsciente. Su lema curativo –“donde ello estaba debo yo advenir”- podría, en consecuencia, traducirse como “donde había un acatamiento oscuro e inexplícito de reglas debe advenir el acatamiento explícito y deliberado”. Sin embargo, Freud quería tratar la histeria y formas análogas de conducta como enfermedades, lo cual exigió negar y ocultar su propio hallazgo.
Szasz propone investigar por qué “las reglas del juego de la vida deben definirse de modo que quienes son débiles, o se hallan incapacitados o enfermos, deban recibir ayuda”. La respuesta parece evidente. Por una parte, ese el el juego que solemos jugar en la infancia. Por otra, es la instrucción recibida de las religiones dominantes. Juego familiar y juego religioso, por tanto, cuyas reglas se entremezclan enseñando a los seres humanos “cómo ser ‘enfermos mentales’”. Sin embargo, aquello que resulta necesario, y por eso mismo razonable, para niños, ancianos y otros minusválidos no lo es para el resto del cuerpo social, y –según Szasz- tampoco para buena parte de los llamados enfermos mentales. El efecto de la supuesta ética médica es “infantilizar y someter de manera permanente al enfermo”. Para empezar, otorga al psicoterapeuta la prerrogativa de imponer reclusión y otros tratamientos coactivos, privando de sus derechos civiles a quien recibe un dianóstico de patología mental.

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Fernando Savater



 

 

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