Teoría del desarrollo
mental y problemas de la educación
El origen y el desarrollo
de las funciones mentales superiores
La filosofía
de la ciencia
Metodologías
de la investigación psicológica
La
relación entre el aprendizaje y el desarrollo humano
La formación
conceptual
La
relación entre el lenguaje y el pensamiento
La psicología
del arte
El juego entendido como un fenómeno
psicológico
El
estudio de los trastornos del aprendizaje
El desarrollo
humano anormal
|
El juego entendido como un fenómeno psicológico
¿PARA QUÉ JUGAR?
El juego es una necesidad. Jugar es necesario, tanto para
el niño como para el adulto, aunque para cada uno tiene
un significado diferente. En el adulto el juego implica distracción,
entretenimiento, descanso, alivio y distensión; un
tomar distancia de sus preocupaciones y ocupaciones; un "perder
el tiempo" de sus obligaciones de adulto para "ganarlo"
en placer en tanto que es persona. Para el niño, en
cambio, el juego es una función básica, un comportamiento
totalizador que compromete sus percepciones, su sensitividad,
su motricidad, su inteligencia, su afectividad y su comunicación;
no es un simple pasatiempo ni una distracción pasajera;
mucho menos aún, una "pérdida de tiempo
porque sí"...como muchas veces creen y manifiestan
los padres.
Al niño le hace falta jugar, solo o con otros, con
o sin juguetes... pero JUGAR. Para él, el juego tiene
una doble función: por un lado de aprendizaje y, por
otro, terapéutica. Mediante el juego el niño
aprende a conocer el mundo de los objetos, a sí mismo
y a los demás. Al principio es individualista y, más
tarde, se transforma en aprendizaje de la convivencia y la
sociabilidad, preparándolo para la vida en comunidad.
A través del juego el niño se pone a prueba
a sí mismo, a sus facultades y capacidades en desarrollo,
ejercitándose permanentemente en el riesgo implícito
de nuevas experiencias. Es en el juego donde el niño
se siente omnipotente, ya que por medio de él puede
conquistar su autonomía, construyendo un mundo del
que es el soberano.
Por medio del juego el niño expresa sus necesidades
y deseos; revela quejas, temores y estados de ánimo
que no puede comunicar a los demás directamente; descarga
ansiedades y tensiones que no le resultan posibles de exteriorizar
de otro modo; maneja y controla situaciones negativas y dolorosas
que ha sufrido en silencio y sin poder defenderse, transformándose
en sujeto activo de hechos que ha vivido pasivamente; metaboliza
acontecimientos cotidianos difíciles de aceptar y asimilar;
y elabora situaciones y experiencias traumáticas.
El niño necesita jugar para aprender. Pero así
como aprende jugando, también tiene que aprender a
jugar... Y es el adulto quien debe hacérselo posible.
Si bien existen juguetes específicos para las distintas
edades, el niño puede jugar con cualquiera de ellos
o con cualquier objeto que tenga a su alcance, claro está,
siempre que no signifiquen un peligro para él. Lo que
importa aquí es que el adulto no "dirija"
su juego, "obligándolo" a jugar de tal o
cual modo, según "corresponda" por lo que
tenga en las manos. Si el adulto a cargo va a condicionar
el juego del niño, por ejemplo, al cuidado del juguete
que le entrega para usar (por ser delicado, rompible, valioso,
costoso, etc.), es preferible que le dé otra cosa para
jugar. El niño (sobre todo el pequeño) necesita
tocar y manipular los objetos para descubrir por sí
mismo cómo son, qué puede hacer con ellos y
para qué pueden servirle. Si el adulto que está
con él, por ejemplo, le muestra y mueve graciosamente
algo ante sus ojos, lo primero que el niño va a hacer
es estirar su mano y pretender tomarlo. Suele suceder que
ese objeto mostrado era sólo "para ser mirado"
y el adulto se lo niega con un "no" rotundo pero,
al mismo tiempo, sonríe ampliamente y le dice -"mirá...mirá"-
, "enseñándole" de este modo un comportamiento
contradictorio mientras le impide su propia experiencia de
aprendizaje. Entregar el juguete adecuado para que el niño
lo utilice de acuerdo a sus necesidades y sin exigirle limitaciones
erróneas es responsabilidad exclusiva del adulto. No
es lo mismo reprender a un niño de 2 años porque
rompió una pista de autos a control remoto, que a uno
de 12 porque destrozó un autito de colección.
No tiene igual significado el hecho de que a los 2 años
un niño demuela de un manotazo la torre de cubos que
acaba de construir, que que a los 12 destruya a patadas lo
que termina de armar.
Es importante considerar el error que muchas veces cometen
los padres cuando "fuerzan" al hijo a compartir
juegos y juguetes en un tiempo en el que aún no está
preparado para el juego social. Antes de los 3 años
el niño disfruta jugando solo, o en compañía
de alguien, pero sin compartir, y es preciso que no se lo
"obligue" a hacerlo.
Imprescindible resulta también el hecho de que el
niño, desde muy pequeño, aprenda tanto a ganar
como a perder en el juego, preparándose para trasladar
y aplicar este aprendizaje a la vida cotidiana. Es muy común
que el adulto, amparado en expresiones tales como -"pobrecito,
es tan chiquito...¿cómo lo voy a hacer perder?..."-
engañe al niño haciéndole creer que es
capaz y puede ganar siempre, alimentándole de ese modo
una falsa omnipotencia que finalmente le traerá incalculables
trastornos en su vida individual y social cada vez que le
toque perder, realmente.
No caben dudas de que el juego es una actividad básica
y primordial para el desarrollo del niño; por tanto,
las actitudes y comportamientos de los padres y demás
familiares ante el juego, los juguetes y el jugar del niño
imprimirán huellas imborrables en su personalidad en
formación. Por esto, en todo momento y ante cualquier
circunstancia, es NECESARIO recordar y tener presente que
la salud física, mental y emocional de todo niño
depende del marco dentro del cual los padres le permitan crecer.
© Mª Alejandra Canavesio
Psicopedagoga
|
 |